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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 18 DE OCTUBRE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC pentélico. Por el contrario, en sus interiores recoletos, íntimos, recargados de pinturas indescifrables, continúan celebrándose los mismos rituales, se veneran los mismos iconos, suenan las palabras de la misma liturgia que les dio su razón de ser. Como era de esperar y como fue siempre. Resuenan las palabras de esa liturgia con la persistencia de un fenómeno que se resistiese a morir. Fluctúan como una dulce melodía del ayer entre los vapores del incienso y la monótona plegaria de los fieles, en manifestaciones que voy encontrando a lo largo del viaje, ya en la Tesalónica, ya en Creta, ya en algún remoto poblado del Peloponeso. Sé que no son las voces de los atletas que se disputaban el triunfo en Olimpia, sé que no son las palabras que profiriesen los grandes filósofos en el agora de Atenas, pero algo hay en ellas que resulta inconfundiblemente griego, y ese algo va más allá de la simple evolución del idioma, y ni siquiera contempla su propia desaparición. Tai vez sea, en último extremo, una irresistible melancolía por el recuerdo de cuantas estrellas dejaron de brillar después de haber sido las más rutilantes. En Grecia, la huella de Bizancio posee esta tristeza dulce y envolvente, del mismo modo que la voz de Turquía manifiesta rugidos de crueldad. Si la religión ortodoxa es discontinua respecto al politeísmo clásico, así sus resultados parecen rebelarse contra él, llegan a crear una cultura que llama mi atención, revelándoseme. Pues la olvidamos a menudo, sin comprender que, al hacerlo, negamos al pueblo griego una singularidad acaso tan importante como la que tanto prestigio llegó a darle en el pasado clásico. Y aunque a menudo se nos disfrace Bizancio bajo el prototipo estético poco gratificador de un hieratismo agobiante, y su historia bajo intrigas palaciegas propias de gothic román, lo cierto es que sus mejores años resultaron altamente fructíferos desde un punto de vista cultural. Y que gran parte del legado de la Grecia clásica pasó a engrosar sus mejores logros, después de haber pasado por los de Roma. Cierto que el legado bizantino no fue el REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID metropolitana ocupa un espacio mínimo a la sombra de la enorme catedral moderna de Atenas. Sin embargo, el viajero de gusto huye de esta última, asustado ante los pasteles neobizantinos de la fachada, pero no podrá regatear su admiración a la Mikri Mitropoli, joyel de porte tímido, que esconde las revelaciones más valiosas e incluso cálidas del momento. Algunos datos, de inspiración rápida, contribuyen a ratificar el valor del primer efecto. Es una construcción del siglo XII, típica del medioevo, ecléctico y desolador, que vino a sustituir lo que había sido, durante siglos, el gran esplendor de Grecia. Lo que de él quedó es un cafarnaúm a menudo inclasificable y, siempre, apasionante. Una historia de continuas depredaciones que desembocan en una heterogeneidad fatal... precisamente la que anuncian al viajero los distintos tiempos y estilos que confluyen en la Mikri Metropolitana. En efecto, cuando el influjo bizantino llegó a Atenas, ésta había dejado de ser cénit del mundo, sin dejar por ello de inspirar sueños culturales de alto precio. Impresión que se corrobora en el interior del edificio, donde se combinan de manera ecléctica los adornos estrictamente bizantinos, los escudos de armas de dos poderosas familias francas- D e la Roche y Villehardouiny, en fin, restos dispersos de primitivos monumentos del periodo clásico. Todo ello en una acumulación que es fruto de las drásticas leyes del Tiempo y, a la vez, prueba palpable de la saña con que cada generación de atenienses actuó contra las anteriores. De regreso de un prolongado periplo por las ruinas de la Grecia clásica, el encuentro con la pequeña catedral me sirvió para recuperar aspectos del país que suelen quedar escondidos, si no humillados, bajo el espectacular legado de Delfos p de Olimpia. Atrás quedaron los dioses olímpicos y toda la prodigiosa cultura que naciese al socaire de su inspiración, a la sombra de sus ensoñaciones. Descendí al fondo de otras quimeras. Me golpeó la evidencia de otra Hélade en cuyas creencias, en cuyas formas estéticas dejó Bizancio una huella de mi! años, formando el cordón, a menudo poco apreciado, que serviría para enlazar la fenecida civilización clásica con la Grecia del futuro. Por supuesto que iniciar el presente artículo frente a la Mikri Mitropoli es un simple recurso narrativo, que bien pude haber empleado ante otros lugares de mayor prestigio, pues los montes de Grecia abundan en diminutas iglesias o espectaculares monasterios que representan el reverso de una medalla a la que me empeñé en dar solamente el irreprochable perfil de los héroes homéricos. Incluso en las partes más modernas de Atenas, los ensanches de la ciudad nueva, las avenidas más o menos modernas se interrumpen en alguno de sus rincones para prestar un último cobijo a esas iglesias que, a pesar de todo, no han enmudecido como sus predecesores, los grandes templos de prestigioso mármol L A llamada Mikri Mitropoli o pequeña iglesia GRECIA BIZANTINA m más popular entre los viajeros de muchas generaciones. Buscaban ellos la perfección del clasicismo, y es probable que la sola visión de un San Cristóbal con cabeza de perro les pareciese propio de una barbarie indiscriminada. Eran apreciaciones que no estaban en el gusto de la época, que quedaban muy lejos de los criterios impuestos por Winckelmann. Como ocurrió con el arte minoico y el micénico- a los cuales he dedicado algunas páginas en este periódic o- la apreciación del arte bizantino es muy reciente. Así, en su importante libro sobre el tema, el señor Talbot Rice cuenta que todavía en 1935, los estudiosos del arte bizantino no eran tomados demasiado en serio. Prevalecía el espíritu de las tesis de Gibbon, su noción de caída del imperio romano como ruina de todos los valores aceptables desde un punto de vista de civilización y de cultura. La ¡dea del período posterior en términos de oscurantismo- s i glos oscuros, en resumen- determinaría poderosamente el desinterés que Occidente demostró hacia Bizancio. El adjetivo bizantino como peyorativo ejemplificaría esta actitud. Llegado el momento de las reivindicaciones sabemos ya que precisamente en el intermedio bizantino tuvo la cultura clásica uno de sus más importantes pivotes de salvación. Todo viajero que aspire a comprender el espíritu helénico en su totalidad debe aspirar también a la libertad de criterio que le permita introducirse en lo más profundo de este mundo plagado de incertidumbres que es, para nosotros, el de la Iglesia ortodoxa. Ni siquiera el conocimiento de una iconografía cristiana nos ayuda completamente, como no ha de ayudarnos, en Egipto, al enfrentamos al mundo copto. En los frescos bizantinos, en las reproducciones de su santoral, aparecen cantidad de símbolos que pueden parecemos tan exóticos como los de la más remota religión pagana. Y cuando la piedad popular contribuye con sus propios temas, con sus mitos tan entrañables, tan privados, comprendemos que es preciso entrar en este legado provistos con el equipaje de las más arduas exploraciones espirituales. Algo que vale la pena conocer, si no sentir, y que justifica por sí solo un viaje a Grecia y, dentro del mismo, una especialización absoluta. Unas horas en el Museo Bizantino de Atenas, unas meditaciones ante su colección verdaderamente única, representan entonces mucho más que una inversión cultural. Es un acto de amor hacia este pueblo que sólo habíamos amado a través de sus autores trágicos o sus hermosas estatuas de héroes mitológicos. Nada más alejado de la realidad y del amor. Acabo de comprenderlo. Entre el Olimpo y el Partenón, otra Grecia, múltiple y contradictoria, me contempla. Y, en el fondo, se ríe de mis ínfulas de turista demasiado sujeto a las lecciones aprendidas. EMPRESA DE ÁMBITO NACIONAL Distribución de sus programas en vídeo VENTAS MARKETING (Para empresas) Información: Rafael Calvo, 5. 28010 Madrid. Teléfono 44710 51 Terenci MOIX