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DON COSME Y LA DEMOCRACIA I G A don Cosme! I I ¿S dumocmt V da? -le prtpunié a (hin Cosme, que asi st íljimaha J u n o m b r e D o n Cosme me m i r ó sonriente y d o t a p a n d o una de sus caderas cjuc llevaba cubierla por unas uUorjas. conIcsmnie en v o baja: -Pues le digo... ¿O u t me diec. don Cosme? ¡Pues qué quiere que le I -Sí. SI, peni! o que vo quiero ei que me dij? d... -Pues VA le di o. Abora me he comprado un para Uas para los días de lluvia, que es una maravilla. Ouc llueve, lo abres y sanlaspaseua que no llueve, pues no lo abres: que por cualquier Circunstancia sales la calíe y chispea, abre solamente la n m a d y le ahorras el cincuenta por cierno. -N o si miTÓándoío así el paraguas es un ariículo francamente económico, peio yo... -Y no sólo es eso, sino que siendo vanos de familia, tiene muchas más ventajas. Imagínese que empieza a llover ahora m i i o pues se coce usled de mi bra o como si tuera mi espos- i- -Tiene usted r a j ó n d o n Cosme, pero es que yo... -Déjese de lontenas que no c o n d u c e n a nada y cobíjese bajo mi paraguas. N o se da cuenía de como está lk vTendo? por Dios se lo pido, don Cosme: dígame qué es la democracia! -t su esto es la aulénLiea democracia; el paraguas. Si no existieran los paraguas no nos hubiéramos conocido y no podríamos casarnos. ¡Y o no me q u f e r o casar con usled! ¡Yo quiero casarme como mi esposa, y saber qué es la democracia! Y don Cosme, mordiéndose el lóbulo kle la ore i marcelma, murmuro soíapadanienie: -Pues ya le digo, diga? Q u i e r o que me dii a que es la democracia, aunque sea pagándole lo que u s l c d i: st ¡me opon uno- Pues le digo, -D o n Cosme, no sé si endré suílcienre dinero para pagarle, pero putEÍo i i a e ¡isa y mañana a prJmeja hora me lev a n i a r i a a eso de las doce y media y le abonaría... -A m u uslcd no tiene por qué abonarme ¡tío cochino! -Perdóneme don Cosme, no he querido decir que le iba a hactíf de vientic al detir- tbon a i pues refcrime al pago en meljílico de la canliddd róstanle. jPor lavoT, don Cosme, sáqueme de esta tremenda duda que me corroe las axilas corpóreas! -Pues ya le digo. Y o cuando era joven icnia por lo menos ochenta años v mi cunada. Rmercnciana. sín embargo, era completamente distrnía, -jDon Cosme, por favor d i fame... -I i e s ya k digo, mi cuñada se bebía diariamente cuarro o cinco azumbres. Y recuerdo que una v e LA APUESTA L Luis SÁNCHEZ POLACK. -TiP A cosa consislía en ver quién corría más, si un p o i r o pura sangre, de dos nos- o yo, con una. simples alpargatas de cfiñamo. La carrera sena de cinco kilómetros, partiendo de la iglesia del pueblo, büjando hasia el vallo. uhiendo luego hasia el cerro del Cuer 0. v bajando de nuevo hasta la plaza donde eslá la iglesia. Todo el mundo apostaba. Unos a mi l a o r y otros en kTomra, como es lógico. El animal í: s: ¡un cabalNlo de fina estampa, largo cuello y finas patas, ibundanies trines y un resoplido brusco, humeante y calrenie. Yo. por oira parre, ya cma casi los cuarenta y no H. rbia t! e ado una vida lo suíicienlemenie sana y deportiva como para p xiet optar a un triunfo en aquellas circunstantias. Pero siempre fui optimista y confiaba en mis posibilidades que. aunque remotas, no por ello inaccesibles. l a carrera empezaría el lunes a las n u e v e d e la m a ñ a n a cuantío la campana de la iglesia dicrj su pnnicra llamada. Y allí estaban el alcalde, concejales, cura, sargento, maestro, alguaciles, pregonero y dcmú suerte de gentes de toda nmdición. Hasta los mas niños de los niños habían apostado cromos, peonías o nidos de pajaío N I una sola oersona del puebl había deinido de hacer su apuesta, por mínima que fuera, lo cual suponía para mí una pesada carga de responsabilidades. Llego el momento cumbre. La campana sonó y potro y vo dirnos disparados eamJno del valle. Ya en los primeros quince segundos, el p o t r o e me adelantó mas de vemie metros, pero no me desanimé por el momento. Pero cuando al cabo úc un minuto yo ya no veía delante de mi al p o t r o porque me había superado en certa de un kilómetro, me pare bruscamente y renuncie a seguir. N u n c a h a b r í a g a n a d o ni aunque me hubieran quitado la escayola de la pierna izquierda. José LUIS COLL J 31