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48 A B C CULTURA DOMINGO 11- 10- 87 P. Nerada: ¿Qué decir de Luis Rosales, a quien conocí naraiyo, recién florido? En La calumnia Félix Grande desagravia al poeta Luis Rosales Madrid. Durante cincuenta años, Luis Rosales ha sufrido una insidiosa campaña que, por razones no siempre confesables, buscaba empañar su actuación durante los días que precedieron al fusilamiento de Federico García Lorca. Haciendo uso de documentos de primera mano, Félix Grande va a publicar un libro en desagravio, La calumnia, en el que asienta definitivamente la verdad. Reproducimos a continuación un fragmento del prólogo. ahora yo estaba delante de Neruda. Era a finales de febrero o principios de marzo- n o lo recuerdo con exactitud- de 1972. Poco antes yo había pubiicado una edición antológica- prologada y engrosada con abundantes documentos sobre el movimiento postista- del poeta Carlos Edmundo de Ory. Desde París, donde me hospedé durante tres o cuatro días en la casa en que entonces habitaban mis amigos Rafael Conté y Jacqueline Inbert, tomé el tren hasta Amiens, en donde vivía- donde sigue viviendo- Carlos Edmundo de Ory. La amistad y la admiración me llevaron a aquella ciudad provinciana, en donde hacía un tiempo infernal. Charlé horas y horas con Carlos, que se haHaba convaleciendo de una enfermedad pasajera, hicimos mil proyectos sobre su producción literaria, le arrebaté la promesa de enviarme rápidamente diversos inéditos para publicarlos en Cuadernos Hispanoamericanos, revista en la que, por entonces, yo desempeñaba el cargo de jefe de redacción. De madrugada, le besé las barbadas mejillas y regresé a París: al día siguiente tenía una cita con Neruda. El poeta chileno era entonces embajador de su país en Francia; yo le había telefoneado desde la casa de Conté y Neruda me había dado una cita en la Embajada. Me resultó muy fácil obtener esa cita: me bastó con invocar el nombre de su amigo Luis Rosales. Hacía ya mucho tiempo que yo tenía interés en conocer a Pablo Neruda, en oírlo hablar y recitar, en verlo. Mi desacuerdo radical con su prosovietismo, a veces indisciplinado pero siempre recalcitrante, jamás me hizo olvidar mi gratitud como lector de un poeta que a menudo alcanza las cimas más conmovedoras de la expresión poética, y a quien, no soto yo, sino dos o tres generaciones de escritores en español debíamos una lección de sensualidad verbal y de imaginación creadora. Algún tiempo después de aquellas entrevistas (lo vi primero en su despacho de la Embajada de Chile en París y, al día siguiente, almorcé con él y con Matilde Urrutia, junto con Otros invitados, en su vivienda, enfrente de uno de sus clásicos mascarones de proa) escribí unas páginas, tituladas Memoria de Neruda en donde enumeraba, telegráficamente, pero con gratitud y energía, mi deuda de lector con un maestro, con un señor de idioma (es la expresión exacta que usa él mismo para definir a Rosales) y en donde evocaba algunas imágenes de aquel almuerzo en el que fui feliz. rís no me hubieran consentido la entrada. Recuerdo que en aquella mañana del invierno de 1972 acudí a los alrededores de la Embajada una hora antes de la fijada por Neruda para recibirme. Con treinta y cuatro años de edad, me sentía como un chico: iba a encontrarme con aquel que escribiera Veinte poecontrarme con Neruda y estaba nervioso y feliz. Le entregué un ejemplar de la primera edición de mi libro Biografía. El estaba sentado a la mesa de su despacho en la Embajada. Al otro lado de la mesa, sentado y en silencio, yo lo observaba hojear mi libro. Era parsimonioso, algo distante y como levemente irónico: tenía el aire de quien está ligeramente extenuado por recibir una admiración que, no obstante, seguía acogiendo con naturalidad. No le desagradó que uno de los libros contenidos en aquel volumen fuese un homenaje a César Vallejo. Es un poeta inmenso dijo con lentitud. Le agradó ver que otro de los libros del volumen llevaba como título un verso suyo: Puedo escribir ios versos más tristes esta noche. Me dio las gracias con una mezcla de mesura y solicitud. Al encontrarse en el volumen el libro con el que yo había obtenido años atrás el premio de poesía Casa de las Américas (Blanco spirítuals) debió de recordar el manifiesto de los cubanos muy diligentes y comentó en voz baja, como si no se dirigiera a mí: No recuerdo haber visto su firma... Dejó los suspensivos en ei aire, para que yo los recogiera. ¿Se refiere usted al manifiesto aquel de los cubanos en el año sesenta y siete... Asintió, mientras hojeaba el libro. No lo recuerda nadie, Neruda. Nadie lo puede recordar: Yo no puse mi firma allí. Le conté la entrevista con el periodista cubano (ahorré, naturalmente, mis afusiones al stalinismo de algunas páginas de Neruda) Guardó mi libro en un cajón de su ancha mesa. Se levantó. Al día siguiente volví a verlo. Durante la sobremesa del almuerzo me preguntó por algunos viejos amigos, me preguntó por ciertas calles de Madrid. No me escuchaba, sino que se bebía lentamente la información, con suave gula, con una apacibte lujuria. Le informé de que el profesor Maravall y yo preparábamos un volumen de Cuadernos Hispanoamericanos en homenaje a Luis Rosales y le pedí que nos mandase alguna página. Muy pocos días después recibí por correo una breve carta a la que acompañaba una hoja de papel en donde leí. manusctrito. este texto: mas de amor y una canción desesperada, que tantas veces habíamos leído años antes Francisca Aguirre y yo, muy juntos; iba a encontrarme con el creador de Residencia en la tierra, un libro capital en la historia de la poesía moderna en castellano; iba a encontrarme con el autor de La tierra se llama Juan ese capítulo del Canto general que continúa a tres estremecedores poemas de Vallejo y que estremece él mismo; iba a encontrarme con el celebrador de las cosas milagrosas y aparentemente triviales; el diente de ajo, la madera, el serrucho, el jabón, la mariposa... esos súbitos protagonistas de las Odas elementales; iba a encontrarme, en fin, con un artista en cuya producción, una vez apartaCuando publiqué aquel pequeño ensayo das las páginas que me estorbaban o me (en mayo de 1974 y en Cuadernos Hispanoa- desconcertaban, yo, como tantos otros, había mericanos) Neruda ya había muerto. Allende asistido al espectáculo primoroso de un inmenso amor al lenguaje, a la Tierra, a cuanto ya había caído combatiendo, y los nuevos funcionarios de la Embajada de Chile en Pa- abarcan y transfiguran las palabras. Iba a en- ¿Qué decir de Luis Rosales, a quien yo conocí naranjo, recién florido en aquellos años treinta, y que ahora es grave poeta, exacto definidor, señor de idioma? Ahora lo tenemos lleno de frutos, exigente y fecundo. Atravesó este mortal antipolítico el momento desgarrador en Andalucía y se ha recuperado en silencio y en palabra. Salud! buen compañero! Pablo Neruda. París 1972. Félix GRANDE