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36 A BC INTERNACIONAL La CSA, clave de un escándalo DOMINGO 11- 10- 87 Casey creó im ejército particular. Polémico libro- documento del periodista del Watergate Nueva York. José María Carrascal No hay duda: el libro que acapara todas las conversaciones poSíticas es el último de Bob Woodward. Pero no por lo que se cuenta en él, las guerras secretas de la CÍA de 1981 a 1987. Lo que se discute es si es verdad. Y aunque un autor quiere que se hable de su libro a cualquier precio, no es éste precisamente el tema de! mismo que hubiese preferido en los comentarios. Pero se lo ha ganado Woodward con el final que le dio. Woodward, co- director del Washington Post y catapultado a la mitología periodística con su cobertura del Watergate junto con su colega Cari Bemstein, quiso terminar su último libro en punta, y se hizo un flaco favor, pues terminó pinchado en ella. Después de haber reunido un impresionante material- e l libro tiene 547 páginas- buena parte de él inédito, remata con un último capítulo de suspense al contamos cómo se introdujo en la habitación del hospital donde un agonizante director de la CÍA, William Casey, trataba en vano de recuperarse tras la operación de cáncer de cerebro a la que le habían sometido. Le pregunta si sabía del desvío del dinero iraní hacia los contra y Casey asiente con la cabeza. ¿Por qué? pregunta el periodista. Yo creía responde crípticamente el enfermo antes de caer en somnolencia. Y aunque nos quedamos sin saber si ese creía era sólo el comienzo de una larga explicación o que el director de la CÍA creía en esa causa, nos confirma es que el escándalo había alcanzado más altas esferas de la Administración Reagan de lo que se ha reconocido. Siempre, naturalmente, que sea verdad. cluso de los canales regulares de la propia CÍA, en colaboración con los servicios secretos de otros países. Así: 9 intentó, junto con los saudíes, el asesinato del líder libanes del Partido de Dios, Mohammed Hussein Fadlallah. Al fallar el atentado- con un coste de 80 vidas inocentes- se compró por dos millones de dólares a Fadlallah para que no siguiera atacando a los norteamericanos. Organizó la resistencia en el Chad, así como el hundimiento de los comunistas italianos en las elecciones de 1985. Técnicos de la CÍA, bajo la cobertura de ayudar a gobiernos extranjeros a establecer modernos sistemas de comunicación, plantaban aparatos de escucha de dichos gobiernos. Bashir Gemayel, el asesinado presidente del Líbano, y Napoleón Duarte, presidente de El Salvador, han sido siempre considerados un activo de la CÍA. Junto a ello, el libro descubre que Casey consideraba a Reagan holgazán pasivo poco amistoso y extraño Que sus servicios de inteligencia habían descubierto que Sadat tomaba droga y que a Gadafi le gusta vestirse de mujer. ¿Es verdad todo ello? Posiblemente lo sea, por lo menos en parte. Pero cuando uno se mete en el texto, pese a lo apasionante de los temas que va abordando y al estilo neutral que adopta, se encuentra con una serie de cosas que le inquietan. hundimiento y esplendor Nueva York. J. M. C. Un yo- yo, esa ha sido la historia de la CÍA desde su fundación. La CÍA no ha tenido términos medios: o tenía más poderes de los que le correspondían o no tenía ninguno. A unos norteamericanos les horripila pensar que están haciendo todas las cosas sucias. A otros les encanta. Según manden unos u otros, la CÍA ha tenido períodos de esplendor o de hundimiento. Lo inició con uno de los primeros, con Alien Dulles, su primer jefe, que formaba un perfecto equipo con su hermano, el secretario William Casey de Estado; uno haciendo la política exterior que podía verse; el otro, la inconfesable. Así, la CÍA derribó a Mossadeh en Irán y a Albertz en Guatemala. Tuvo luego el fracaso del derribo del U- 2, pero la gran derrota le llegó con el montaje de la operación Bahía de los Cochinos Los hermanos Kennedy montaron en cólera y mandaron a la CÍA al cuarto trasero. La salvó Vietnam. Conforme aquella guerra se hacía más sucia, Johnson necesitó más de la CÍA, y su papel creció para montar una serie de guerras no declaradas en Laos y Camboya. Nixon las heredó, junto a una CÍA cada vez más militarizada, y Ford apenas tuvo tiempo de servirse de ella. Con Cárter vino un cambio. Aquel hombre sentía una aversión natural por las actividades subversivas, y ya que no tenía otro remedio que reunir información, encargó de ello a un almirante, Turner, que trató de substituir a los agentes secretos por máquinas de observación, en el espacio o en tierra. Tal vez le parecía menos pecaminoso. El fracaso fue rotundo, como demostró el intento de rescatar a los rehenes en Irán. La llegada de Reagan dio la vuelta al panorama. Casey, el nuevo jefe, trajo a la CÍA dinero, poder, influencia. Los servicios secretos norteamericanos comenzaron a funcionar a pleno vapor, algunos piensan que a demasiado vapor, pues volvieron a ser casi un organismo paralelo al Pentágono y al Departamento de Estado. La muerte de Casey y la llegada de Webster puede representar otro bajón para la CÍA. El nuevo jefe es un ex juez, que cree en la ley y en las normas éticas. El problema es si es posible realizar las actividades secretas dentro de la ley, la moral y, encima, informando a la Prensa, como quieren aquí. Habla la viuda de Casey Pues la viuda de Casey ha negado rotundamente que la escena tuviera lugar. Si Bob Woodward dice que obtuvo una confesión de mi marido es una mentira. Y señala que agentes de la CÍA guardaban día y noche su habitación, sin que haya restos de tal visita en sus partes de guardia. Lo único que hay es que Woodward intentó visitar al paciente el 22 de enero, no siendo admitido. Woodard insiste en qué se le permitió visitarle algunos días después y que los encuentros fueron varios. Pero no especifica ni fecha, ni modo. Y han empezado a circular caricaturas, disfrazándole de cura, de médico o de enfermera, como medio de entrar en la habitación. ¿Es posible? Todo es posible. Pero, ¿iba Casey a confesarse con uno de los periodistas a los que consideraba más enemigos? Muy improbable, a no ser que su mente ya no funcionase, y entonces, to que pudiera haber dicho, tendría ya poco valor. Que la polémica sobre el libro ha hecho olvidar al libro mismo era inevitable al darle este final novelesco que le aproxima a la novela. Y es una lástima, porque contiene elementos muy aprovechables e incluso se lee con gusto, pese al cúmulo de materiales que acarrea. Su tesis central es que Casey decidió hacer la guerra por su cuenta al hacerse cargo de una CÍA completamente desmoralizada tras los fracasos de la era Cárter. Y como tenía la confianza del presidente y los medios para ello, lanzó una serie de operaciones fuera in- Imprecisiones La primera es que pese a estar plagado de frases entrecomilladas, que dan la impresión de que se cita a alguien, la realidad es que el autor no especifica a quién pertenece ni pone a pie de página el documento de donde las ha sacado. Más incluso: Woodword identifica sólo a unos pocos de los 250 personajes que va sacando en el relato y ninguno de los cien con quien asegura haber hablado. Y aunque califica su obra de más cerca del periodismo que de la historia incluso para el periodismo se necesitan más garantías. Pero lo que produce jnás desazón son sus alegados intercambios Con Casey. Porque si éste le informó de su conocimiento del asunto lrán- contras ¿por qué no informó de ello al comité que estaba investigando el escándalo, como hizo en el Watergate ¿Por qué tuvo que esperar a que Casey muriese, y no pudiera confirmarlo ni contradecirle, para airearlo? Es esta duda final la que hace incluir el libro de Woodward en el género de las novelas de espionaje. Y la verdad es que, en ese género, el director adjunto del Washington Post no es un John le Carré. CHALET TRES DORMITORIOS Con jardín de 2.500 metros cuadrados. No adosado. Todo por 3.678.000 pesetas. Entrada 30 por 100 (con facilidades) resto 32.900 ptas. mes. Carretera Coruña, á poquito más de tres cuartos de hora Teléfono 431 01 60