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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 11 DE OCTUBRE 1987 ABC lo dicen! Porque bastaría releer el discurso que pronunció en aquella solemne sesión de apertura para descubrir que era, más bien, un profeta que veía con toda precisión el mapa de los caminos por los que se embarcaba. Comenzó con un desconcertante acto de fe en nuestro siglo. Hay, dijo, gentes que piensan que en los tiempos modernos no hay más que prevaricación y ruinas Pero el Papa no piensa como estos profetas de desventuras El Papa sabe que no es cierto que nuestra hora haya empeorado en comparación con las pasadas Sabe que la buena Providencia está también actuando en tiempos como los nuestros y que actúa a través de los acontecimientos y de las obras de los hombres, muchas veces incluso sin que ellos se den cuenta y va logrando que incluso las fragilidades humanas redunden en bien de la Iglesia ¿Era ciego? ¿No veía la violencia, el brutal avanzar del ateísmo? Sabía, sí, muy bien que el hombre moderno ocupado en la política y en las controversias económicas, muchas veces parece no encontrar ya tiempo para las preocupaciones espirituales pero sabía también que nuestro tiempo había hecho que desaparezcan los innumerables obstáculos que en otros tiempos impedían el libre obrar de los hijos de la Iglesia Y e s que Juan XXIII amaba apasionadamente la libertad. Y sabía que la Iglesia avanzaría mejor si perdía las muletas políticas que parecían sostenerla cuando a encadenaban. Y pensaba que una Iglesia pobre y desligada de los poderes del mundo podría predicar mucho mejor la pureza del Evangelio, a golpes de pura fe, de limpio corazón. No es, claro, que la Iglesia fuera a cambiar sus enseñanzas; debía, por el contrario, seguir transmitiendo la doctrina pura e íntegra sin atenuaciones Pero su deber no era sólo custodiar ese. tesoro precioso, como si únicamente nos ocupásemos de la antigüedad Ahora tendría la Iglesia que ser madre, además de maestra. Tendría que bajarse de su caballo- como el buen samaritano- para acercarse a cuidar al mundo malherido en todos sus caminos. Tendría que acercarse al hombre de hoy, REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA QUEL día- pero ¿es p o s i b l e Dios mío, que hayan pasado ya veinticinco años? Roma amaneció como recién regada, con un sol tibio que luchaba con la blanda neblina mañanera. Pero las calles brillaban con un extraño gozo. Por todas las que caminaban hacia San Pablo avanzaba un río de obispos- a pie, en coche, en autobuses- que, ornamentos bajo el brazo, brillando las púrpuras o los rojos capisayos, parecían rejuvenecidos, niños con zapatos nuevos, la sorpresa en los ojos, dispuestos a comenzar la travesía, la aventura más grande de sus vidas. Algo- a ú n no sabíamos muy bien q u é- iba a ocurrir. Y había en todas las miradas una especie de centelleante alegría, la de quienes saben- o sospechan- que van a asistir a un giro de página en su historia y en la del mundo. El muchacho que yo era- y tantos como y o- se sentía aquella mañana como un resucitado. Siempre me había gustado la Iglesia, aunque no siempre me hubiera sentido cómodo en sus costuras. Pero aquella mañana de inauguración del Concilio uno tenía la impresión de asistir a un rebautizo de su madre, como si fueran a multiplicárnosla, como si alguien se dispusiera a mostrarnos el mejor de sus rostros. Por eso recuerdo cómo temblé cuando el río de mitras blancas- como un desfile de balandros- penetró en la basílica. Las capas pluviales- bajo la luz de los focos que convertía San Pedro en el más impresionante de los decorados teatrales- brillaban como antorchas oscilantes. Y, entre las dos filas, vimos al fin, sobre la silla gestatoria, al hombre más querido de nuestro siglo. Venía llorando. Reía llorando. Lloraba riendo. Sus dulces ojos de abuelo del mundo brillaban hoy más que nunca entre lágrimas de felicidad. Y miles de ojos, y cientos de prismáticos, se volvieron hacia él. Allí estaba aquel Papa anciano a quien, dos años antes, habíamos recibido todos con una mezcla de compasión y sonrisas. ¿Qué podía hacer aquel Pontífice de transición que apenas sabía hablar de otra cosa que de Dios y del cielo y que, cuando aludía a los santos, lo hacía como si todos ellos hubieran sido compañeros suyos de escuela? Ahora sabíamos que le habían bastado dos años para meterse el mundo entero en los bolsillos de su corazón. Sus sonrisas, sus pequeños tics de viejo nos habían conquistado. Y empezábamos a sospechar que, con sus ochenta años, tenía juventud para dar y vender. Era verdad lo que sólo dos días antes había dicho: Se dice que el mundo envejece. No es verdad en absoluto, no envejece. Cristo lo rejuvenece todas as mañanas. Y ahora, como un niño que juega, se disponía él a rejuvenecer a la vieja Iglesia. Si ahora cierro los ojos, vuelvo a oír el discurso con el que aquella mañana inundó nuestras almas. Es curioso: eran muchos entonces los que decían- y aún hay tontos que lo repiten hoy- que Juan XXIII convocó el Concilio sin saber lo que hacía, que puso en marcha una máquina cuya potencia ni sospechaba. ¡Ingenuos serán los que EL DÍA EN QUE JUAN ABRIÓ LA VENTANA EMPRESA DE ÁMBITO NACIONAL Distribución de sus programas en vídeo VENTAS MARKETING (Para empresas) Información: Rafael Calvo, 5. 28010 Madrid. Teléfono 44710 51 tal y como él es, y hacerlo con un magisterio prevalentemente pastoral paternal. Como consecuencia, añadía, en nuestro tiempo la esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia que la de la severidad. Piensa que hay que remediar a los necesitados mostrándoles la validez de la doctrina sagrada más que condenándolos Porque hoy quiere la Iglesia católica mostrarse madre amable de todos, benigna, paciente, llena de misericordia y de bondad Y a uno le gustaba aquella Iglesia de ventanas abiertas que el Papa diseñaba. Aunque también teníamos miedo de que todo aquello fuera sólo un sueño, salido, no de la realidad, sino del enorme corazón del Pontífice. Pero entonces apretábamos los puños de la esperanza y nos atrevíamos a creer, como él, que ahora es sólo la aurora y el primer anuncio del día que surge ¿Ha llegado ya el sol? ¿O tenemos que seguir diciendo: qué larga es la aurora, qué lenta y dolorosamente se alza la luz sobre el mundo, qué perezosamente se despierta la Iglesia? Aquella mañana se respiraba bien en la basílica. Vuelvo a ver ahora el gesto del Papa en su última bendición: abriendo mucho los brazos como para que le cupiera en ellos el mundo entero, haciendo girar sus manos regordetas, como si quisiera acariciar y no sólo bendecir, añadiendo después aquel gesto tan suyo de lanzar sus manos hacia adelante, como si intentara empujar su bendición para que llegase más lejos. Y le veo, después, alejándose en su silla gestatoria, bendiciendo aún más, incansable, y perdiéndose al fondo, ahora íntegramente feliz, con los ojos luminosos de niño que hubiera hecho una gigantesca travesura, sin lágrimas ya. Vuelvo a escuchar ahora la preciosa oración de San Isidoro de Sevilla que, minutos antes, habían recitado al unísono los dos mil quinientos padres conciliares: Henos aquí, Señor, Espíritu de Santidad, cargados bajo el peso del pecado, pero reunidos en vuestro nombre. Venid y quedaos entre nosotros. Purificad nuestros corazones; inspirad nuestros actos y nuestra- conducta; mostradnos lo que debemos hacer, para con vuestra ayuda, hacer en todo lo que vos queráis. No permitáis que faltemos a la Justicia, Vos que sois la misma equidad. Que la ignorancia no nos haga errar, ni la simpatía nos desvíe. Que ni el interés ni el favoritismo nos conduzcan al mal. Átanos con la eficacia de tu gracia para que en nada nos apartemos de la verdad. Y pienso que Dios no pudo ignorar aquella humilde oración. Y me llena de gozo pensar que aquel 11 de octubre de 1962, en medio del otoño, nació la primavera. Esa lenta y dolorosa primavera a la que tanto le cuesta despuntar en nuestras almas. Pero que, en medio de toda turbación, existió, existe. Porque, aunque no siempre lo sepamos, la primavera ha venido y nosotros, testigos asombrados, sabemos cómo ha sido. J. L. MARTIN DESCALZO