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GENTE y aparte Cornejas OS egipcios gastaban dos nombres: el pequeño, de todos conocido, y el grande y verdadero, guardado en secreto. Los australianos mantenían los suyos ocultos a los oídos de las tribus vecinas: el salvaje esconde su nombre para evitar convertirlo en objeto de operaciones mágicas. Borges creía que en los conceptos de calumnia y de injuria perdura esta superstición, o su sombra. Ahí está el caso de América, que a los cinco siglos de su descubrimiento, todavía discute su nombre, propagado por unos impresores alemanes que mezclaron la Geografía de Tolomeo con cuatro viajes de Vespucio, sugiriendo que a aquellas tierras se las llamara América, en memoria del hombre audaz que las ha visitado Impostura sobre impostura, discurre el tiempo, y del nombre del Continente acaba apropiándose una nación sin nombre: ios Estados Unidos. (Camba, pareciéndole que decir los Estados Unidos es lo mismo que decir el señor rubio que toma café en la primera mesa a la derecha del mostrador propuso un concurso internacional con premios en metálico para bautizar a los Estados Unidos. Monroe pudo así reclamar la mal llamada América para los mal llamados americanos, que llaman España a todo lo que no es la mal llamada América. Cuatro décadas después de que Colón dejara su albaire en el Nuevo Mundo, mientras los españoles- polvo, sudor y hierro -lo expugnaban selva a selva, el mariscante Francisco 1, dispuesto a sacar leche de una alcuza, envió una expedición al mando del veneciano Verazzani, que arribó a las ya exploradas tierras en 1524, cortaron leña para la provisión, rellenaron sus bocoyes de agua, y regresaron a Francia ufanos de haber visto las celebradas costas de las Indias Esta, aparte las pedantescas glosas de los enciclopedistas en torno a la bondad innata de los salvajes, constituye la mayor contribución de nuestros vecinos a la conquista de América. No habiendo podido acuñar et oro ni la lengua, el francés decimonónico acuñó el nombre, infame como el de América, de Latinoamérica, tan caro- -por el chic de lo franc é s- a nuestros pobres progres, porque el español, en su decadencia, nos ha salido muy progre, pero eso, ¡qué se le va a hacer! no lo convierte en latino, con lo cual nos autoexcluimos del gran negocio de la Historia. Como lo nuestro no es servir de plumas para ajenas cornejas cuando oiga usted dude: está hablando un idiota. L f. Fotografía original del bar- sala de juicios Law West of the Pecos donde el juez de la horca y doce hombres honestos administraban justicia. Tres pasiones tenía Roy Bean: sancionar, beber y soñar con la belleza de su Dulcinea, Lily Langtry Hacer las Américas L verdadero salero en la epopeya de la conquista de América lo han puesto siempre las cupletistas. Todo comenzó con Lily Langtry. En Londres, la época victoriana se alargaba con exceso. Caía el siglo y la Reina Victoria estaba cerca de cumplirlo. El príncipe de Gales se aburría al ver que su egregia madre no acababa de irse a gozar del eterno reposo en el mausoleo regio, y al paso que iba también veía que a la hora de ceñirse la corona iba a estar hecho todo un vejete. Así que decidió echar una cana al aire, de las pocas que le quedaban, y liarse con una cabaretera, que es lo que procede en estos casos. De esta manera, la señorita Langtry se hizo monarca del arte gracias a su voz aflautada y otras E habilidades más concupiscentes, que tanto ayer como hoy han servido y sirven para alcanzar la fama y excitar la calenturienta atención del público. Por amable, pero firme, indicación de la Reina, Lily tuvo que emigrar e irse a hacer las Américas, siendo pionera de tantas y tantas tonadilleras que después han seguido su ejemplo. La música amansa a las fieras, y el arte ejemplar de la Langtry llegó hasta el salvaje Oeste, más allá del río Pecos, donde no había más ley que la que administraba a base de soga el muy venerable juez Roy Bean, Sumario El sabor americano Jorge Berlanga Leopoldo Alas Javier Barquín Joaquín Albaicín Juan María Calles Isidro Juan Palacios Beatriz Cortázar Maribel Verdú ...y Alaska Lily Langtry decir América Latina, no lo Ignacio RUIZ QUINTANO quien, con la sabia intuición de la justicia de lo humano y lo divino hizo de su taberna un altar en honor de la ilustre entretenedora. La divinidad de una artista que ha pasado por las más altas alcobas está fuera de toda duda y merecen adoración rendida. Por eso a uno lo subleva el ver en El forastero de William Wyler, cómo el pazguato de Gary Cooper prefiere a una berzotas cultivadora de hortalizas- será por eso que le gusta tanto a Pilar Miró- en confrontación con el juez Roy Bean, que interpreta Walter Brennan, amante del buen ganado y de la señorita üly, como cualquier persona decente. Nuestras más ilustres cantantes también han puesto más tarde el corazón de América a sus pies. Sarita Montiel consiguió que Burt Lancaster perdiera ante ella la compostura en Veracruz y qué decir de los éxitos de nuestras folclóricas, como Estrellita Castro o Lola Flores, allende los mares. Ellas siguieron la tradición de la divina Langtry, tradición que ahora continúa Alaska, que se dispone a conquistar México, aunque ya no esté el Negro Durazo para hacer el papel de juez de la horca y convertir su palacio en un templo en honor de la señorita Olvido. Jorge BERLANGA ABC 105 SÁBADO JO- ¡0- 87