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XVI ABC ABC La última palabra lOoctubre- 1987 Los libros impostores i ÓLO una perversión del gusto, que casi todos nosotros con el tiempo vamos acatando, hace que la lectura se convierta en una obligación o una pose, cuando debiera ser siempre uno de los pocos paraísos artificiales que nos quedan- e l más pequeño y vulnerable, pero también el más íntimo- un pequeño, país asediado y más bien inútil que no cuenta para sobrevivir sino con el orgullo de sus defensores. La obligación de ciertas lecturas es el arma más letal de la quinta columna de sus enemigos. Con las primeras lluvias de septiembre comienzan a florecer como malos hongos en nuestra biblioteca libros adquiridos sin pasión y un poco por descuido, antipáticos huéspedes de quienes casi nada sabemos y que no recordamos haber invitado. Con mansa impertinencia ocupan el espacio que sólo debiera pertenecer a nuestros verdaderos amigos y nos roban el tiempo y luego no hay modo de expulsarlos de casa. No fue el instinto de afinidad lo que nos hizo escogerlos. Sin más credenciales que un recorte de periódico o un anuncio, cruzan la complaciente aduana de ¡a biblioteca y siempre es demasiado tarde cuando descubrimos su identidad de impostores. No nos traen el antiguo placer, las delicadas voces de silencio con que nos hablan los libros a los que pertenecemos. Cuentan mentiras, nos prometen que gracias a ellos estaremos al día, que son antídotos para el anacronismo y certificados de modernidad, o de cultura, o de contracultura, quién sabe. Los otros libros, los nuestros, nos decían: Léeme si quieres. Estos, con terminante vanidad, nos amenazan: ¡Ay de ti si no me lees! Los otros libros, porque habitan el tiempo misterioso de la perduración, pueden esperamos durante años enteros en los anaqueles menos visitados y hasta saben volverse invisibles sobre nuestra mesa de trabajo. Su paciencia ignora la brevedad de los días y de las vidas humanas. Aguardan siempre, como esa estatua que fue instalada en 1867 en la sala de un museo y que hemos visto por primera vez hace quince días y ya no olvidaremos. Los impostores, en cambio, reclaman nuestra presencia inmediata, nos hacen señas y visajes. Son la rabiosa, la implacable, la trepidante actualidad. Duran menos o nada, pero qué importa eso cuando la memoria no existe. Envejecen con la brusca indignidad de una corbata, de un mueble de fórmica. Serían inocuos si no fuera porque su número y su confusión tienden a volver iguales las voces y los ecos. ¿Cómo distinguir entre una muchedumbre el rostro único que podríamos amar si se detuviera ante nosotros? Cómo encontrar ese libro, esas palabras que merecemos, si nos urge en la lectura el vano mandato de la novedad y abrimos a polizones sin escrúpulos las fronteras del reino en el que fuimos soberanos. Nos queda acaso la posibilidad de una retirada estratégica: de un retiro a esa cámara real que todo hombre, dijo Flaubert, guarda en su corazón. En ella aún no han sido derogadas las benévolas leyes que nos bastaron siempre para cumplir el viaje hacia la literatura: la proscripción del tedio y de la vanidad, la apetecida disciplina de quietud y silencio, la entrega hipnótica al tiempo y al mundo que cada libro nos ofrece, la lealtad a las voces que con el paso de los años se han vuelto modulaciones de nuestra propia voz, el deseo incesante de buscar otras y de reconocerlas: aquel viejo hábito de conmovernos al abrir un libro adivinando en las primeras líneas que formaría parte de nuestras vidas. Decía Borges que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro. Sin duda la resignación, virtud tan saludable, nos es muy útil para sobrellevar los variados infortunios dé la vida común. Pero en esa región secreta de nuestra conciencia que la imaginación y los libros nos permitieron roturar como un edén privado desde la infancia no deberían. entrar nunca los turbios invasores que ya bastante nos afligen en nuestro trato inhábil con la realidad. Si la literatura. es todavía un paraíso inviolado, el único pecado original qué nos prohibe sus dones es la resignación a los libros inútiles. Antonio MUÑOZ MOLINA