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VI ABC ABC fncrarío 10 octubre- 1987 Poesía El don y lo posible María del Mar Alférez Ediciones Torremozas Madrid, 1987. 70 páginas La poesía femenina tiene un continuum individualizado, un poco al margen de las tendencias generales, aun cuando nombres como los de Blanca Andreu o Julia Castillo, por ejemplo, respiran dentro del aire generacional de los posnovísimos María del Mar Alférez es una auténtica revelación poética desde que su l i b r o Alas de hilo consiguió el Premio Nacional para Autores Noveles en 1982, convoeado por el Ministerio de Cultura. No era una pifia de la fortuna, puesto que en 1985 Ma d e Mar Alférez obtuvo un accésit del Adonais- ¿y por qué no el premio? -con Criptoepístola de azares Ahora, con su tercer libro, El don y lo posible le llega la alternativa definitiva nada menos que de manos de María del Pilar Palomo, últimamente casi volcada misionalmente a la valoración de la lírica joven. Estoy de acuerdo con el aval de la prologuista al decir que María del Mar Alférez ha encontrado su tono poético propio, fuera de las perspectivas- cuajadas en bellísimos ejemplos, por otro lado- de los renacimientos juveniles, de los surrealismos de hoy. Se alaba en la poesía de El don y lo posible el ritmo cuidado y la belleza de las imágenes. Pero es imprescindible anotar con respecto a los dos poemarios anteriores que María del Mar se desnuda de velos retóricos y se presenta en persona, en carne mortal y fruitiva. Una cita de Mikel Shriver no pone en la pista de su desencanto: La ensoñación del mundo es cruel, si cuando vuelves te abate el don de la nostalgia. Como habla de sí misma, como se quema en el volcán interior, entra en mayor actividad, con el consiguiente reflejo en la dinámica de las imágenes y de la sintaxis lírica. Mas esta concisión, aparte de reforzar la tensión anímica, la sitúa en un marco de arrebatadora verdad. María del Mar no demuestra sólo su don retórico, su bien aprendida lección, todavía con ángeles rubios en la ventana y sus ecos de lectura (como le ocurría en Alas de hilo ni se detiene en mostrarnos únicamente la medida de su intimidad- cuando dice me habo inmensa de pronto -con alguna inconcreción literaria. Aquí, el vértigo de la vida acomete su frágil brevedad y de esa litis surge incontenible, pero también en precisión absoluta, el afán de infinito, tras haberse roto alguna de sus alas en el trance. Confiesa que a ella la desnudó la noche, en absoluto límite para que su infancia y su adolescencia le sigan sonando en las horas de su corazón... La armonía y el equilibrio, dos cualidades con las que nació a la poesía, jamás las ha perdido. Ha mantenido el ámbito en sus niveles relativos y ha depurado su melancolía fija en metáforas personales, tras el sondeo de una intimidad en algún punto dramática, en algún punto dolorosa. Hay que buscar el gran acierto de la poesía de María del Mar, en la seguridad y arrojo con los que reconoce su don, en esa cierta impasibilidad por sobre las inquietudes que le permite decir las cosas sin dimitir de su visceralidad, pero tocadas de un estremecimiento elaborado, desde la soledad distanciadora y sobre un surrealismo moderado, enormemente reconstituyente. Por eso, la soledad, el tiempo, la ausencia, el amor y el silencio- e n contrapunto siempre de la muert e- son los espejos en los que se mira, en un balanceo de subjetividad- objetividad de alta calidad biográfica y lírica. Podríamos decir que El don y lo posible tanto y más que un elegiaco, es un libro de profecía. Tantas veces ha muerto y tantas fosas ha cavado- las alas sepultadas, la costumbre, la mentira, la maldad, la memoria, el gesto o la muerte- que María del Mar resuelve su rebeldía por elevación, en un anhelo y futuro, sin otros asideros que el fervor, la realidad poética. Pues queda claro que su envidia por el rey de sus cuentos es metafórica. Su destino es no morir del todo, sino desangrarse por la herida de la poesía. María del Mar Alférez escribe con un ínsito don de belleza, ya que, lejos de desgarrarse en gritos estériles, se sumerge en la naturaleza que le rodea. El tiritar de las estrellas se aprieta a su pena, en todo instante el tiempo corre por su pulso y en su aliento roto respira el mundo. Todo ello no le impide situar su poesía en un nivel moral, también en un estadio más allá de los azares y de los fervores iniciales. Los mismos títulos de los poemas responden a una ética más o menos expresa. María del Mar ha madurado gracias a esta refracción de su poesía, en la fusión de la vida y de la experiencia. Habla deldon del pecado, del don de la pena dormida, de la palabra breve, del don del gesto cansado de la tierra, del don de la hora senil, del don de la muerte... En resumen, El don y lo posible establece su lugar en la vida y en la poesía al declarar que tiene un ala en la historia de otra historia, sin voz para contarla. Mas al contarla, efectivamente, demuestra que su voz surge de esa diarritmia, entre lo vivido y lo soñado. Icaro y Narciso, a la vez; María del Mar Alférez transparenta su deseo de infinito, con una transparencia de lenguaje de primera ley y con una vivencial hondura de agua clara. No sólo tiene el don, sino que también lo expresa tangiblemente. Y no sólo como posible. Florencio MARTINEZ- RUIZ Los hilos del recuerdo Juan Pérez Creus Colección ele poesía Ángaro Sevilla. W 87 Nadie ha podido suplantar todavía en la poesía satírica- y conSte que desde los Ussía o los Garcival se eslabonan nuevas voces- a Juan Pérez Creus. Caustico en el fondo y rotundo en la forma, sus coplas de Maese Pérez merecen figurar entre las coplas de maldecir de todos los tiempos, desde el Arcipreste a Pérez Zúñiga. Sin duda, su valor, y por tanto, su vigencia, radican en su riguroso dominio de la fonética y la estilística castellana, extraída de su dominio del idioma. Porque idioma y bello es el que maneja el autor de Los hilos del recuerdo poemario que obtuvo el accésit del premio Ángaro y lo hubiera ganado sin la competencia de la eximia Susana March, devanando con la sereniedad de la edad dorada espiga de los recuerdos, de algún modo ya comenzada a desgranar en Molino de viento, molino de olvido Pérez Creus en su poesía en estado puro es de una hermosa transparencia. No sólo cuida las emociones, sino también las expresiones. Y si, como en este caso, el hilo de su ovillo le lleva a una dorada tarde en Prithvi Raj, o una plateada noche junto al Yamuna, la delgadez de su palabra todo lo flordelisa. Tan puro y tan nostálgico es que no le importa sobrepisar los tópicos, seguro de que vencerá el colorismo de los escenarios o lo recurrente de los motivos. La India y sus lugares, con sus templos y jardines, sus personajes y sus animales totémicos- desde el Taj Mahal a Rabindranath Tagore, de El. Deewali al Toro Nandi, etcétera- nos deja en los dedos un polvillo de abanico lacado, aunque con una punzada melancólica. El ambiente es oriental, pero la pupila es europea, lo que evita la deshicencia y mantiene el fervor por el misterio. El Oriente enigmático es como un evangelio según Juan Pérez Creus, en el que el hombre se disuelve, se desvanece no para celebrar una aniquilación personal, sino para aspirar mejor los perfumes de la existencia, la densa rosa negra de la noche, la flor del loto, las cañas que cantan la ausencia del Mahatma, el sortilegio de los jardines Lodi. Es claro que Juan Pérez Creus tiene capacidad todavía para el asombro, incontaminado de las alienaciones del trip o de los paraísos de Hesse. ¿Cómo no destacar la limpieza de poemas como Taj Mahal o La pagoda negra El sabe siempre prescindir del barroquismo coruscante y aleatorio de mitos y leyendas para acercarnos la figura de Tagore en la cima de una contemplación de alta notación lírica: Vuelve, Rabindranath, entre nosotros- a regalarnos el eterno fuegoque fue tu corazón. -Inúndanos, maestro. En realidad Los hilos del recuerdo posee una atmósfera cuasi sagrada en la que el buen poeta y el buen jefe de tribu, que es Pérez Creus adelanta su mensaje: Déjame, saddú, quiero- vivir mi propia muerte- y reencarnar en esa materia sutilísima que es gozar de mi Dios Eduardo ALCALÁ