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IV ABC ABCWzVciVlO 10 octubre- 1987 N O hay duda alguna a estas alturas de la existencia en la última poesía española de una poderosa corriente neopurista, a la que se deben, en mi opinión, los 1 logros más depurados de estos años. Frente a las exaltaciones de la libido turbada, por vía homosexual o heterosexual, masculina o femenina, y frente al detritus culturalista, esta lírica ha soslayado el moi haTssable y ha vuelto a poner el acento sobre el objeto poético; es decir, sobre el poema. Poemas 1970- 1985 La ciudad y sus sombras El canario Andrés Sánchez Robayna es una de las figuras más relevantes de este neopurismo. Con él hay que destacar también los nombres de Miguel Martinón y del uruguayo Eduardo Milán. Estos tres poetas suscriben una común intelección del lenguaje y de la experiencia lírica sobre la base de la restauración de la tradición barroca europea a partir del filtro mailarmeano y de las lecturas de los grandes escritores puristas del veinte: Guillen y Ungaretti, de manera especial. A estas referencias cabe añadir las de voces posteriores: Wallace Stevens, Basil Buntihg y Haroldo de Campos. Existe también otra variedad del neopurismo, menos guilleniano, más gongorino, cuyo mejor exponente es el granadino Justo Navarro, el último premio de la Crítica. Navarro es un poeta urbano, que, al modo propuesto por Eliot, busca correlatos objetivos a las obsesiones personales, todo lo cual induce una expresión hermética, replegada sobre sí misma. Con Poemas 1970- 1985, el lector tiene reunida toda la obra poética de Sánchez Robayna, integrada por Clima (1978) Tinta (1981) y La roca (1985) más las series Día de aire y Tríptico (1986) Día de aire se había publicado en 1970 con el título de Tiempo de efigies, pero fue reescrito íntegramente en 1985, según aclara el autor en nota. Una evidencia se impone al lector ante esta poesía reunida: la de su notable unidad, la de su coherencia indudable en el doble plano de la expresión y de la visión. Sánchez Robayna cimenta su universo poético sobre el mito de la insularidad: la isla como una epifanía, como revelación del ser, por más que este ser no ancle en fondos de légamo movedizo, sino que resulta inmanente a la propia realidad insular. Por aquí, y de modo oblicuo, que se ha hecho directo en excelentes ensayos y ediciones, el poeta canario- e n el sentido más riguroso y menos regional del término- entabla un diálogo fecundo con dos grandes voces de las Islas: Tomás Morales y Alonso Quesada, sobre todo el primero. La distancia enorme que separa el quehacer del poeta de hoy de sus conoterráneos de ayer no es suficiente para quebrar la línea de continuidad en la exaltación del mito isleño. Y aún podría hablarse de las relaciones con Agustín Espinosa, el autor de Lancelot, 28. 7 Léase, desde esta perspectiva, el poema, irregular, pero conmovedor, de Alonso Quesada, Tierras de Gran Canaria Tierras de Gran Canaria, sin colores, ¡secas! en mi niñez tan luminosas... y se detectará la presencia de los elementos germinales del poeta coetáneo: además del que acaba de citarse, Esta es, por lo demás, muy clara. El paisaje marino es el clima Andrés Sánchez Robayna del primer libro; la noche del mar es el cenEdicions del Malí, Barcelona, 1987. 237 páginas tro del segundo (la tinta como metáfora de la noche) y el análisis y canto poético pormenoFernando Ortiz rizado de determnados Pinturas de Joaquín Sáenz elementos constituye el Caja de Ahorros, Sevilla, 1987. 71 páginas eje del tercero. La homogeneidad estilística y de tono es muy acuel sol sobre los peñascos, el mar, la roca, los sada, según ya he dicho, aunque existe una montes... cierta evolución. Cima presenta un verso más En modo alguno he esbozado esta confrondilatado; Tinta enlaza con él en su primera tación para atenuar la originalidad de Sánparte, Lectura en tanto que la segunda, chez Robayna ni para hacer ejercicio de inque da título al conjunto, es un poema en tertextualidad esa obsesión de la crítica prosa- no mera prosa poética- y La roca, de nuevo en verso, ofrece una concentración notable de la materia poemática, adelgazada de manera radical en metros muy breves. En mi opinión, este libro es el de más calidad de los tres, por la enorme coherencia con que el autor ha sabido explorar los recursos fónicos y semánticos, según exigía la drástica reducción del verso. El riesgo de esta poesía, como el de toda empresa literaria extrema, residía en la acentuación desequilibrada de los elementos formales con detrimento del sentido. Lo suele salvar casi siempre Sánchez Robayna, que en el poemario consiguió situarse merecidamente en la primera línea de la lírica española actual. académica. De lo que se trata es de la situación en que el poeta se halla, de los referentes en que cristaliza su propio mundo. Desde luego, aquí no hay tampoco la menor sombra de regionalismo, tentación que los poetas de Canarias han sabido rechazar casi siempre. Basta comparar a Tomás Morales con otros líricos coetáneos para comprobarlo. Riguroso, disciplinado, Sánchez Robayna ha entendido en todo momento la escritura poética como vertebración de temas y módulos expresivos, no como adición inorgánica de elementos. Mallarmé, siguiendo a Baudelaire, le confinó al libro el doble valor de espacio material y estructurante de la poesía y de metáfora del mundo. Antes de que Guillen lo hiciera también en Cántico, Tomás Morales abordó la empresa en el gran proyecto inconcluso de Las Rosas de Hércules. Sánchez Robayna desarrolla el tema y mito de la insularidad en tres secciones, aunque sean libros publicados de forma independiente. Días de aire funciona en este conjunto como una especie de prólogo. Tríptico, si bien homogéneo estilísticamente, se separa en cierta medida del libro unitario que es Poemas... A la prudencia y a un elogiable sentido de la contención ha de atribuirse que el autor haya renunciado a una más explícita organización unitaria. Con el título de La ciudad y sus sombras, el poeta Fernando Ortiz y el pintor Joaquín Sáenz han compuesto este libro, bellísimamente editado, que dista de ser por fortuna un homenaje a su ciudad nativa. Es una incursión por algunos climas y ambientes de Sevilla. La maestría de Joaquín Sáenz, nombre imprescindible de la mejor pintura española de hoy, se acerca a la ciudad entrevista y llena de fantasmas de que habla Ortiz en sus versos. No hay un solo tópico paisajístico en los cuadros del pintor: lo que le importa son las casas reflejadas sobre un río, que es el Guadalquivir, pero no necesariamente algunas azoteas, algún poniente rosa de Triana, un barco panameño en el desguace, el interior de una imprenta sevillana con admirables cristaleras... Ciudad de sombras y de luces magníficas- los maravillosos atardeceres que extasiaron al pobre de Eugenio Noel- la misma que hizo escribir a Antonio Machado aquello de ¡Oh, maravilla, Sevilla sin sevillanos, la gran Sevilla! Y éste es el mundo de los poemas de Fernando Ortiz aquí recogidos, seleccionados, sobre todo, de sus libros Vieja amiga y Marzo (1984 y 1986) Allí donde el autor se convierte en una sombra más de la ciudad En esta esquina de la tierra Tarde de estío acierta con justeza. Valgan estos versos del segundo poema: Esta ciudad del Sur donde el jazmín florece I y en donde el limonero deshiela el corazón de los amantes con su aliento de oro, es la misma que sin piedad contempla tu regreso a lo oscuro como ave silenciosa. Los niveles poéticos, en cambio, se resienten cuando adopta una retórica neoclasicista- retórica y tono- que no se ajusta a los temas poetizados. Miguel GARCÍA- POSADA