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10 octubre- 1987 ABC Calle de Felipe IV ABC III Real Academia AYA por Dios; ahora resulta que la Academia se está pasando de plebeya y suburbana, cuando tantas veces se ha dicho de ella que era rancia, etiquetera y altiva. En las últimas semanas se han alzado voces irónicas o airadas por los desafueros que cometemos allí, dando entrada a voces palurdas. Un indignado- conmigo, gentil- ciudadano se ha dirigido al director de ABC preguntando: ¿Para qué sirve la Academia? ¿Para someterse a las demostraciones de los ignorantes y a los caprichos de los incultos? Es causa de tanta irritación (noble, pues la motiva nuestra supuesta falta de celo en el amor al idioma) la acogida que tuvieron en el Diccionario ciertos vocablos extranjeros, más o menos adaptados ortográficamente a la pronunciación hispana. Se han mencionado éstos: re ó, truste, nomo, güisqui, esmoquin, esnob, eslógan, vermú, esplín, pedigrí, bufé, bisté y pimpón. La lista es heterogénea, y debe convenirse en que contiene términos con catadura poco presentable. Cabría reconsiderar, en ella, la forma retó; constituyen mayoría, seguramente, los hablantes que dicen eso, al igual que pronuncian esplorar o verdá, sin que estas formas sean lexicográficamente aceptadas ni aceptables: se tienen por meras- y disculpables- laxitudes ortológicas. Tampoco parece que truste (inglés trust) sea un acierto redondo; ese vocablo, por lo limitado de su circulación, no urgía para ser avecindado. Por otra parte, si alguien tiene que usarlo, será raro que se acuerde de la adaptación académica. Personalmente, tampoco me gusta la amputación de gnomo, aunque así se evite el delicioso melindre de aquella locutora de televisión que nos exhortó a acompañarla al país de los nomos. A cambio, el encanto y misterio de tales criaturas se desvanece un tanto con la privación de su g- Que se quita también a gneis, desgermanizándolo, y a gnosticismo, enmascarando su linaje heleno. Pero, en todo caso, al igual que ocurre con reloj, gneis y gnomo, se mantienen estas últimas entradas como principales, ya que las mutiladas se remiten a ellas. Quien habla o escribe puede elegir: la corrección no le obliga al recorte. También me molesta el güisqui barriobajero. Con parecida razón, deberíamos tolerar güelo, güerto y güevo. Es verdad que tenemos guerra, del germánico werra; guiar, del (probable) gótico widan; que a los güeldos ios llamamos así, siendo Welf el singular de su nombre alemán, y que, en nuestros días, se ha bautizado como guasi la variedad de naranja Washington. Es cierto, igualmente, que otros idiomas ajustan a su horma fónica y ortográfica nuestros nombres. Puede ser prototipo de ello el sherry inglés, con que este idioma adaptó el francés Xérs (formó, primero sherris, y le quitó la- s creyendo que indica- V ba plural) Pero esas adaptaciones de voces extranjeras se hacían, siglos y aún decenios antes, sin que la generalidad de los hablantes conociera la forma escrita originaria: el neologismo entraba por el oído, y lo escrito se sometía a lo escuchado. Ni los españoles que percibían algo parecido a güelfo conocían el alemán Welf, ni los ingleses que empezaron a decir sherris o sherry, veían escrito Xérs o Jerez. Hoy mismo, ¿cuántos castizos que dicen guasis relacionan esa voz con la ameri- cana? ¿Quién piensa que sorche o sorchi no es otra cosa que el inglés soldier? Esa razón determinó que, al ser necesarios tales vocablos, no hallaran resistencia sus adaptaciones, por mediocres o ridiculas que parecieran a los entendidos. Nada nos chocan en la actualidad galicismos como jefe (chef) franela (flanelle) chófer (chaffeur) o anglicismos del tipo tranvía (tranway) vagón (waggon) o yate (yatch) Son cientos los términos arrebatados a ésas u otras lenguas, que leemos y escribimos sin sobresalto, a pesar de su cuerpo deforme. Se hispanizaron y, probablemente, nadie protestó. ¿Por qué, pues, en nuestros días molesta güisque? Es que vemos escrito a todas horas el whisky originario, y son muchos los hispanos que saben el inglés bastante para no pronunciar güi- a lo Lavapiés antiguo. Obviamente, no hacia falta que ese vulgarismo fuese al Diccionario, y, menos, si, a la vez, se registraba whisky, como se hizo. (Los franceses llegaron a escribir wiski, el siglo pasado, pero dieron marcha atrás, por las protestas) Las circunstancias que permitieron decir chófer o yate han cambiado: lee más gente, existe una enorme publicidad escrita basada en la extensión de los extranjerismos, y la presencia de la forma original hace caricaturesca la hispanización. Adelanto aquí mi voto si en la Academia se plantea la retirada de güisqui. Lo cual, por otra parte, no resolverá gran cosa, porque nos quedaremos con whisky, de tan rara facies. Y admitido que el Diccionario puede acoger voces extranjeras sin maquillarlas, ¿por qué no introducir otras muchas, usadísimas, como boutique, croissant, sandwich o rock? Habrá que terminar por hacerlo, pero entonces sonarán todas las alarmas denunciando que la Academia barbariza el lenguaje. ¿La Academia? ¿Tiene ella la culpa de que los hablantes empleen esas palabras con asiduidad, y las traten como normales? Si alguien, leyendo en un texto escrito o hablado en español leasing, por ejemplo, desea saber qué significa, ¿no debe sacarle de dudas el Diccionario español, aunque éste le advierta que es vocablo inglés? Quizá la solución consista en dedicar, en un futuro Diccionario académico, unas páginas aparte a definir vocablos ajenos que andan revueltos con los nuestros, en espera de que el tiempo y los hablantes decidan de su suerte. Entre tanto, ¿merece tantos reproches la Corporación porque siga registrando prudentemente lo que ya parece hispanizado? Sorprende a algunos censores esmoquin, esnob, es plin o eslogan, y no escanciar (del gótico skankjan) escaparate (del holandés schaprade) escayola (del italiano scagliuola) o esquí (del noruego ski) Estas voces también fueron un día extranjerismos crudos, y también se les forzó a entrar en un molde fonético y gráfico extravagante. Y así, no parece desmesurado error la adopción de bisté, vermú o pedigrí, no sólo empleados por ignorantes. Más dudoso es bufé, porque su u suele modularse a la francesa por quienes frecuentan los cócteles. Y, junto a pimpón, figura en el Diccionario ping- pong; pudiera sobrar aquélla, dada la difusión universal de ésta; cada rasgo común a las lenguas compensa en cierto modo de Babel. Dice, por cierto, el Diccionario que pingpong es vocablo francés. Se trata de un error. Lo empleó en Inglaterra el inventor del juego, James Gibb, hacia 1880, tomándolo de una cancioncilla que hacía furor en los music- halls con la divertida onomatopeya. ¿Cuántos varapalos hubiera merecido de nuestros aristarcos quien hubiera querido hispanizarla con la osadía que mostró Boris Vian al afrancesarla como pigne- ponge? Son cuestiones difíciles, y es lógico que cualquier solución lexicográfica que se les dé suscite objeciones. El idioma no es propiedad de la Academia; ésta no es infalible, y las disensiones la estimulan. Pero, a veces, tiene más razón que sus detractores. Y está ahí y sirve para que se le pueda reprochar. Como el Gobierno o la Renfe. A Fernando LÁZARO CARRETER de la Real Academia Española