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18 ABC OPINIÓN SÁBADO 10- 10- 87 Panorama EL SEGUNDO SEXO C UANDO se nace varón se es de una vez por todas un hombre. Cuando se nace mujer, a costa de aprendizaje, se llega a serlo. Lo que llamamos mujer- dice Ortegano es un producto de la Naturaleza, sino una invención de la Historia. Por tanto, sometida, decimos nosotros, como toda invención, a la recreación. Lo que de su naturaleza hizo a la mujer tal, fue su capacidad reproductora, capacidad que ha sido modificada científicamente en el aspecto fecundante, mediante la pildora, y que puede llegar a serlo algún día en el aspecto vivíparo, si la incubación en laboratorio se llegase a realizar en vez de en el útero materno. Por tanto, la especialización histórica fundamental del sexo femenino ha sufrido modificaciones y puede llegar a sufrir el más revolucionario de los cambios. Hay que reconsiderar, pues, sus funciones de participación en la creación de la historia y de la cultura. Uno de los ámbitos en que la mujer ha vivido la mayor diferenciación de funciones es en el religioso, y en él, los tiempos empiezan a cambiar. En confesiones no católicas, como la Iglesia Evangélica Española, se acaba de ordenar su segunda pastora evangélica, que presta sus servicios religiosos en Cataluña. Por su parte, el judaismo no se ha quedado atrás y existen más de una centena de mujeres rabinos en EE UU, donde el liberalismo prevaleciente contamina todos los espacios sociales, y hay una mujer rabino en Israel, y muy pronto habrá una mujer rabino francesa. Paulina Bebe, de veintidós años, natural de Neully, no piensa abandonar los pantalones ni el maquillaje cuando sea ordenada rabino. ¿Por qué un rabino ha de tener un aire triste? dice. En la reciente visita del Papa a los Estados Unidos, han emergido todos los problemas que aquella Iglesia tiene latentes. Cincuenta y dos millones de católicos conviven en una comunidad de doscientos treinta millones de almas, en la que la norma de relación prioritaria es la del respeto e independencia mutuos, a tal punto que la dependencia del Vaticano de los católicos puede, -por costumbre, chocar. En esta pujante comunidad religiosa, que ha sabido ganarse la consideración nacional (ya no es un hándicap ser católico para llegar a presidente, tres candidatos oficiales a la sucesión de Reagan lo son) existe también el germen de la discordia feminista: desde 1979 quinientas religiosas americanas se declaran candidatas al sacerdocio y ganan continuamente adeptas. Estas hermanas nuestras de la Iglesia más secular del catolicismo están subrayando con su equívoca rebeldía un hecho general: la presencia de la mujer en la vida activa lo es a nivel de acolitado, o en calidad de especie, o en puestos destacados de la vida pública en dosis homeopáticas como ha dicho Simone Veil, para que ese número mínimo e insignificante prevenga del mal que se trata de evitar: la igualdad de los sexos. Marta PORTAL A propósito AY muchos ciudadanos preguntándose por el sentido del pacto de Estado sobre el terrorismo, objeto de las conversaciones del Gobierno y del PSÓE con el resto de los partidos políticos. Con alguna salvedad, a la que después aludiremos, los seis puntos en que se articularía el pacto- s i es que el documento firmado a la Prensa es la verdad y toda la verdad- son una serie de axiomas, por no decir perogrulladas, que ningún demócrata sensato objetará. El ciudadano medio se sorprende de que los partidos hayan necesitado, al parecer, más de una década para decidirse a acordar cosas tan obvias como que la violencia es rechazable en un sistema democrático como el español, que luchar contra el terrorismo es un deber del Estado que debe mejorarse la eficacia policial, que es deseable la cooperación internacional o que es bueno que desaparezcan el fanatismo y la intolerancia. H UN PACTO DEMASIADO OBVIO Todo eso es una especie de abecé de la democracia tan elemental que no hay más remedio que preguntarse ¿es que alguien tiene todavía dudas al respecto? El nacionalismo vasco ha tardado en aceptar muchos de esos principios, y no está demasiado lejano el tiempo en que ciertos políticos nacionalistas denominaban heroicos gudaris a los etarras y afirmaban que comprendían la lucha armada Pero, aunque no está despejada del todo la ambigüedad del nacionalismo, el rechazo de la violencia pare- ce unánime, con la conocida excepción de HB. también tiene razón, en principio, el Gobierno cuando se refiere a la discreción que requiere la información relativa al terrorismo; pero los primeros que deben tenerlo presente son esos altos funcionarios que, como ocurrió cuando la desarticulación del co- mando Madrid venden la piel del oso terrorista antes de haberlo cazado. Es inadmisible que, en estos casos, se culpe de indiscreción a unos periodistas que, simplemente, publican las informaciones facilitadas por fuentes autorizadas. La imprudencia de los políticos no puede ponerse en la cuenta de los medios que cumplen con su derecho- deber de informar. La casuística del terrorismo internacional, en estos últimos años, ha señalado circunstancias en las que sería deseable una cierta cautela por parte de los informadores, pero en ningún caso puede aceptarse ninguna forma solapada de censura. Lo más grave es la inclinación del Gobierno a hurtar al Parlamento este importante asunto de Estado. Los socialistas siguen olvidando que este régimen es una democracia parlamentaria y, con su modo de actuar, degradan lo que debía ser institución básica del sistema. Aplauden cuando el Congreso americano pone contra la pared a Reagan por sus operaciones encubiertas, aunque aquel no es un régimen parlamentario, pero son incapaces de aplicarse la lección. Cabe, finalmente, preguntarse si con el proyectado pacto el Gobierno busca carta blanca para continuar el famoso diálogo con ETA que, para algunos, es la clave para acabar con el terrorismo. Habría, entonces, que extremar las cautelas porque todo lo que sea ir más allá de la reinserción individual de terroristas arrepentidos (así se les llamó en Italia, aunque a ellos no les guste) y sin delitos de sangre, sería peligroso y podría atentar no sólo contra la Constitución, sino contra los mismos principios del Estado de Derecho. Alejandro MUÑOZ ALONSO