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LUNES 5- 10- 87 EN LA MUERTE DE JEAN ANOUILH ABC 63 Entre los cinco más importantes I hubiera que hacer una selección de los cinco autores más importantes de los últimos cincuenta años, sin duda alguna no faltaría Jean Anouilh. Inevitablemente viene a mi memoria mi época universitaria, cuando dirigía el TEU de Madrid. En aquellos tiempos, para los universitarios, el autor de moda era Anouilh. Tanto en las lecturas escenificadas en colegios mayores como en representaciones por los TEUS en los salones de actos, no había conjunto universitario que no representara El baile de los ladrones, Colomba, La ivitación al Castillo, El viajero sin equipaje... Pero por encima de todas estas piezas, una destacaba como el epítome de a exaltación artística y cultural: Antigona, sin duda, una de las mejores obras del teatro universal. Jean Anouilh, por suerte, ha sido un autor conocido en España, y con éxito notable; La Alondra, El armiño, Los peces rojos, etcétera. Se acaba de ir uno de los autores que mejor ha satirizado a la sociedad actual, y que asimismo ha manejado la pureza del lenguaje e ironizado el momento dramático por el que pasaba Europa. Juan José ALONSO MILLÁN La tristeza de un autor brillante S D Como un madrileño más UE un hombre al que siempre admiré mucho, y tuve la oportunidad de traducir y montar varias obras suyas en España: CoIombe, Adela o la margarita, La alondra, Beckett o el honor de Dios, Romeo et Jeanette y Cita en Senlis. Tuve también una relación bastante estrecha con él. Siempre se portó conmigo de forma extraordinaria, y cuando se le preguntaba por un traductor para su obra al español, siempre citaba mi nombre. Era un hombre en cierto modo curioso, porque él, a pesar de triunfar clamorosamente en París, conservaba su espíritu algo provinciano. No le gustaba asistir a los estrenos, y eso le valió el calificativo de autor ogro Chocaba también, en un hombre físicamente rudo como era él, la delicadeza que mostraba siempre en su trabajo, en su estilo. No podré olvidar jamás los preparativos de un viaje suyo a Madrid, para asistir al estreno de Beckett y el honor de Dios, y al que finalmente no pudo venir. Anouilh no quería, me dijo, hacer vida de turista, y me encargó que le buscara un piso en Madrid. Lo que realmente quería era venir a vivir como un madrileño: nada de un hotel; él r en su casa propia, para poder ir a comprar la carne, la verduraVivir, en fin, como un madrileño más. José Luis ALONSO F ESDE siempre, desde los tiempos del viejo Arte Nuevo, Teatro de Cámara, delTEU, de DIDO... de tantos y tantos teatros de ensayo, que fueron la Universidad de los hombres del espectáculo de los años cincuenta, entre los que me cuento, yo he tenido debilidad por Anouilh. Recuerdo los estrenos, dirigidos por José Luis Alonso, de Árdele o la Margarita de Colomba después de La Alondra o de Becket dirigidos por Tamayo. Y en todos ellos me sentí feliz, notando en cada frase, en cada situación, en cada personaje, la paternidad de un auténtico autor teatral, de un autor completo, de un hombre cuyo fin era contar, como él mismo confesaba, lo que quería y como le daba la gana pero siempre con ese ingenio y exactitud que aprendió en las calles de París y que nunca le abandonaron. No respetó las viejas normas. Fue un innovador y sobre todo fue un espléndido escritor, un fenomenal autor teatral y un extraño hombre en estos tiempos en que todo cambia y se tornasola según conviene a cada cual; fiel a sus principios y a sus ideas de siempre aunque como él decía, eso ahora no está bien visto A pesar de que sus obras los estudiosos las hayan clasificado en rosas, negras y brillantes, yo soy un convencido de que todas son como él era: brillantes, absolutamente deslumbrantes para el espectador con el que gracias a su técnica, su talento y su ingenio siempre conectó. Yo tuve la suerte de producir, con Justo Alonso, y dirigir su último estreno en España hace ya quince años: Los peces rojos Y durante tres años las representaciones fueron consteladas de toda clase de premios para él El expectador y la crítica medalla de oro de Valladolid, crítica de Madrid... y para todo el equipo que hizo el espectáculo; Juanjo Menéndez sumó los mismos y el director, que en este caso era yo también. Por tanto mi recuerdo hacia Anouilh no puede estar más que lleno de agradecimiento y de admiración al tiempo que de tristeza, la tristeza que produce en unos momentos en que en el mundo del teatro hay tanta sequía de talento y de lealtad, la pérdida de un autor y un hombre de la talla y de la fidelidad a sus ideas y principios de Anouilh. Con él desaparece uno de los autores más importantes de este siglo y quizá de los venideros. Al terminar de redactar estas líneas me entero que hoy también nos ha dejado Manolo López. Si en el teatro hay una parte brillante que llega al público: autor, actor, director, no podemos ni debemos olvidar ese otro pedazo tan importante para el éxito que son los técnicos, a veces ignorados injustamente y que posibilitan nuestro éxito, los decoradores, los maquinistas, los eléctricos... A ese mundo de detrás, a esos centrocampistas que consiguen con su esfuerzo que los goles se consigan, quiero desde aquí rendir mi homenaje de gratitud simbolizándolos en la persona de Manolo López, un extraordinario decorador que hoy nos deja para siempre de un modo inesperado, modesto y silencioso como él. Adiós, Manolo, gracias por tu amistad, por tu trabajo y por tu lealtad. Con tu esfuerzo, tantas veces desconocido por el público, nos conseguiste muchos éxitos. Estoy seguro que allá arriba sabrán calibrar, como tú te mereces, los méritos que aquí, a veces, te regateamos. Gustavo PÉREZ PUIG Sus obras El armiño (1932) Jezabel (1932) El viajero sin equipaje (1937) La salvaje (1938) El baile de los ladrones (1938) Leocadia (1940) La cita de Senlis (1941) Eurídice (1942) Antigona (1944) Romeo y Jeanette (1946) La invitación al castillo (1947) Árdele o la margarita (1948) El ensayo o el amor castigado (1950) Columba (1951) El vals de los toreros (1952) a tond -a (1953) Medea (1953) Ornifle o la corriente de aire (1955) Pobre Bitos (1956) Becket o el honor de Dios (1959) El papanatas (1959) La pequeña Moliere (1959) Lagarta (1961) La feria de tócame Roque (1962) Cher Antoine o el amor fracasado (1969) Los peces rojos (1970) No despierte, señora (1970) El director de la ópera (1972) El ombligo (1981) Profundidad insondable E Algo inteligente entre réplicas H E tenido la inmensa suerte de participar en el estreno en España de La alondra y Los peces rojos. Son dos textos ya clásicos y siempre vivos. Su puesta en escena ennobleció a cuantos participábamos en ella. Tuve después ocasión, a través de Diego Fabri, de conocer la mecánica perfecta que utilizaba Anouilh para dar vida y pasión a sus obras: Solo consiste- d e c í a- en poner algo inteligente cada tres réplicas Juanjo MENENDEZ N este momento se me agolpan muchísimas imágenes. Para mí, la lectura de Anouilh fue campo de estudio, trabajo y aprendizaje. Se le ha tildado de ser de derechas, pero es un autor de fantasía, creatividad y profundidad insondable. Con él se muere una parte fundamental del teatro contemporáneo, y, a pesar de todas las diferencias ideológicas que puedan tenerse con él, hay que reconocer la belleza de aquella Colomba que dirigió José Luis Alonso. En estos momentos de tristeza, yo sólo puedo hablar de la belleza impresionante de sus obras, que, en libros, llevé a mi casa, de forma que siempre las tengo en mi cerebro, del mismo modo que no puedo olvidar que mis primeras obras están humedecidas por este gran dramaturgo europeo. Si hemos sido capaces de olvidarlo es porque se ha perdido la capacidad de emocionarse, es porque los hombres de teatro no tenemos sensibilidad para los demás. Que no haya escritores que hayan seguido su camino es una lástima. No me explico cómo con la cantidad de reposiciones que se hacen, no haya subido a un escenario español desde hace quince o veinte años una obra de Anouilh, y que incluso haya algunas que no se han representado nunca. Quizá ahora TVE reponga alguna. Manuel MARTÍNEZ MEDIERO