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62 A B C EN LA MUERTE DE JEAN ANOUILH LUNES 5- 10- 87 Humor, realismo, fantasía Uno de los grandes L A muerte de Jean Anouilh me ha sorprendido pensando en él. Leía la entrevista de Francisco Lobaton a un político andaluz. El hombre, connotado por cierta afición al teatro, explicaba su entrada en la política como un accidente debido a que la censura sevillana no le autorizaba a Anouilh. Por Dios que hubo mala suerte en esa historia. Porque la verdad es que Anouilh ha sido tranquila e intensamente representado en España. Antes de Franco, con Franco y después de Franco. Sólo en los últimos tiempos se ha debilitado, su presencia en nuestros escenarios como se ha debilitado la presencia de todo el teatro latino, aplastado por la potencia de la escena sajona. Pero esa es otra historia. Anouilh ha muerto a los setenta y siete comprometerse en la forma de representarlas. Lo que es esencial es que los seres imitados actúen asumiendo la serie de reacciones que revelan con claridad el proceso de un carácter. Esta creación ingresa ya, naturalmente, en la historia de la literatura. Y de su brazo llegó Anouilh a ella. Estoy hablando, sin equívoco, de un teatro de la palabra. Un teatro del que ha habido burladores zafios y críticos enajenados por el servilismo juvenil y la frivola pasión por la última moda. Anouilh era un gran escritor. Por importantes que sean en el espectáculo la música, la danza, la pintura o las archifamosas variantes de las expresiones corporales, es la palabra- l a palabra dramática, nacida tras las palabras épicas y líricas- la que constituye la sustancia misma de! drama. So- E años, después de una vida fecunda y brillante en la que casi sesenta años están dedicados al teatro, a un teatro, a su teatro, que básicamente consiste en una reiterada y brillante exposición conflictiva entre ideales jóvenes y Cándidos y compromisos turbios de la madurez social. Hombre decente, Anouilh no quiso ser ni cínico ni tonto. En sus comedias negras era de rigor la victoria de los malos corruptos; en las comedias rosas ganaban los inocentes; en las brillantes y en las rechinantes, Pirandello y Marivaux, las sombras literarias amadas por el escritor, inflamaban de grotesco, de ironía, de simbolismo conflictivo, la casi eterna lucha teatral entre el idealismo utópico y la realidad rastacueril. Inexorablemente, apenas el ser humano consigue articular unos sonidos y organizar unos gestos, algún instinto especial le lleva a imitar a otros seres. No se trata todavía, ni remotamente, de un acto dramático. No hay drama sin acción. Pero ese placer imitativo es el origen de la búsqueda del tema, de la acción compleja y razonada, de la cadena de causas y efectos que ya puede llamarse drama y que es el ácido probatorio de la mayor o menor capacidad fabuladora del hombre civilizado. Drama, literalmente, significa acción. La palabra se usa para designar aquellas creaciones del mundo artístico en que esta acción es representada por unos personajes que imitan seres reales. Estos seres imitados pueden ser tan varios como el censo humano y la imitación puede seleccionar uno u otro segmento del proceso de sus vidas y aun bre todo si a uno le interesa Shakespeare. O Moliere. O Calderón. O Anouilh. La palabra hablada o actuada es fundamental en el teatro. De que existan interpretaciones detestables de un texto o de que textos pobrísimos hayan ascendido en la estimación general gracias a la buena calidad de sus intérpretes, sólo se deduce que el arte de interpretar, como el de escribir para el teatro, no siempre tienen entidades paralelas y correspondencias justas. No se deduce otra cosa. Un texto de Anouilh sólo se convierte en obra dramática cuando es interpretado por unos actores sobre un espacio escénico. Por eso me extrañan los problemas de! vicedirector sevillano. Porque recuerdo las grandes noches del María Guerrero, de Alonso. Por que no olvido Los peces rojos en el soberbio y transparente montaje de Gustavo Pérez Puig. Porque tenemos memoria las gentes amigas del teatro. Y porque Jean Anouilh era de los nuestros. Humor, realismo, fantasía. Toda, una imagen de la existencia humana. Más lógica que una imagen lógica. Más pura que una imagen pura. Tan teatral como todo el gran teatro. Tan literario como toda la literatura. Anouilh, autor horripilado ante las biografías se va sin establecer la suya. Anouilh, que escribía teatro en verso a los doce años se deja una obra de finura y textura europeas. Anouilh fue el gran amigo de todos los amigos del teatro. Nos deja una obra en parte, seguramente, inmortal para los repertorios del teatro europeo. Enrique LLOVET RA el último de los grandes. No conocemos ningún dramaturgo nacido después de él que se acerque a su tamaño, a su fuerza, a su despiadada ironía, a su enorme y pudorosa ternura. No se parecía a nadie. Miraba a los seres humanos como insectos bajo la lente implacable de su particular microscopio, descubría la falsedad de los gestos y de las palabras, se burlaba de la debilidad que anida en nuestra carne y, de pronto, en un giro inesperado, absolvía todos los errores con una sonrisa de profunda comprensión. Venía a decir: Así somos. Pero, ¿qué le vamos a hacer si somos humanos? El gran autor teatral es el que deja tras de sí una serie de personajes inolvidables e incunfundibles. Veneramos a Shakespeare porque fue capaz de crear a Macbeth y a Yago, a Shylock y a Puck. Anouilh nos deja una galería llena de maravillosos retratados: Colombe y Jeannette, Thomas Becket y Juana de Arco, junto a pequeños y graciosos dibujos de Leocadia o de Héctor, el aprendiz de ladrón, o el viejo y mujeriego general de Árdele. Los actores han dicho siempre que un papel era bueno si tenía carne. Los. tipos inventados por Anouilh agarran al intérprete y le imponen su avasalladora presencia, le dictan en silencio el modo y el estilo y hasta el tono de voz. Llevábamos mucho tiempo sin leer su nombre en los periódicos. Quizá perdiera las ganas de escribir, amargado por críticas injustas que se salían de lo puramente teatral para invadir terrenos propios de la política. No le perdonaron su lúcida independencia que, en un momento difícil para Francia, supo encontrar las razones de Créon junto al impulso apasionado de Antígona, y que en Pauvre Sítos, bajo las máscaras de Robespierre y Danton, de Saint- Just y Tallien, profundizó en las causas del odio que divide a los hombres. Trabajar un texto de Anouilh profesionalmente, apurar con los intérpretes la línea de actuación, incluso los silencios y las miradas que se desprendían naturalmente, era un placer interminable. Siempre quedaba algo por extraer del fondo del personaje, siempre cada réplica alumbraba una nueva posibilidad que se nos había escapado. Y siempre, por algún rincón de sus más amargas comedias- La grotte por ejemplo- brotaba un hilo de poesía, velada, casi oculta por el pudor del dramaturgo. En Francia- antes al menos- sabían oír en el teatro. Aplaudían una frase inteligente bellamente dicha. Anouilh escribió muchas en sus obras, frases profundas, hermosas, definitivas. Pero su teatro nunca se quedó en literatura porque sus caracteres eran tan vigorosos, tan reales, que cargaban de electricidad el aire de la escena. El diálogo de Anouilh no era un lenguaje piano, escrito, porque en él las palabras tenían tres dimensiones y uno sentía que los personajes se las arrojaban unos a otros, a veces como espadas, a veces como flores. En sus comedias hay aciertos totales y parciales, pero en la menos lograda no hay un minuto que pueda aburrir al espectador. Se nos ha ido el último de ios grandes. Pero su voz resonará durante mucho tiempo en todos los tablados del mundo que supo conmover y divertir. Cayetano LUCA DE TENA