Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
LUNES 5- 10- 87 EN LA MUERTE DE JEAN ANOUILH A B G 59 Últimos trajes de marinerito SCRIBIA recientemente una frase que me Negó como soplada del cielo: Los que han tenido alguna vez traje de marinerito van a morir. En estos tiempos se precipita la extinción de esta especie. Ánouilh como Bergman, como Visconti, como todos los que quisieron dar una imagen chejoviana de la vida burguesa, con tantas alusiones a su decadencia, es ese tipo de grandes dramaturgos que tuvieron traje de marinerito y que pronto nos van a dejar. Tendremos que despedirles solemnemente a todos, porque todos, hasta los más modernos, son epígonos del siglo XIX. Tienen todas sus virtudes y sus defectos. Y Anouilh era el más grande autor burgués que nos quedaba. Para los libres de prejuicios, su lección ha sido magistral. Intentó conservar un público sin desestimarlo en nada, ofreciéndole productos inteligentes, críticos y poéticos, de la más exigente calidad. Fue terriblemente acusatorio, no edulcoró mucho las cosas, pero escribió desde dentro de la sociedad burguesa sin negar todas las barreras que ya se levantaban contra ella. La nota patética de Anouilh la daba viendo ajado y manchado, destinado a la guardarropía de la muerte su traje de marinerito. Así, como el viejo gran teatro, con sus divas y sus meritorios, con sus pasiones y sus estrenos, en aquel país de las grandes categorías, de la que parecía inagotable creencia en sí. El París de los estrenos de Anouilh. Muerto todo esto, viva todo esto. Es un gran teatro que la posmodernidad pondría en un pedestal si no estuviese ya amanerada. La grandeza de Anouilh no se aprecia a primera vista, porque su independencia y su fuerte individualismo no tuvo la simpatía de la izquierda francesa. Si uno se distancia, si trata de hacer discretamente futurología, ese obstáculo no importa- nada. Como epígono del mejor teatro francés, hay que contar a la fuerza con Anouilh. No está Francia para desperdiciar genios, con los pocos que le quedan ya. Lo cual también quiere decir, como paradoja, que los genios los produce la grandeza política y económica, la tendencia hegemónica de las potencias. Francia explotó cuanto pudo su potencia intelectual. Anouilh fue conocido en el mundo entero. Dio dinero a las empresas en un sistema entronizado de iibremercado. Desplegó una comedia humana al estilo de Balzac, atravesada todavía de romanticismo; hizo lo que los mejores genios franceses, practicar la facilidad sin degradarla. La facilidad brillante de muchas comedias suyas está iluminada siempre por el hallazgo de dos o tres ideas estupendamente teatrales no para el público de clase, sino como ejemplo de la universiladad que puede alcanzar el teatro. Es bien probable que los especialistas por lo menos no le olvidarán. E 1 El público que no ha tenido traje de marinerito le olvidará posiblemente. Va por otros derroteros, en los que aparecerá alguna vez su Anouiih. Pero tiempo le doy para eso. Los epígonos vienen siempre al final. Es una ve dad del francés Lapalisse. Piensen que nadie va a construir una comedia como las de Anouilh para no. poder representarla jamás. Sentarse en una butaca para ver qué les pasa a unos tipos con los que simpatizamos, todo por medio de palabras y por espacio de dos horas o tres, no es algo que atraiga a un público que ha progresado arcaizándose, volviéndose público de masa futura, con cánones que habrán de ser muy distintos a los que utilizó Anouilh. Pero ¿cómo podemos entender el teatro si no contamos con las dos o tres cosas esenciales con las que contó él? ¿Cómo podríamos continuar haciendo teatro sin ellas? Distraer es más difícil que sorprender. Y Anouilh sorprendía sólo por su inagotable capacidad de entretener. Era un teatro que se hacía todo él con ingenio, sin más. Los decorados ya podían ser de papel. Pero nunca con malos actores. El teatro de Anouilh está hecho para la interpretación, para la creación de tipos, para lanzar al actor hacia una experimentación objetiva y subjetiva, para hacerle cumplir ejercicios de la mente. Es un gran teatro que se va. El futuro se lo ha tragado. Pero, por suerte, también lo lleva dentro. Esa especie de menandro de la sociedad francesa, cuyos deliquios y rabietas se traducían casi siempre en una noche de aplausos. ¡Salve, Anouilh! Francisco NiEVA Una ventana abierta N nuestra adolescencia, alicaída y casi sordomuda, Jean Anouilh fue una ventana abierta por donde entraron aire, luz y olores. La ventana no era ni demasiado grande ni demasiado expuesta a la desolada intemperie exterior, pero para nuestra situación de entonces fue suficiente. Jean Anouilh, influido por la manera de hacer de Giradoux, que fue un tiempo su patrón y al que auxilió como secretario, escribió sus piezas negras, donde planteaba con buenos modos intelectuales y mejores modos teatrales, las cuestiones que también se plantearon en la posguerra europea, Sartre y Camus y Marcel. Nuestros teatros, verdaderamente independientes de entonces, asimilaron y se entusiasmaron con alguna de ellas. Su Antígona par ejemplo, sigue y seguirá siempre vigente. Ante la penuria de autores de hoy, Jean Anouilh es, sin duda, un maestro. Un maestro muy francés y, por lo tanto, muy europeo. Sus imitadores no están todavía a su altura. Antonio GALA E