Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
587 A B C EN LA MUERTE DE JEAN ANOUILH LUNES 5- 10- 87 En la contradicción de su tiempo H ACE ahora cuarenta y cuatro años, casi medio siglo, un gran autor dramático en la cumbre de su gloria y un joven autor que acaba de obtener su primer gran éxito cenan juntos en uno de esos bistrós deliciosos del Barrio Latino. Al terminar la cena, el más joven ayuda al viejo maestro a ponerse el abrigo. Avergonzado de esta súbita familiaridad, el joven se despide con una frase precipitada y abandona al gran escritor, al que admira desde hace un cuarto de siglo. Ese hombre tímido, circunspecto, es Jean Anouilh. Trini de León Sotelo me llama esta tarde por teléfono desde el ABC y me dice: Anouilh ha muerto. Dice el director que escribas algo sobre él. Evoco aquella escena, que el propio Anouilh relata en su Hommage a Giraoudoux publicado en la Chronique de París porque me parece que ese gesto del autor de Árdele o la margarita es la clave de toda su vida y de todo su arte: audacia y timidez. Anouilh, secretario un tiempo del gran actor Jouvet, que le maltrata y le humilla, admira a Giraudoux, su compañero de mesa aquella noche, desde que asiste, cuando sólo tiene dieciocho años, a una representación de Siegfried interpretado por Jouvet. El héroe es un hombre que ha perdido la memoria y en quien se plantea la reconciliación de Alemaina y Francia, separadas por una contraposición histórica. Diez años después de ese estreno, que llena Anouilh de admiración y desesperación, escribirá su gran drama, El viajero sin equipaje en el que otro amnésico, Gastón, simbolizará, de manera diferente, la oposición entre la elección de la historia y la elección de la fantasía. Todo el teatro de Anouilh va a ser una irisada gama de variaciones sobre sus grandes predecesores del teatro francés, desde Giraoudoux a Becque, pasando por Feydeau. Porque en la genialidad de un arte dramático, en permanente evolución, Anouilh, que tiene conciencia de la imposibilidad de la tragedia dramática en la época en que vive, abordará el vaudeville ante la caída del drama en melodrama, optará por el pastiche paródico y despreciativo, e inmerso en un inconformismo que el éxito no hace sino acrecentar, creará un teatro en el que la voluntad satírica se hace cada vez más chirriante, y en que el encono de un autor considerado de derechas dejará chico el desprecio de Bertolt Brecht por las cansadas formas culturales y sociales de la sociedad burguesa. No ha tenido aquí, entre nosotros, Jean Anouilh el éxito que correspondería a su talento, a su gran capacidad de impulsar las formas dramáticas hacia adelante sin necesidad de caer en el ensayismo de las vanguardias. Cuando lonesco y su promoción revolucionan las formas batiendo los clichés verbales, las situaciones de incomunicación que aportan las ciegas convenciones, Anouilh bate con mayor ferocidad, con destreza admirable, la interpretación de los viejos mitos en piezas como Antígona El entendimiento de la historia, en L Alouette Es el propio dramaturgo el que jerarquiza sus posiciones estéticas y morales al clasificar la serie de sus comedias como piezas rosa, piezas negras, piezas brillantes, piezas chirriantes y piezas costumés o de disfraces, jardín de muy diversificados parterres en los que la burla sombría, el humor desengañado, la futilidad fulminante, de florete, de la frase, ordena la topografía de la sociedad no ya francesa, sino occidental, de la segunda mitad del siglo en que vivimos. Escribió hace muchos años Gabriel Marcel que Anouilh era el autor dramático más importante de su generación. Quizá el elogio era apasionado en un momento en que se representaban en París y en el mundo piezas de Giraoudoux, Montherlant, Sartre, lonesco, Beckett, Salacrou en un momento áureo, acaso crespuscular, del gran teatro francés. Pero la verdad es que este conservador al estilo, pasado, de la Action Francaise, este demoledor denunciante de la hipocresía del poder en la etapa gaullista, este agrio ridiculizador, a la par, del gastado conservadurismo burgués y de la insolencia falsamente filantrópica de un socialismo de bajo vuelo, puso en su teatro una forma de realidad crítica en la que el autor era protagonista de sus propios dramas y cada réplica de su lúcido, metálico, buido diálogo, una réplica de su vida. Audaz y tímido, circunspecto e insolente, este hombre provecto que ahora desaparece, aquel humilde hijo de un sastre y una violinista de Burdeos, está en la esencia, en el espíritu, en la fecunda, permanente, contradicción que Francia representa en el pensamiento y la cultura de la Europa de hoy. Un espíritu enorme y delicado al que, como en uno de los personajes de sus dramas, siempre habrá un can perdido en cualquier parte que le impedirá ser feliz. Lorenzo LÓPEZ SANCHO El Anouilh de siempre ANOUILH? Para mí, uno de los más O importantes autores entre los grandes de nuestro siglo. Su originalidad, su diversidad, su frecuente amargura, su extraño humor, su variedad y tantas otras cualidades excelsas están vivamente presentes en el desorden de mi actual cerebro, y su obra completa, muy a la vista en mis estanterías. Los españoles han tenido ocasión de apreciar esto que digo, porque algunas de sus obras- La alondra Becket o el honor de Dios Adele o la margarita Los peces rojos Antígona El vals de los toreros La invitación al castillo -han sido representadas en nuestros escenarios y quizá la última, esa pieza maestra en un acto que se dio aquí con el nombre de La orquesta de señoritas Sobre su brillante- estilo, contra su juego dramático tan indiscutible como discutido, hay que contar con su férrea independencia política, por lo que ha sido atacado desde las más distintas opiniones o silenciado, tratado de arrojar al olvido o a la cuneta. En un viaje a París manifesté a un escritor francés mi imperioso interés por ver la última obra de Anouilh, que estaba entonces en cartel. Un gesto de desprecio se dibujó en sus labios: ¿Por qué? Anouilh es siempre lo mismo. Por eso ardo en deseos de conocer su última producción, porque espero ilusionado encontrarme con el Anouilh de siempre. Por triste fortuna no hay que llorar demasiado la desaparición de un autor cuando deja un repertorio honesto, brillante, fiel a sí mismo, inmutable e inolvidable. José LÓPEZ RUBIO de la Real Academia Española Gran respaldo en España NOUILH es sin duda uno de los más grandes autores teatrales de este siglo. Dos de sus más famosas obras, La alondra y Becket o el honor de Dios, que tuve la satisfacción de estrenar y dirigir, obtuvieron en Madrid cientos de representaciones, y su éxito consiguió el refrendo del público español en todas las ciudades. Un teatro de la mayor calidad y de enorme fuerza teatral. Podemos asegurar por estas obras, y por otras dadas a conocer en España, que el gran autor francés ha contado con un gran respaldo popular en nuestro país. José TAMAYO A