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Un autor quehilaba sus tapices humanos entre la tragedia griega y la espuma del vodevil Una crisis cardíaca sorprendió en Lausana al dramaturgo francés París. Juan Pedro Quiñonero de una vida que se acaba. Con Anouilh desparece el más inteliJean Anouilh murió ayer en Lausana con la melancólica virtud de gente de los grandes dramaturgos del teatro de boutevard de los toda su obra, alejado del mundo, entomólogo de la condición huúltimos cincuenta años, ei único, quizá, que fue capaz de instalar mana que, en la hora final, contempla irónicamente la inminencia la tragedia griega en el corazón de una trama dé vesutíevillé. Su de la más funesta suerte, y, sin miedo, la aguarda y la reclama amablemente, impaciente por descubrir los misterios de lo des- frivolidad siempre rozaba la tragedia. Sus tragedias tenían el buen gusto y la finura de espíritu de un pasatiempo frivolo. conocido, hastiado y maravillado ante las sorpresas e infortunios El dramaturgo francés, que había sido hospitalizado el viernes, falleció ayer a mediodía en el Hospital Universitario de Lausana, víctima de una crisis cardiaca. Aunque había sufrido un infarto de miocardio hace cuatro años, en Marsella, según precisó Úrsula Wetzel, su compañera durante los últimos veinte años, todo ha sucedido demasiado deprisa, nunca pensamos que el fin pudiera llegar tan rápido Anouilh residía en Suiza desde hace treinta años. Llevaba una existencia muy retraída, de forma que sus vecinos apenas ¡e veían, sólo cuando sacaba a pasear a sus perros por las cercanías de su residencia. Tampoco se desplazaba con frecuencia a París y. escribía siempre en su casa. Los funerales se celebrarán, según se ha podido saber, en la más estricta intimidad y los restos mortales del autor de La alondra reposarán en esta ciudad de Lausana, a orillas del lago Leman. Hijo de un modesto sastre de Burdeos, Anouilh comenzó su carrera profesional como redactor de una agencia de publicidad, donde conoció a Jacques Prevert y Max Ernst. Poco más tarde, sería Louis Jouvet quien lo nombraría secretario de un gran teatro en los Campos Elyseos, para conseguir su primer gran triunfo teatral en 1937, con El viajero sin equipaje. Su treintena de piezas de teatro, sus diálogos cinematográficos, lo convierten en uno de los grande drarnatyrgos franceses de nuestro tiempo. Hace apenas unas semanas que se estrenó en París el último montaje de una de sus piezas (Le Hurluberlu, interpretado y dirigido por un monstruo sagrado mal conocido fuera de Francia, Michel Galabru) Hace poco menos de un año que Anouilh publicó sus memoSu ironía mordaz y su escepticimo lo vacunaron prematuramente contra cualquier pasión ideológica, contra cualquier mesianismo político, o estético. Su escepticismo lo condenaba a una visión trágica de la existencia, apenas matizada con la melancólica ironía del moralista. Su elegancia espiritual le confería una suerte de piedad sentimental para sus infortunados héroes, víctimas de humanas pasiones que el m o r a l i s t a desmenuza, descuartiza, límpida y minuciosamente, con el amor del entomólogo por sus frágiles criaturas caídas en la trampa trágica de la historia. De ahí la ambigüedad que los fanáticos pudieran discernir en sus tragedias (Antígoná) Anouilh comprende la tragedia de Antígoná. Pero no deja de comprender la t r a g e d i a de Creonfe. El respeto de las leyes no escritas de la tradición, la herencia, la familia y el respeto a los muertos es una evidencia terrible, condenada a enfrentarse con las leyes escritas por el poder en nombre del orden instituido. Anouilh, con frecuencia, toma el partido de la duda, ejerce el derecho a la incertidumbre y el titubeo. Ni Antígoná ni Creonte pueden dudar de su destino: y ambos estarían dispuestos al crimen político en nombre de una verdad revelada de la que ellos se consideran depositarios únicos. Anouilh duda: es imposible el crimen o el fanatismo en nombre de la incertidumbre. En el instante definitivo, Anouilh desciende del Olimpo trágico hasta la comedia de costumbres: como en la comedia ñUeva, ¡as viejas divinidades han perdido su fe y U Esperanza, y sus desventuras nos emocionan con la melancolía de quien contempla el espectáculo de los héroes que han perdido el paraíso. rias, bajo el título de La vizcondesa de Eristal no ha recibido su escoba mecánica, el relato trágico- cómico de su iniciación al mundo, sus primeras andanzas en el mundo de la publicidad, su condena accidental e involuntaria al teatro. Un formidable autor Las promociones más recientes suelen considerarlo con frialdad e incluso con desdén. Ha sido sin embargo, a mi juicio, un formidable autor de extraordinario ingenio, de gran poder satírico y de oficio habilísimo, con un influjo mayor en el teatro de nuestro tiempo de lo que muchos reconocerían. Yo recordaría sobre todo algunas de sus punzantes tragedias, pues tragedias son, como paradigmáticas; y entre ellas, Antígoná, que no vacilo en señalar como obra fundamental del teatro francés de este sígio. De sus saberes teatrales y de su calidad profesional y humana, nada habla mejor, además, que aquel honesto y sensacional elogio suyo a Samuel Beckett, autor de estética tan distante de la de él, cuando éste dio a conocer su Esperando a Godot. Antonio BUERO VALLEJO de la Real Academia Española