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Ivés Klein (1960) Autorretrato armónico (1987) Beuys, Klein y Rothko Fundación Caja de Pensiones Serrano, 60 ONDE está la exposición? preguntaba uno de los más ingeniosos galeristas madrileños al dejar las salas de La Caixa. Era una buena pregunta, porque más que una exposición acabada, esta de Profecía y Transformación parece un proyecto, tan interesante como incompleto. Lo que ha pretendido la comisaria Anne Seymour es mostrar esa parte del arte de posguerra que apostó por la trascendencia de su propio papel social, no resignándose a constituirse en mero reflejo de los avatares humanos y aspirando a la transformación de los individuos en relación con sus semejantes. Tal actitud comporta la profecía y también la creencia en el futuro y en el progreso. Desde luego, tales aspiraciones no son nuevas y, sin retroceder hasta las pinturas rupestres, podemos encontrarlas dentro de este mismo siglo en movimientos como el constructivismo ruso, el neoplasticismo holandés o, incluso, el futurismo italiano. En mayor o menor medida, todas ellas cuentan entre sus antecedentes con el pensamiento de Rudolph Steiner (1861- 1925) fundador de la Antroposofía, una derivación de la Teosofía que instala al hombre como centro de la Creación y cuya creencia en la reencarnación se JUEVES 1- 10- 87 Ouka Lele Museo Español de Arte Contemporáneo Hasta el 3 de noviembre Ciudad Universitaria O parece sensato empezar el comentario de una exposición recordando posibles agravios comparativos. Pero ésta es una de las desgracias de las instituciones: que además de moverse, deben de hacerlo con justicia distributiva. Porque, siendo obvio que Barbara Allende (Ouka Lele) se merece esta exposición en el MEAC, no parece menos cierto que al menos otra docena de fotógrafos españoles tienen los mismos merecimientos y en algunos casos más extensa trayectoria para componer una antológica. Ahora bien, de las posibles actitudes atrabiliarias ejercidas por nuestros gestores culturales, Barbara Allende no tiene ninguna culpa y sus fotografías aún menos. Así, pues, hagamos por olvidar. Lo que Ouka Lele retomó a principios de los ochenta una de las más antiguas actividades fotográficas: el coloreado manual. En los principios de este arte, venía de suyo que los fotógrafos trataran de acercarse lo más posible a la realidad y una de las maneras más directas para conseguirlo consistía en aplicar anilinas o incluso acuarelas sobre unas imágenes que surgían obligadamente en blanco y negro. Claro, esto pudo hacerse cuando los métodos de fijado de la copia lo permitieron, pero cualquiera recuerda todavía las fotos turísti- Hasta el 8 de noviembre complementa con la práctica de la meditación para alcanzar una intuición capaz de revelamos nuestro ser superior. Por supuesto, tal cuestión posee un gran interés, y más ahora, cuando un calculado cinismo se extiende entre unos artistas más preocupados de abofetear a la sociedad con sus propias debilidades que de encontrar una vía para superarlas. El único y definitivo problema es que, si bien los tres artistas elegidos- -Beuys, Klein y Rothko- son perfectos representantes de dicho estado de pensamiento, lo exiguo de su número y lo heterogéneo y hermético de sus expresiones formales conduce más a la desorientación que a la comprensión. Estas nuevas vías de misticismo humanizado no son una peculiaridad de tres, sino una de las características más importantes de las vanguardias contemporáneas, de esas que nuestra situación poshistórica o posmoderna permite catalogar como agonizantes. Con todo, la extraña combinación de espiritualidad y materialismo presente en los tres artistas puede servir como punto de contraste al descreimiento reinante, sospechoso de transformarse en un nuevo credo vacío, en una religión banal. J. M. C. ¿D N cas que hasta bien entrados los sesenta utilizaban tales mañas. En el caso de Ouka Lele el tema es algo distinto. Por mucho que parte de sus trabajos más representativos no estén aquí, sino rumbo a la Bienal de Sao Paulo, sí puede percibirse un camino plenamente autónomo y en nada deudor de una presunta e inalcanzable realidad. Su primera gran serie, Peluquería (1979- 80) debe más al Dada que a cualquier intención directamente retratista. Los personajes, por lo general amigos, pueden llevar un pulpo, tres tortugas o dos pescadillas en la cabeza. Todo esto en colores vivos que poco a poco irán dulcificándose, como si la edad corriera en sentido contrario, hacia una cierta ingenuidad infantil que pasa por los cuentos de hadas y los colores rosas en los que Barbara se sumerge para su último autorretrato. Este paso de la provocación a lo sentimental parece reflejar un cambio personal y vital en la artista y, aunque se prefiera la primera, tampoco puede rechazarse lo segundo. Tal vez mañana Barbara se despierte algo más airada y menos tierna, más adulta y menos niña. Tal vez no, pero aún entonces contará su propia verdad. Lo cual no es poco. J. M. COSTA ABC 17