Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC Dos de las etapas por las que atravesó la pintura de Rothko. Izquierda, una obra sin título, 1938. Derecha, Número 11 de 1949 La exposición de la semana Mark Rothko: El color hecho espíritu L prestigio del pintor rusoFundación Juan March americano Mark Rothko ha aumentado considerableCastelló, 77 mente durante los últimos años, en especial desde su muerte en 1970. Esa es la prueba más tremenda, el rectángulos superpuestos, de borjuicio particular de la obra de un ar- des difusos y tonos contrastantes, tista, antes de pasar al juicio final aunque quizás no llamaran tanto la de la Historia. Hay pintores que atención como los de Klíne, Motson olvidados en cuanto mueren, herwell, De Kooing y, sobre todo, después de una vida de triunfos; Poltock, aparentemente más fuerse diría que la sociedad se venga tes Porque Rothko es menos autorien ellos de su error de creer en la inmortalidad del Arte. Otros, al con- tario, pese al gran formato de mutrario, no sólo se niegan a desapa- chas de sus obras, que ha plantearecer, sino que parecen resurgir de do no pocos problemas a la Fundasus cenizas, como el Fénix, con ción Juan March (que brindan mayor resplandor. A ello acaso no actualmente a madrileños y asimisean ajenas las operaciones del lados la magnífica exposición premercado mundial, para el cual los sentada el pasado verano por la cuadros pintados por un artista fa- Tate Gallery, de Londres) que mullecido adquieren un valor suple- chos de sus compañeros de la gamentario, de rareza, al no poderse lería neoyorquina Art of this Century, dirigida por Peggy Guggenheim, aumentar ya su número. creadora, tras la última guerra, de No es éste el caso de Rothko, ya esa Escuela de Nueva York que ha célebre cuando la III Bienal Hispa- revolucionado la pintura mundial noamericana de Arte abrió sus con su concepto del action painpuertas en Barcelona, en el otoño tíng en un expresionismo absde 1955, hace exactamente veintio- tracto basado en el hecho de pincho años. En aquella selección de tar, instintivamente, casi ferozmenlas colecciones del Museum of Mo- t e a c r i b i l l a n d o la t e l a de dern Art de Nueva York figuraban salpicaduras y latigazos, en un esdos cuadros de Rothko, de 1949- tado de trance creador. Rothko, 50, muy característicos con sus una vez pasado de lo figurativo (de JUEVES 1- 10- 87 E Hasta el 3 de enero que esta muestra nos brinda tres ejemplos, uno de 1930, Mujer cosiendo, de un expresionismo a la rusa, y dos de 1938, en que se combinan las influencias italianas de los restos de la pintura metafísica (Sironi, Campigli) -con cierta delicada fragmentación de tonos que puede recordarnos al patriarca de la pintura de América del Norte, Maurice Prendergast) a un surrealismo con ecos de Max Emst, de Andre Masson y de Joan Miró (este último a través del gran Arshile Gorki) como cabe apreciar en los cuadros fechados entre 1943- 46, va dando paso cada vez con más apasionado interés a la impregnación de sus lienzos por tonos aterciopelados, pero vibrantes, por dominar en ellos las gamas calientes, en formas más y más abstractas, tirando hacia una composición geométrica ortogonal a la que no será ajeno el influjo de Piet Mondrian, aunque siempre con una voluntaria indecisión en los bordes, una esponjosa suavidad en tas yuxtaposiciones de tonos, que restaña siempre las heridas del recor- te duro, el hard edge de algunos de sus compatriotas y amigos, por ejemplo el maestro Hans Albers, tan próximo y tan lejano de Rothko. Siempre nos vuelve a asombrar la influencia europea en la moderna pintura norteamericana, fruto de las diásporas a que guerras y cambios políticos condujeron a artistas de las vanguardias rusa, alemana, holandesa, francesa, etc. Nacido en 1903 en una comunidad judía de Dvinsk (Rusia) Rothko había llegado a Estados Unidos cuando tenía diez años y en 1923 se traslada a Nueva York, lugar de encuentro de variadas corrientes, en especial por la guerra mundial. Este judío- ruso convertido en artista americano vuelve a sus orígenes con una pintura de grandes rectángulos, en los que el colorido fosforece o brilla de un modo totalmente nuevo, como paso a una realidad trascendente, espiritual, de mística contemplación. Estos grandes cuadros, destinados a salas pequeñas, envuelven al espectador, le hacen penetrar en el corazón de la pintura y de la vida. Verdad es que nos exigen dos condiciones difícilmente alcanzables en Madrid: tiempo y silencio. Julián GALLEGO ABC 13