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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA I DE OCTUBRE 1987 ABC de Pombo son los silencios. Y al mismo Ramón le oí contar, en el saloncillo de la Revista de Occidente, una historia absurda, probablemente inventada sobre la marcha: Viajaba yo en el tranvía de Hortaleza y en una de las partes más angostas de la calle coincidimos con un carro de bueyes. El espacio era tan justo que, al cruzar, uno de los animales rozó el tranvía con el cuerno; el chirrido me dio dentera y yo sentí aquí la impresión del roce -y con el dedo apuntaba a la sien derecha. En las tertulias se oían disertaciones sobre lo divino y lo humano. No es una frase hecha: el Espíritu Santo, Rimbaud, la última comedia de Muñoz Seca, Picasso, la corrida de Beneficencia, el noviazgo del dictador con Niní Castellanos, Cántico recién salido de imprenta, las peregrinaciones a Lourdes, Freud y lo suyo, y muchos más temas saltaban a la mesa del café, no siempre tratados tan superficialmente como pudiera suponerse. La Cacharrería del Ateneo podía ser, alternativamente, disparatadero, centro de murmuración política y divagación literaria, y gaceta hablada de la chismorrería nacional: Antonio Dubois, barba relumbrante; Mario Roso de Luna, medio brujo- medio teósofo, ejercía como augur de las reencarnaciones, asistido con galaica socarronería por don Ramón. Cuando don Miguel llegaba, la conversación cambiaba de filo y, cuando no presente, su recuerdo gravitaba sobre los demás. EL Ateneo, y no la Casa del Pueblo fue, con la Universidad, el centro más dinámico de la oposición a la dictadura, y allí se censuró severamente la aceptación por Largo Caballero, secretario general de UGT, del puesto de consejero de Estado que le ofreció Primo de Rivera. Al Café Regina, Alcalá cerca de Sol, acudía alguna vez otro Valle- lnclán, reposado y serio, muy afirmado en una cortesía que- contra lo figurado por la leyendarara vez le abandonaba. Era la tertulia de don Manuel Azaña, que visité una vez para pedir a mi paisano Gabriel Franco una recomendación para el catedrático de Economía don Antonio Flores de Lemus, de quien Gabriel (años después ministro de Hacienda con la República) era discípulo y amigo. Reunión de intelectuales, preocupados por lo que estaba pasando y por lo que podría pasar si un Dios cada día más remoto no lo evitaba. Docenas de tertulias no fáciles de clasificar. Y la conveniencia de una tipología resultará evidente a la hora de escribir una miniteoría de la tertulia y de su influencia en los avatares de la vida española. César Vallejo, en Negresco, atrajo a jóvenes escritores y a estudiantes, politizando a fondo lo que hasta entonces no pasaba de superficial: el caso de Leopoldo Panero, ya contado en otra página, no deja lugar a dudas. Para esa eventual tipología de la tertulia REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ACE unos meses p r e p a r é para la Cámara de C o m e r c i o de Madrid una conferencia sobre la tertulia española, institución de la mayor importancia en la vida del país. Vuelvo ahora sobre el tema impulsado por nuevas lecturas y distintos recuerdos. Mi convicción de que la vida social española se centró durante décadas en las tertulias se ha afirmado todavía más. Tertulias hubo y hay en todas partes: tertulias de café y de casino, de rebotica y de s a c r i s t í a en s a l o n c i l l o s y redacciones, en casas particulares. Nuestros grandes hombres y quienes aspiraban a serlo reunían alrededor suyo a correligionarios, amigos, admiradores y discípulos, intercambiando ideas, noticias y, muy a menudo, fórmulas para la salvación del país. Escritores como don Juan Valera, ya ciego, recibían en su domicilio a visitantes cotidianos y eventuales- Rubén Darío, por ejemplo- -o, según practicó Galdós, frecuentaban con no escaso provecho tertulias de café para observar el variado espectáculo ofrecido por los concurrentes, discretos o vacuos, acomodados o famélicos y a veces delirantes. Unamuno, en el salmantino Novelty y en el Casino de la ciudad, donde tan agriamente le trataron en ocasión funesta; vallelnclán, en el patinillo de la Granja el Henar; Ramón, en la Cripta de Pombo, ante el gran cuadro de Solana; don Jacinto en El gato negro, edificio del Teatro de la Comedia (Tirso Escudero, empresario experto en calicata de primeras o segundas actrices, entraba por el fondo y se acercaba al grupo) don Antonio Machado, a menudo con sus hermanos Manuel y José, se sentaba en el Café Várela, con Ricardo Baroja, el actor Ricardo Calvo y otros amigos; Cansinos Assens y su tertulia volante (así la llamó González Ruano) de los sábados por la noche; la matinal de Jardiel Poncela en el Café Europeo (glorieta de Bilbao) Si no prolongación de la Universidad (conforme insinuó Unamuno) no cabe negar la influencia formativa, en más de un aspecto, de estos círculos. En mis años de estudiante, coincidente con la dictadura del general Primo de Rivera, si el aleccionamiento versaba especialmente sobre temas políticos no excluía incursiones en materias, no menos polémicas, desde la renovación literaria en adelante. Caja de resonancias, propicia al chiste y al rasgo de ingenio, lo dicho en las tertulias no tardaba en propagarse y celebrarse por todo Madrid o sea por el Madrid que importaba. Juicios expeditivos, como los de valle- lnclán, marcaban a sus víctimas: los hermanos Quintero son dos barberos sentimentales y más adelante, con despectiva arbitrariedad: los hermanos Quintero son los ríñones (versión edulcorada) ¿Por qué, don Ramón? le preguntaba alguien. Pues porque son dos Una noche, distraído un momento el promotor de la conversación, callaron las voces en Pombo. Pronto repuesto de su fugaz ausencia, dirigiéndose a un extranjero recién llegado, declaró Ramón en tono solemne: Una de las cosas más importantes H TERTULIAS DE MADRID convendría tener en cuenta la condición de los concurrentes: tertulias de comerciantes, profesores, toreros, empleados, políticos, escritores, señoritos, estudiantes, milit a r e s Lo vimos y d i s p o n e m o s de información complementaria en libros de memorias, diarios íntimos o no tanto, papeles públicos y novelas. Leopoldo Alas mostró en su Vetusta la composición y mecanismo de dos tertulias provincianas de signo d i f e r e n t e y h a s t a c i e r t o p u n t o complementarias: el tertulín de los canónigos y las tenidas del Casino donde don Alvaro ejercía de presidente, político y gallo de probadas fortunas. En manos de escritor tan penetrante como Alas la tertulia era instrumento de revelación. La edad reunía, pero no separaba: si los jóvenes tendían a separarse de los maduros, numerosas fueron las excepciones y alguna tan notable como la tertulia del Lyon, frente a Correos, donde convivieron jóvenes poetas y poetas maduros en torno a don Manuel Machado, y su fiel si somnoliento acompañante don Antonio de Zayas; al modernismo y las vanguardias se unieron escritores más recientes. Tertulia muy literaria (décimas y sonetos colectivos se perpetraban cuando la ocasión los pedía) no rechazaba el relato de sucesos truculentos, como el crimen de Tudanca, largo tema de José Mana de Cossío. Hasta los años de la posguerra no asistían mujeres a las tertulias de café. Sí, naturalmente, a las caseras, que podían depender de ellas. Lejana la de doña Emilia Pardo Bazán, más cercana la del matrimonio Ballesteros (de la que surgió un boletín, el Correo erudito) y la de los marqueses de Alhucemas en que doña María Montero daba ejemplo de lúcido liberalismo. Mayor era el número de las tertulias abiertas, a las que uno podía incorporarse por propia iniciativa o mediante presentación de un habitual, que el de las cerradas o restringidas (como las de Rodríguez Moñino y don Eugenio d Ors) vedadas a intrusos ocasionales. Moñino recibía cortesmente al despistado pero ni éste ni el transgresor de la norma tardaba en averiguar que no tenía sitio en la reunión. Moñino hubiera sido el llamado a escribir la teoría de la tertulia. Tenía ideas muy claras respecto a su funcionamiento y composición; sabía bien que alguien- é l mismo- debe sacrificarse, llegando temprano al café y permaneciendo a pie de mesa el tiempo necesario. Poco a poco primero, aceleradamente después, la tertulia entró en crisis. La Bestia de múltiples cabezas, la Economía, fue apoderándose de la ciudad y violándola sin reparo. Bancos y negocios de alto rendimiento sustituyeron a los cafés. Los hemos visto desaparecer, llorados en pequeñas elegías tan nostálgicas como inoperantes. En un espacio reducido, limitándome al centro de Madrid, la nómina de víctimas es impresionante: Granja el Henar, Negresco, La Elipa, Molinero (Gran Vía y calle de las Torres) Acuarium, Calatravas, Kurtz, Fornos; Riesgo, Lyon d Or, Ivory (luego Marfil) Café del Norte, Lisboa, Puerto Rico, Universal... Ricardo GULLON