Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
34 ABC OPINIÓN Planetario DOMINGO 27- 9- 87 SECRETOS A VOCES UESTRO ministro de Asuntos Exteriores, 1 señor Fernández Ordóñez, y, poco an- i tes o poco después, uno de sus adláteres, mi también amigo, Máximo Cajal, celebran en Nueva York sendas reuniones secretas con el embajador norteamericano, señor Bartholomew, y a las pocas horas, si no antes, todo el mundo lo sabe. ¿Qué diantres de secreto es ése? Uno se siente como aquel gitano del cuento al que el cura, en el confesionario, preguntaba: ¿Sabes el Misterio de la Encarnación? Pues, no, señor cura. Pero, hombre, si lo sabe todo el mundo... Entonces, ¿qué coña de misterio es ése? ¿Qué coña de secretos tiene nuestra diplomacia? O, ¿es que hay otros, unos para que se sepan y otros para que no se sepan? Hay quienes dicen por ahí, que Felipe ya tiene convenido con Reagan el trajín de los aviones de Torrejón y que para quedar bien el norteamericano y el español se han inventado el forcejeo este del que es marioneta Cajal y cuyo último episodio acaba de ser esta reunión secreta de Nueva York entre el ministro español y el embajador norteamericano. Un secreto tan grande, que esa reunión jamás podría haberse celebrado en Madrid. Esto está lleno de espías. Y de murmuradores. Y, sobre todo, dicho aquí ese cuento oriental de que si no hay acuerdo para el 14 de noviembre vamos á tocarle las trompetas de J e r i c ó al C o n v e n i o h i s p a n o norteamericano, no iba a tener la resonancia que dicho en las orillas del Hudson, donde hay periódicos con tiradas mucho mayores. Decía Sommerset Maughan en no recuerdo cuál de sus novelas que cada hombre tiene un secreto que ni él mismo conoce. ¿Tendrán nuestros ministros algún secretazo gordo de ésos? Parece imposible. Vivimos en el reino de la tabulación, en el paraíso de la confabulación. Si Fernández Ordóñez o el mismo don Feli- pe tuvieran secretos de esos estarían perdidos. Victoria Prego, tan sutil, se los habría sacado ya, para vergüenza de él, al señor presidente en sus discretísimas conversaciones televisivas au coin du feu Aquí nadie calla, aquí nadie susurra. Aquí se vocifera. Ahí tenemos estos días a Nicolás Redondo vociferándole su secreto a Solchaga. Si no aumenta dos puntitos sobre el nivel del coste de vida a los obreros, lo del Cojo Manteca va a ser una broma al lado de lo que la UGT va a organizar en la calle. Todo se dice para que lo oiga el vecino. Incluso si hay algo realmente secreto, hemos alcanzado un nivel muy estimable en la técnica de la llamada filtración a la Prensa Es de suponer que los periodistas norteamericanos se habrán quedado de piedra al comunicarles, secretamente, que el señor ministro y el señor embajador se iban a reunir en secreto en el Hotel Un Plaza. Ni Tayllerand, ni Disraeli harían las cosa mejor. Desde anteayer, Nueva York tiembla. Ya espera, lleno de sus- to, la hora dramática en que el Convenio hisparjqi- nprtearnericano va a caer, hecho polvo, pc- r el Gobierno español. Lorenzo LÓPEZ SANCHO N Cosas que pasan EL GESTO C UANDO el presidente del Parlamento gallego dio a conocer el resultado de la votación de la triste y famosa moción de censura contra Fernández Albor, una bocanada de alcantarilla invadió el salón de Plenos. Los diputados aliancistas, quizá recordando pasados errores, infantiles ingenuidades y no reconocidas ineficacias, guardaron silencio. Los socialistas, ya sin careta alguna de vergüenza pública, actores protagonistas del robo legal, aplaudieron con mecánico entusiasmo. En su escaño, como una babosa peluda, el judas local Barreiro, más tranquilo por su inmediato futuro no investigable, respiraba el aire de cloaca con sorprendente complacencia. Todos compartían el fétido ambiente con distinto aplomo. Los socialistas, los coagas y el grupo estafador de Barreiro, ajenos al hedor antidemocrático del sucedido, parecían respirar sin el agobio de la mala conciencia. En ese instante, un hombre alto, distinguido, que no parece político, sino humanista, con una cordialidad no afectada, se levantó de su escaño y acudió a felicitar al joven González Laxe, nuevo presidente de Galicia. Después de la emoción, la tirantez y el insulto, ese hombre alto, Fernández Albor, aún tenía capacidad para estrechar la mano de un contrincante indigno. Y lo hacía con la sonrisa en los labios, con la generosidad que la experiencia otorga a quienes se saben sometidos a la rectitud. González Laxe, estrechando la mano de aquél caballero, sintió, aunque no lo recoriozcáríiünca, una acometida de bochorno y frustración. En su escaño, quieto y cabizbajo, Barreiro jugueteaba con sus manos grasicntas mientras abría a su imaginación ürt nuevo, si bien presumiblemente corto, horizonte de poder e influencias, tan positivo para el bien propio como el del tiempo pasado. Un bien propio, que él disfraza con la mentira del bienestar común para su tierra, cosa que siempre le ha importado un auténtico pito. Al abandonar Fernández Albor el salón de Plenos, la mayoría de los ciudadanos gallegos se sintieron asaltados. Aquel hombre alto, distinguido y correcto se llevaba, con su entereza sonriente, la realidad de un voto popular asquerosamente traicionado. Pero aún así, como los viejos señores, supo dar la mano y sonreír a quienes habían humillado, con su desfachatez y mal estilo, los principios democráticos de su pueblo. Los gestos no son producto de la espontaneidad. Los gestos generosos surjen de la cultura, la formación y el señorío. Los gestos se llevan anclados en las actitudes para hacerlos salir en las situaciones adversas. Mientras un caballero injustamente desposeído de su representación popular saludaba al beneficiario de la falacia, un gordo, bufo y sebáceo millonario gallego, pensando en sí y no en su tierra, dibujaba también su gesto. Vacío el salón de Plenos del Parlamento gallego, el aire fue transformándose Allí, suspendida en el recuerdo, quedaba la huella ejemplar de un gesto caballeroso, generoso y también, injusto. No es de justicia ofrecer nobleza a quien tan sólo corresponde reptando ambiciones, intereses y componendas. El gesto de Fernández Albor; la gesticulación azorada de González Laxe; la mueca vergonzosa del profesional estabulado. Esta última no me atrevo a describirla. Alfonso USStA