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ABC, pág. 36- TRIBUNA ABIERTA -VIERNES 25- 9- 87 CABALLOS IEMPRE me fascinó la nobleza de los caballos. Ligados al hombre desde tiempos ancestrales, humanizados en la mitología a través de los centauros, víctimas de guerras y conquistas, compañeros de esfuerzo en campos agostados por el cálido sol que incendia el rastrojo, pacientes, absurdamente engalanados en fiestas populares, justas medievales, víctimas de plazas de toros donde el torero compite en bravura con ei toro salvaje, ante la mirada estoica del caballo. Si los caballos hablaran, cuánto podrían contar acerca de los hombres. Con sus ojos grandes, sus pupilas dilatadas, que ven el mundo doble de su tamaño, y por tanto ven dos veces la malicia del domador, del cazador furtivo en las praderas donde solía pacer en libertad, o el asesino a bordo de helicóptero que lo elimina a puros disparos, simplemente porque sobra donde antes ni siquiera existía. Jonathan Swift hizo hablar cierta vez a los caballos, en sus Viajes de Gulliver. En uno de los viajes el protagonista llega a una tierra de caballos racionales, que no entienden corno tiene cascos de piel curtida, de quita y pon, en sus pezuñas; es decir, zapatos. Y tiene una chaqueta también de piel dura, pero que asimismo- se puede quitar, como si se cambiara engañosamente de piel. Y sobre todo no comprenden, cuando les habla de su mundo, como el hombre puede armarse contra sus semejantes, matarse en guerras fratricidas, sojuzgar a sus rivales. Demasiado noble, el caballo, para entenderlo. También George Orwell hizo hablar a los caballos en su Rebelión en la granja. El fuerte caballo de tiro se da cuenta de la realidad de su vida: apencar con la dureza de sus músculos mientras tenga fuerzas y después ser carne de degolladero, y aun aprovechar tal vez su piel, su pobre y reseca piel, para burdos objetos humanos. Y para darse cuenta de tan funesta realidad tiene que hacérselo ver un animal innoble, un cerdo de pocilga, bien alimentado. Si los caballos hablaran. Miren, en mi pueblo, Ciutadélla dé Menorca, se celebran por San Juan las fiestas populares, que giran en torno a costumbres nobiliarias, tradiciones medievales, una orgía de colores mediterráneos, fuego y agua del solsticio de verano, y el caballo. Los mozos se emborrachan, aunque sea de alegría, y suele decirse que los caballos tienen más conocimiento que los hombres, por eso no ocurren grandes accidentes. Más comedidos, más nobles, más inteligentes qué algunos hombres. Los caballos. Traigo todo esto a colación recordando una noticia: la peste equina que afecta a caballos, asnos y mulos. Una noticia fatal para la hípica española. Los caballos morían en tres o cuatro horas, y el Gobierno decidió vacunar a los sanos y sacrificar a los afectados. Sacrificar al sufrido, noble bruto. Creo que no hacen falta más palabras. MANIPULACIÓN CULTURAL CULPABLE, CHOPERA XAMEN de septiembre, la recta final. Por fin van a terminar mis desvelos y la tensión acumulada de todo un verano diciéndome: Tengo que ponerme a estudiar. Los que nos abigarramos en el aula de esta Universidad con pasillos de hospital y jardines de manicomio (según sentencia nietzschiana de Javier Esteban) no es que seamos unos sujetos completamente impresentables, pero sí presentamos un aspecto bastante desolador: un pitillo a medio consumir colgando de los labios, otro que ya no es sino brasas a punto de borrar tus huellas dactilares, dos bolsas de manzanilla pendiendo bajo tus ojos. El plasta de rigor que viene a saludarte cuando estás repasando... La culpa de que yo esté aquí ahora, pasando por estas trágicas circunstancias, no la tiene nadie más que Chopera (como siempre) Porque si la feria de San Isidro finalizase quince días antes de junio, un servidor, que otra cosa no será, pero aficionado a los toros desde luego que sí, no tendría que presentarse en septiembre a los exámenes en los que er junio brilló por su ausencia. Y, para colmo, en pleno examen, te aguijonean inevitablemente, impidiéndote toda concentración, las agujas de la lascivia. No, no es culpa de un profesorado especialmente sexy. De hecho, en la Autónoma no se sabe de ninguna pedagoga ninfómana que ejerza de profesora- para- todo, en plan Sybil Danning, y que, sobre la tarima, cruce y descruce las piernas hasta hacerte perder los nervios por la intuición de lo prohibido, ni que te reciba luego en su despacho con un iiguero negro por toda indumentaria. Las notas, por desgracia, no dependen de la velocidad que seas capaz de imprimir a las pulsaciones eróticas de una catedrática ligera de cascos. Lo que ocurre e que el recuerdo de Hawaii todavía no se ha evaporado de tú mente, la temperatura es aún relativamente alta, y las compañeras de examen acuden a la prueba de fuego ayunas de toda ropa que no sea Ja absolutamente imprescindible para no ser detenidas por escándalo público (y está el aliciente del bronceado) Esa que tengo delante, por ejemplo, la de la blusa por encima del ombligo; le basta, respirar para que sus senos casi escapen de su prisión. De espaidas es clavada a Kathleen Turner. ¡Debe de ser tremenda! Ahora vuelve la cara. ¡Oh, no! Vuélvete de nuevo, prefiero contemplar, tu espalda. ¿Cómo una mujer con esa grupa puede parecerse tanto en sus facciones a Fernando Savater? Una nueva decepción en mi vida. Sumido estoy en tan edificantes pensamientos, poseído de fervor místico, cuando la voz sepulcral del catedrático reclama mi atención: -Oiga, ¿usted es del grupo cuarto? -No. yo soy del grupo segundo. -Pues le comunico que su examen ha tenido lugar esta mañana a las diez. -Oh. vaya... ¡Eso! ¡Vaya! ¡Vaya saliendo de aquí, que vamos a empezar! Como todos los años. En la feria que viene, me abono al siete. S H UBO un ministro de Información y Turismo de la época de Franco, muy escarnecido sotto voce por haberse atrevido a presumir que los españoles se habían vuelto más devotos y se salvaban consecuentemente mucho más que antes. Basaba sus esperanzas escatológicas el ministro en el dato de que el número de difuntos habiendo recibido el Sacramento de la Extremaunción, había subido considerablemente durante los años de su gestión. Algo parecido ocurre hoy al ministro de Cultura: y no sólo al ministro de Cultura de España: a él y todos sus colegas de los países occidentales: disfrutan de un optimismo estadístico. Más representaciones teatrales subvencionadas que nunca, más muestras dé cine, mayor número de conciertos, promociones publicitarias de productos culturales... ¿Significa todo ello que la cultura española está en alza? Ni el apabullante número de conciertos ni ei apabullante número de visitantes en los museos me harán creer que cualitativamente la cultura musical y pictórica de los españoles ha subido muchos puntos. Pero no sólo es la cultura española, el ocaso en estas décadas finales de siglo es un fenómeno mundial, cuyos síntomas describen todos los intelectuales sensibles, desde Braudillard (cultura y simulacro) a Giorigio Strehler (fundador del Piccolo Teatro, de Milán, recientemente metido a senador) desde los ámbitos académicos europeos a los gremios editoriales españoles; la preocupación es unánime: la captación de los referentes culturales por la política y por los medios de masas produce una explosión espectacular, un boom de lo cultural, que no es, ni más ni menos, que una subculturá que se queda en la superficie frivola y consumista de las cosas. Cuando en la televisión se os habla dé cultura, es a vuestro voto o a vuestro bolsillo a quien se están dirigiendo dice el comentarista francés Jacques Julliard. Se está utilizando la cultura con fines políticos o encubriendo fines económicos. cuando Ja cultura es aquello que el hombre añade a la Naturaleza, en sí mismo y fuera de sí, por encima de las necesidades y de las utilidades. No existe cultura de masas; las masas opacan, neutralizan la cultura, que es asunto individual, que. no se puede transmitir, en un aluvión informativo, sino en. un acto de iniciación, con su ritual simbólico y su. método de intercambio. La transmisión. del saber, es la auténtica participación en los valores, culturales, y no se logra con discursos políticos, cortes de cintas inaugurales, o el didactismo artificial de la cultura- espectáculo; se logra sentando a los individuos a la mesa de tos grandes espíritus, para que su trato intimo, interiorizado, les permita comprender e- interpretar el mundo, y de paso, articular, organizar y unlversalizar su propia experiencia. A la cultura le sobran los políticos (nuestro ministro de Cultura conlleva tan bien las cargas de su departamento que aún le queda tiempo para hacer de portavoz del Gobierno) lo que la cultura necesita son institutos, monumentos e investigadores. Marta PORTAL E Pau FANER Joaquín ALBAICIN