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ABC, pág. 40- TRIBUNA ABIERTA -LUNES 21- 9- 87 EL CHICO YA NO ES UN PARADO EL TERROR A LA NADA SAMUEL CLEMENS, PERIODISTA P UEDE que usted se ría de lo que le voy a decir, pero también cabe que, como yo, se lo tome en serio. Es que, verá: de mis dos muchachos, el mayor, que ahora tiene veinte años, ya no es un parado. No, señor. ¿Qué si ha encontrado empleo? Bueno, un empleo para las nuevas estadísticas de ese departamento que tan formidablemente arregla las cosas para que aquí el paro casi desaparezca en cuatro envites. Es que mi hijo, mire, que se fue con otros chavales, llamados por no sé quién, a repartir propaganda de parcelas y chalés por los buzones. Tantas papeletas metidas en los buzones, tantas pelas. Muy pocas, por supuesto. Entonces, aunque sólo haga este trabajo dos o tres veces, seguro que ya será una persona empleada, activa, según esas famosas estadísticas que confeccionan ahora para que alguien ingenuamente se las crea. El chico, fíjese, de pronto se ha convertido en persona colocada. Yo me temía que ya pudiera serlo, puesto que durante el verano lavó el coche de un vecino y el tal vecino le dio doscientas pesetas, Luego lavó asimismo otro coche, el de un tío suyo, y por este segundo lavado recibió trescientas pelillas. Entonces, tal y cómo ahora se hace eso de las estadísticas, mi hijo a lo mejor ya no era un parado. Pero por si faltaba algo, ahí está ese formidable trabajo de repartir papelines en tecnicolor por los buzones ciudadanos. Alguien habrá sabido (alguien de la oficialidad, se entiende) que este verano lavó dos coches y que ahora, durante una semana- -mientras esperaba examen- ha repartido propaganda de una urbanización serrana por infinidad de portales. De modo que ya no tengo que lamentarme, porque este chaval, que estaba deseando trabajar en algo- como tantos otros- figure como parado. Un parado juvenil, de ios que no consiguen su primer empleo, de los que más abundan. Ahora ya no es un parado, quién lo iba a decir. Yo creo que a este paso nadie estará parado en España. La esposa que tuvo que dejar la fábrica, el comercio o. la oficina, con que le cob ¡e al marido la hora de fregar los cacharros, ya no será una parada. Y es lo que uno piensa hacer, cuando tengan unos duros para ese pago, pues hay que contribuir a hinchar la estadística nueva ¡a estadística de los optimisrrjps gubernamentales) y también- esto lo tengo muy pensado- al otro chico lo voy a salvar asimismo de la terrible lacra de ¡paro. Este, que ahora cumple la mayoría de edad y es un perezoso para tirar de la cadena del water, le diré: Oye, chaval, por cada vez que dejes correr ei agua por ahí, te pagaré cinco duros: así que luego sumas y me pasas la factura. Y como de esto alguien se enterará, mi segundo hijo, al igual que el primero, y asimismo corrió mi mujer, ya no será un parado. Todos- casi de milagro- habrán pasado a engrosar las cifras de los que, ¡oh, dicha! forman la población activa. Adelante, pues, con la estadística. Rodrigo RUBIO T RADICIONALMENTE combatido por las religiones hoy en crisis, soportamos- y muchos financian- a una legión de embaucadores, que haciendo funambulismo voluntarista por la paranormalia se nos presentan con la torpe etiqueta de magia y brujería. Ellos son hoy los encargados, por la estulticia de una sociedad en declive, de aventar el supremo y agnóstico terror a la nada posterior a la muerte. Pánico superior al del eterno castigo. De la mano de la más sofisticada tecnología han arribado estos mercaderes de esperancilla Provistos de clarividencias y visiones a hora fija, ritos, conjuros y hasta maldiciones, ponen en danza a difuntos y extraterrestres para alejar con su estancia entre nosotros ese pavor por la nada. Pretenden poseer el secreto de palabras, medianerías y ceremonias que, a través de la influencia de los muertos con los vivos conviventes, determinan nuestro cada vez, a medida que nos alejamos de Dios, incierto y temido futuro, aquí abajo y en el más allá. Retrógrada plaga, propiciada por el agnosticismo in crescendo y cada día más tonto, que dice controlar la fenomenología paranormal, ciertamente real y en tantas ocasiones contrastada, pero sólo al alcance de Dios en su muestra, ejecución y no digamos explicación. Dicho de otro modo: la fe en Dios torpemente sustituida por la creencia en todo tipo de sandeces, inductoras, además, de comportamientos y actitudes estúpidamente dependientes de mercantilizadas o alucinadas voluntades ajenas. Derraman fuerza, salud y pronósticos con el contacto de sus manos y la virtud de sus palabras o visiones Exorcizan o condenan el mal de ojo Incluso los más osados, y temidos por su primitivo origen, se atreven a modelar. de mil maneras imágenes de enemigos o rivales que hay que vencer o de los que protegerse, para, traspasándolos con instrumentos mágicos punzantes, conseguir que no puedan salvarse de la imbecilidad o salvar a los imbéciles de su diabólico influjo. Cada vez más masivamente son requeridos por enfermos- quizá la precaria asistencia sanitaria tenga que ver con ello- para ver si descubren qué enemigo o espíritu hubiera enviado el mal y, a través de su conocimiento evitar su venganza a manera de mágica curación. Hasta proyectos políticos y económicos de altos vuelos son sometidos al marchamo de estos encantadores Y todo para conjurar el temor a la nada o a Dios, manejando muertos a gogó La vida de los difuntos es tan miserable que salen de sus tumbas y desahogan su despecho con los vivos. Sólo ellos conocen los ritos para neutralizarlos. ¿Cómo es posible que hayamos llegado a esto? Pues no sé, pero hemos llegado y... ¡a cinco mil la sesión! Manuel MONZÓN E L talento de los políticos no suele ir más allá de saber ponerse el sombrero cuando llueve. Esta frase, naturalmente, no es mía ni, en consecuencia, aplicable a nuestros parlamentarios, cuyas dotes intelectuales pueden llegar incluso a saber ponerse el sombrero también cuando el sol cae sobre sus cabezas. La frase es de un americano, un tal Samuel L. Clemens, Mark Twain para sus lectores, un escritor divertido y entrañable, cuya obra aún hoy, a más de setenta años de su muerte, resulta de rabiosa actualidad. Como era de esperar, Clemens, antes que autor profesional de enorme éxito fue periodista sagaz y ameno y sólo adoptó el seudónimo de Mark Twain, cuando decidió dedicar su vida ai arte de la narración. El Clemens periodista es menos conocido que el Twain narrador, y por ello, cuando hace po- eos días llegó a mis manos sus Letters from Hawaii, primera obra que firmó con su universalmente famoso seudónimo, me apresuré a leerla con expectativa de gran divertimiento. Esta obra periodística de los años juveniles del gran escritor ha sido publicada por la Universidad de Honolulú, por vez primera en versión completa, desde que tales cartas aparecieron entre enero y junio de 1886, en distintos periódicos americanos. Llevaba yaClemens algunos años de ejercicio periodístico en busca de la noticia insólita, de la entrevista inusitada, del reportaje sensacional. Y estas Letters from Hawaii, su único trabajo periodístico reunido en libro nos hace echar en falta el resto de su actividad de escritor en diarios, una labor brillante, ingeniosa, premeditadamente llena de reservas hacia los poderes constituidos a los que sometía, con humor salvífico, a un proceso depurativo casi total. Todos hemos leído a Mark Twain, pero quizá sean pocos los que sepan de la existencia de Samuel Clemens periodista. Y es probable que ignoren en absoluto el papel histórico que desempeñaron, precisamente, estas. cartas desde Hawaii en el futuro del archipiélago conocido por aquel entonces como islas Sandwich y codiciado con insistencia por las dos grandes potencias colonizadoras de finales del XIX, Gran Bretaña y Francia. Fue este libro lo que abrió los ojos al pueblo americano y a su clase política- que, como siempre, en todas latitudes y tiempos no veía más allá de sus narices- acerca de las islas Sandwich y de la posibilidad de que el archipiélago pasase algún día a conformar el quincuagésimo Estado de la nación. En este caso, se cumplió una vez más esa frase netamente anglosajona y que en los Estados Unidos se ha convertido ya en popular y difundida pegatina: writers have the- last word (los escritores tienen la última palabra) Si todos los plumíferos tuviesen la palabra de un humor sano y reconfortante como Mark Twain la tuvo, merecería la pena patrocinar una candidatura de escritores para la próxima legislatura. Así el electorado dejaría de corear lances chabacanos de brocha gorda para sonreír con diálogos de alta comedia. Mejor es poco que nada. Jorge FERRER- VIDAL