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52 A 8 C ESPAÑA EN VACACIONES VIERNES H- 9- 87 Crónicas del verano Pan y vino andan camino La última etapa El camino de Alcaniz a Caspe discurre por un paisaje mediterráneo de olivares y pinos donde las manchas amarillas del trigo brillan como el oro bajo ei primer sol de la mañana. No hay coches en la carretera, pero sí vemos campesinos madrugadores que se mueven en torno de las grandes máquinas segadoras. El sendero se curva blandamente entre las colinas donde comienzan a insinuarse- gris sobre verde- pedregosas cordilleras en miniatura. Alcaniz y Caspe, parientes por Ja geografía, están íntimamente relacionadas también por la Historia. En el castillo- palacio que hemos dejado atrás catalanes y aragoneses acordaron la fórmula que regiría en la elección de nuevo soberano para el Reino aragonés. Por eso, el parador instalado allí se llama de la Concordia En Caspe, donde llegamos ahora, catalanes, aragoneses y valencianos darían la corona a Fernando el de Antequera, en un acuerdo que significaba el triunfo de la razón sobre las armas, del diálogo sobre la violencia. De Caspe a Fraga sigue la gran curva del embalse de Mequinenza, remontándose por la sierra de Los Rincones para mirarlo desde arriba, ancho, grande y azul, enriquecido el Ebro con las aguas del Cinca y el Segre, que se le suman por los dos costados del espolón de Granja del Escarpe. Aquellas cadenas pedregosas, insinuadas en tierras de Alcaniz, son ahora protagonistas en un paisaje duro y desprovisto de verdor. Almendros y olivos irán ganándole terreno a la piedra mientras los pinos hacen su tímida y vacilante aparición, abriendo brecha para la sonriente invasión de los frutales. Saltamos por el puente a la otra orilla. El soberbio castillo de Mequinenza domina el paisaje que es ahora llano y ameno por la presencia del agua. La senda que sube hasta el castillo es estrecha, empinada y difícil. Arriba nos espera una desilusión. La gran cancela de hierro nos cierra el paso. Se niegan a abrirnos hasta para que podamos dar la vuelta al coche, maniobra imposible en la estrechez del camino. Reculamos trabajosamente, agradeciendo tan hidalga hospitalidad. No hace falta decir que el castillo es de propiedad privada. Nos hubiera gustado mirar desde su altura el abierto panorama de la vega y el pacífico curso del río entre los huertos, ahora que una niebla casi imperceptible le pone al paisaje una pátina que borra sus aristas. Mala suerte. Otra vez será. La orilla en que Mequinenza se asoma al pantano es ancha, florida y arbolada, y deja una impresión de villa próspera y risueña. Huesca, cuyo límite traspasamos, despliega a los dos lados dei camino gigantescas plantaciones de melocotoneros con el encanto verde y amarillo de sus hojas. En Fraga, esta orgía se resume en los comercios que invaden las aceras de cestos y cajas donde sé ofrece Ja dulce y perfumada mercancía. Un tramo de carretera genera! hasta Lérida, cuyo cinturón es el reverso de- la medalla, poblado de grandes industrias, de fábricas inmensas, de camiones pesados Aquí las máquinas han vencido a los árboles. Pero los volveremos a encontrar camino de Artesa de Segre, por el borde dei Haro de Lérida- el Plá de Lleida -mientras miramos en la lejanía las góticas agujas de ia vieja Seo. Más allá de Vilanova de la Barca nos sale al paso otro castillo, rodeado de un bosque. El escarmiento de Mequinenza nos obliga a seguir sin intentar la visita. Debe ser fabuloso vivir en una fortaleza así, siempre que su interior esté pertrechado para enfrentar los rigores del invierno. Los árboles la aislan, la preservan del contacto exterior, cumpliendo el papel del foso medieval. Por las orillas del camino se ven viejas y grandes masías, pueblecitos apiñados en los cerros en torno de sus iglesias, un campo amable y civilizado, libre ya del acoso de la industria. Cubells y Foradada se cuelgan del monte desplegando sus caseríos ante los ojos del viajero. A Cubells lo preside una antigua iglesia; a Foradada, un enorme y venerable palacio. En Artesa parece que hubiera una concentración de camiones que entorpecen el paso por las estrechas y animadas calles. Al llegar a Pons buscamos el sendero que sube a la colegiata de San Pedro, un sendero intransitable que a lo largo de dos kilómetros cumplidos se enreda al monte y que hay que recorrer a la mínima velocidad y con todo el cuidado posible. La iglesia románica premia con su belleza el sacrificio. Tiene tres ábsides- trilobulado el central- y se ha reconstruido la bóveda con piedra plana. Tiene un gran encanto el viejo templo en la soledad del paisaje, un legado de hace nueve siglos entre bosquecillos de robles. Hasta Basella el Segre nos acompaña, casi siempre invisible entre los árboles frondosos. Un hermoso camino, a pesar de sus revueltas. Las huellas del incendio forestal nos duelen casi físicamente. En el desvío a Solsona encontramos maizales espléndidos y antiguas masías, rodeadas de cuadras, viviendas y almacenes hasta formar unas mínimas aldeas en las que nunca falta la capilla. Esta comarca del Solsonés resume la dulce Cataluña de la famosa canción, un campo fértil, amable, sosegado, donde el corazón se descansa. Entre Solsona y Cardona la carretera domina un ancho valle de altos pinos. Y aquí está el castillo de Cardona, transformado en moderno parador sin pérdida de su histórico carácter. Desde aquí señorearon la comarca los duques de Cardona y en el recinto esta la románica iglesia de San Vicente donde tuvieron sepultura y donde San Ramón Nonato fue recompensado antes de morir con la viva presencia de Cristo. Estos muros históricos, que vigilan la vega del Cardener acogen al cronista en la última etapa de su viaje. Ojalá los lectores hayan disfrutado al leerle tanto como él lo hizo por las sierras y los campos de España. Cayetano LUCA DE TENA SABROSA DESPEOIOA El comedor del castillo de Cardona conserva el carácter medieval de la fortaleza en los pétreos arcos y las robustas vigas, aunque los manjares que llegan a los manteles sean distintos de los que consumirían los antiguos duques en el siglo IX, cuando ya estaba en pie la fortaleza. Como hemos descansado dos noches aquí puedo ofrecerles una cierta variedad de fórmulas. Empecemos por un Caldo de olla de pagés verdaderamente sensacional. Está uno bastante aburrido de esas sopas y consomés que le ofrecen, hasta en lugares de categoría, para los que pareció haberse discurrido el epíteto deslavazado que quiere decir debilitado aguado falto de sustancia Este zumo de olla campesina nos hacía recordar aquellos caldos de otro tiempo en lejanas convalecencias infantiles. E! lenguado a la parrilla no tenía un defecto. Firme y jugoso a la vez rendía toda su importancia al pescado, uno de los mejores inventos del reino marino. No probé los chipirones, tratados igualmente a la parrilla y al ajo cabañil Me elogiaron su bondad y sólo me cabe transmitirla. De lo que puedo dar fe es de un excelente rabo de toro que es guiso que amo particularmente y que he consumido con deleite en Sevilla y en Córdoba, en Jerez y en Granada. Este de Cardona carecía del toque picantón propio de Andalucía, pero lo compensaba plenamente con la sabrosa y honrada hechura que suele encontrarse en la cocina catalana. Para concretar la diferencia podría decirse que era menos gracioso y más burgués. Lo que de ningún modo representa un defecto. Me asocié, sólo en parte, a un tournedos digno del viejo duque, servido con abundante y variada guarnición. Cuando a mí me gusta una carne ya pueden ustedes jurar que es extraordinaria. Consumí un trozo con innegable satisfacción. Nos quedan los postres. El pudding con salsa sabayón estaba buenístmo. Esta fórmula- cuya composición Ignor o- es otra de mis debilidades y casi prefiero desconocer su secreta intimidad y contentarme con preferirla cada vez que se me pone por delante. La mousse de chocolate cumplía perfectamente su misión. La despedida de Cardona y del largo viaje es el desayuno del último día, ya con el pie en el estribo del regreso. Y la verdad es que resulta una despedida principesca más que ducal. La espléndida bollería catalana brilla en las medias lunas, los suizos y las pequeñísimas y deliciosas ensaimadas. Hay plumcake pan con tomate, compotas, quesos, sandía, melón, cerezas, naranjas, ciruelas y melocotones. Y para que me vaya contento hacia Madrid hay churros calientes y riquísimos. Así, con el corazón tranquilo y el estómago en la pura delicia le digo adiós a Cardona. Y a ustedes C. L. T.