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ABC, póg. 58 h O pecará de reiterativa mi insistencia, como observador desprevenido, en señalar e) magno error político que España comete al emprender el camino sin retorno ae la negociación con la ETA. Ya se tiene noticia de que el Gobierno ha mantenido contactos con esta feroz banda de sediciosos en Argelia, muy al estilo de los contactos mantenidos en Panamá, México y España con los criminales del M- 19 colombiano. Sólo la miopía política y la derrota moral de un Estado de Derecho pueden alentar tales contactos en su propio suelo; tan sólo la claudicación de la soberanía nacional puede propiciarlos en suelo extranjero. Ya el drama del terrorismo y la guerrilla colombiana puede dividirse en tres actos, cuando en España sólo comienza el primero. Vale la pena referirme a ellos a ver si el estamento político de este país le ahorra la sangría a este pueblo que, por sus actuaciones futuras, podría desencadenar. En el primer acto del drama colombiano se intenta la toma del poder por la dialéctica de los fusiles, que asesinan campesinos, propietarios, policías y soldados de la patria. En este acto se declara la guerra a las instituciones del país, mientras crece la retórica de la izquierda proponiendo la liberación del pueblo, la instauración de la verdadera democracia, la eliminación de la élite burguesa. En sus innumerables escenas, todas de dolor, los caídos en combate, y fuera de él, en su mayoría son los mismos de siempre: el paisano común a quien se pretende redimir. Pero aún existía en el alma nacional una raigambre de legitimidad y una esperanza afincada en que los anhelos más caros podían conseguirse por las vías democráticas. Porque este pueblo desposeído intuía que sus nuevos dueños establecerían un dominio total sobre sus vidas y que más tarde o más temprano ellos formarían un régimen de privilegio mucho más cerrado, menos móvil, más oprobioso que ninguno conocido. Sabían que la liberación del pueblo, tal como ocurría en Cuba o Nicaragua, consistiría en alambradas de púas que cercarían la nueva y curiosa libertad: la libertad de no ser libres. Sabido TRIBUNA ABIERTA -JUEVES TO- 9- 87 N ESPAÑA Y COLOMBIA: VIDAS PARALELAS realidad, fueron muy pocas las voces que se levantaron contra los reos que, una vez venPor Pablo E. VICTORIA cidos en el acto de la guerra y en el acto de esto, el pueblo colombiano no da apoyo al tela paz, reclamaban el perdón de una demorrorismo y le propina al Partido Comunista la cracia que ellos no perdonaban. más estruendosa derrota en las urnas. En el El acto tercero del drama puede ser el más campo militar ocurría otro tanto. Cientos de largo y sangriento. Tal como había sido preguerrilleros eran procesados en consejos de visto, el terrorismo consolidó sus frentes y la guerra y la guerrilla parecía desarticulada y patria empezaba su larga agonía bajo la mivencida. Pero corrían los años rada indiferente de las fuerzas aciagos de 1,982, en tos que el políticas que habían querido ennuevo mesías de la paz, Belisaterrarla viva. Afortunadamente su rio Betancur, hacía su aparición sepulturero había dejado, tempoen escena para interpretar en ralmente, de cavar. En estas esBruto el segundo y descamado cenas de nuevo y profundo dolor acto en el que César caía en las continuado la guerrilla ha desplegradas del Capitolio, represengado un nuevmyjftgsmoralizador tando la agonía de la civilidad de ingenio: ejecutar, individualmenla República. te, a todo aquel que se oponga a El acto segundo fue más corto sus designios. Jueces, políticos, porque el derrumbe es siempre militares y periodistas han caído más veloz que la edificación. A frente a la metralla asesina. La la amnistía amplia y generosa, dialéctica del terror discriminado sin arrepentimientos ni promesas comienza a ser más efectiva que de enmienda, suceden las conel vandalismo aleatorio. Y la tácversaciones de paz y los contica ha dado resultados. Los juetactos en el extranjero. La gueces no condenan, los políticos Pablo E. Victoria rrilla, otrora diezmada y despresno denuncian, y los militares resPeriodista tigiada, sale, como Arafat, de las ponden sólo donde son atacaruinas del Beirut colombiano con dos. El país carece de voluntad la insolencia del vencedor. Y lo política. era, porque- el Estado también claudicaba en En España las consecuencias pueden ser la calificación de los delitos atroces, porque similares. Pero saltándose las escenas de la según las cajas de resonancia del nefando amnistía del segundo acto colombiano, y cuatrienio, estos delitos no habían sido defi- adoptando los contactos como modelo nidos por ninguna legislación del mundo para desarrollar la paz. Sólo que por estos Era como anunciar que puesto que el olor de medios tampoco llegará. Y mientras la ETA la guayaba no había sido definido apropiada- bien puede escoger el refinamiento de sus mente por los libros de cocina, esa fruta no blancos, el Gobierno también deberá hacerlo era una guayaba ni podía saberse con certe- tomando la única vía posible: la guarda de za que lo fuera. los derechos fundamentales de los españoles Nunca creí en este proceso de paz. Desde a la paz interna, salvaguardados por un Estala Prensa lo denunciaba con vehemencia y do de Derecho sin menoscabo, y la guarda advertía sus peligros, hoy plenamente confir- de su ámbito soberano, que implica que Esmados. Tal vez fui el primero en hacerlo, por- paña no dialogue con sus subditos sobre la que entonces, como noy, sigo convencido de paz por fuera de sus fronteras. Y, ya dentro que con estos episodios la guerrilla busca for- de ellas, que el único diálogo posible sea talecerse y consolidar posiciones débiles. En cuándo y dónde se depondrán las armas. Ortega, Marías y Bousoño, ninguna de las generaciones se libra de ser objetada. A JIMÉNEZ MARTOS la del 36, ceñida a una fecha crucial como pocas, le tocó alguna que otra negativa a que la aceptaran canónicamente. Tiene gracia la cosa. Las afinidades entre no pocos de sus componentes son mayores que las habidas en las generaciones precedentes y subsiguientes. Ahora, Bousoño propone que Panero, Rosales y Hernández pasen a la escala de los años cuarenta. Orfandad remediada, ¿no? Pueden tomar nota los aficionados a estos recursos. Los del cincuenta han posado en unas fotos magníficas; tos del sesenta se disponen a no quedarse atrás. Son poscontemporáneos; pero toman sus precauciones. Le recordé a mi amigo la frase de Ramón Gómez de la Serna: Es difícil determinar cuándo acaba una generación y comienza otra. Diríamos más o menos a las nueve de la noche Se marchó tan contento. L poeta aún joven estaba a punto de llorar. Como no era citado en ninguna de las generaciones que se airean, ef pobre sentíase huérfano de padre y madre. Me explicó: La cosa es que estuve a punto de que me apuntaran, pero, a última hora, ya ves. O sea, solo en la vida, por libre, condenado a la marginación, a expensas de que algún crítico quisiera echarle una pluma recuperatoria a propósito de su efemérides de muerto (nunca se sabe) o cuando aún estuviese en este mundo. La víctima no gustaba del humor negro, así que procuré consolarle diciéndole que, según Carlos Bousoño, a raíz de lo poscontemporáneo no hay lugar para esas breves listas que cunden y que a Pemán le recordaban las cerezas: tras el primer nombre van desprendiéndose los otros. Este argumento de que el sistema generacional- literario perdió vigencia, hizo bien al de las cuitas. Ya con otro ánimo, nos E 1 GENERACIONES LITERARIAS Por Luis entretuvimos en repasar la historia de esas hornadas que son fichas inalterables. ¿Los del 98? Fue una ocurrencia de Azorín al hilo de la de don Antonio Maura. Pío Baraja le puso este epitafio: En la Generación del 98, lo mismo que en El hombre que fue jueves, de Chesterton, resulta que los anarquistas eran de la Policía Ni siquiera el grupo de los tres (Azorín, Baroja y Maeztu) pudieron resistir. Pues ¿y los del 27? Es verdad que apostaron juntos por Góngora y que se divirtieron a fondo en Sevilla; pero si no llegan a retratarse repetidamente, y Gerardo Diego no urde una modélica antología, ya hubiéramos visto, porque entre ellos se pueden contar varias estirpes. Sin recopilación y sin fotos conjuntas, lo más lógico es que el invento se frustre. Si se aplican las reglas de Pedersen,