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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 10 SEPTIEMBRE 1987 ABC REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA L exceso de celebridad, la pompa, el gigantismo, tienen su castigo. Es la aplicación de una justicia compensatoria y postuma. Si un poeta se convierte en estatua, el espíritu deja de soplar en sus cercanías. Los jóvenes, grandes censores, implacables barómetros, miran para otro lado. Dan así un veredicto inapelable, equivalente a una lápida. No pienso, por ahora, en nuestra modesta República de las Letras, aun cuando el caso permitiría sacar interesantes conclusiones locales. Pienso en el viejo Victor Hugo, que fue el gran viejo francés del siglo XIX, el padre Hugo, el maestro. Con sus estatuas innumerables, sus casas museos, sus nombres de plazas y de calles, Hugo terminó sepultado por el monumento de su fama. El primero en insultarlo, todavía en vida, fue el joven Jean Arthur Rimbaud. Se dice que formó cola junto al pueblo de París para ver al personaje, que se exhibía en ciertas ocasiones en su escritorio particular, sentado en un sillón. Cuando la cola llegó hasta ei anciano, Rimbaud habría pronunciado la palabra del general Cambronne al conocer su derrota en Waterloo, es decir, la palabra Merde que después obtuvo la siguiente traducción libre: La guardia muere, pero no se rinde. E LA VITALIDAD DE UN DIFUNTO Un historiador actual de la literatura francesa, creo que Pierre de Boisdeffre, escribía que Hugo es ei más muerto de los escritores muertos, y una editora de Barcelona, Beatriz de Moura, me dice por carta: En nuestros países, Victor Hugo es un nombre de ¡as enciclopedias literarias, pero nadie, o cuatro gatos, ha leído su poesía, y menos aun sus ensayos. Nadie, o casi nadie, siente especial interés por ese oersonaje... Sin embargo, André bresco, precursor directo de la nueva n o v e l a ha sido un modelo Gide, el hombre de letras por ex- decisivo durante ya muchas décacelencia, dijo que el primer poeta das, pero sospecho que Hugo, de Francia era Victor Hugo, he- que salía de sus libros para enrelas! que es como decir: lo sien- darse en todos los enredos imagito, pero el poeta más grande, a nables, antípoda de Flaubert, pesar de todo, es el pesado de vuelve. Hay que leer la descripHugo. Se equivocó Gide sobre ción de sus desplazamientos por Proust en una primera instancia, París durante la Revolución de de modo garrafal, y quizá sobre 1848, de su visita a las fullerías, de su encuentro con Lamartine, o Victor Hugo no se equivocaba. sus notas sobre los primeros días Yo antes pen saba como Rim- del exilio de Luis Felipe en Lonbaud, como Boisdeffre, como dres, donde el Rey destronado Beatriz, como muchos otros, estaba tan pobre que él y toda su como casi todo el mundo, pero familia tenían que comer con ahora he empezado a incorporar- agua O las páginas sobre su me al casi nadie y a los cuatro regreso de Guernesey y del desgatos. He descubierto a un Hugo tierro, en 1870. O sus fantásticos medievalista, carnavalesco y po- retratos de actores y actrices, los pular en el sentido rabelesiano insólitos episodios detrás de un del término (el Rabelais interpre- escenario de teatro, en una petado por Mijail Bajtine, pero que queña sala verde fue reivindicado en su ensayo Vargas Llosa me cuenta que ha magistral a mediados del siglo XIX precisamente por Victor pasado largas horas en la biblioHugo) a un Hugo arqueológico y teca del Museo Británico examiarquitectural, en Notre Dame de nando los cuadernos íntimos del París, y a un poeta mágico, mu- viejo Hugo. Es un segundo diario, cho más poeta en la prosa que paralelo, especial, donde el poeta en la poesía, en Los trabajadores anotaba su vida secreta en detadel mar. Me he encontrado con el lle, utilizando claves, símbolos, dimamotreto, el mamotreto monu- bujos para indicar las escenas mental, de los diarios, Choses más delicadas: un pequeño espivués, uno de los conjuntos auto- ral, por ejemplo, para dejar consbiográficos más notables de todo tancia de que había tenido un orel siglo pasado, tan notable, para gasmo. Los voraces investigadomi gusto, como la corresponden- res lo han desentrañado todo, cia de Flaubert. Flaubert, el escri- han dejado al gran hombre, al par tor de gabinete, el novelista li- de Francia, en pantuflas. Y me parece que así, en pantuflas, gana bastante. Debajo de su pesada lápida, empiezan a percibirse movimientos, indicios de una inminente resurrección. Sus excesos histriónicos lo habían condenado a cien años de soledad postuma, pero el autor de Los miseEDICION INTERNACIONAL rables, libro que ahora triunfa en Broadway convertido en comedia Un medio publicitario único musical, ya tiene ampliamente para transmisión de mensaje? cumplida su condena. comerciales a ciento sesenta naciones Jorge EDWARDS