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14 ABC OPINIÓN MIÉRCOLES 2- 9- 87 Panorama Cíue ADEMÁN ViA- JAR A S Í AUSENCIA DE PADRES M IENTRAS la opinión pública mundial se vuelca ilusionadamente sobre la niña encontrada viva entre los restos del avión siniestrado en Detroit, aquí, en España, otra noticia del capítulo de sucesos nos sobrecoge de espanto: Jénifer, una niña de dos meses, ha fallecido en él barrio chino de Barcelona a consecuencia de un golpe en la cabeza. ¿Agresión directa u omisión de dudados? Da igual, presumiblemente, la niña falleció por el mal trato recibido. Anualmente fallecen en España doscientas criaturas víctimas de malos tratos, y más de mil son atendidas en clínicas y hospitales de golpes, heridas, quemaduras, desnutrición, lesiones por rascado, etcétera, consecuencia del abandono y mal trato de los padres. Si éstos son los casos registrados, ¡cuántos menos espectaculares, menos llamativos, quedarán tapados, fuera de las estadísticas! ¡cuántos sofocados entre la complicidad y la impotencia de los protagonistas! Muchos llantos indefensos se acallan con pellizcos, con pinchazos o con quemaduras de cigarrillo, muchas fiebres se curan a la intemperie, muchos- miedos acaban en pesadilla, reprimidos tras una puerta cerrada con llave, en abandono y soledad totales. Lo peor del caso es que los verdugos generalmente no se creen tales; piensan tener todos los derechos sobre el hijo, hasta el derecho sobre su vida, y creen que el castigo corporal y físico es el que educa. Otros, no están preparados para ser padres, o lo son antes de tiempo o contra su voluntad. Todos deberíamos saber que no se es padre por engendrar un hijo, que se llega a serlo, con paciencia, con desvelo, con ternura, con conocimiento, preparándose para serlo, y sobre todo, estando allí cuando la mirada o la mano del niño piden un soporte seguro. Cada vez son más las opiniones de psicólogos, pedagogos y médicos, coincidentes en considerar nefasta la costumbre en nuestra sociedad de la impresencia del padre. Se lo aleja durante- el parto, ve al recién nacido unos instantes cada día. El niño crece y evoluciona acostumbrándose a la ausencia del padre. Más recientemente, las incubadoras y los nidos separan al bebé de la madre, que muy pronto se verá apartada de su hijo al incorporarse a sus funciones laborales. Esta cultura de ausencia de padres no sabemos qué hijos nos deparará, por el abandono afectivo y psicológico que conlleva, aunque es de esperar que los padres con responsabilidades fuera del hogar sepan educar al hijo en las normas y los límites del engranaje social, y sepan, igualmente, intensificar la afectividad cuando están presentes. Lo preocupante en verdad es el maltrato físico que sufren tantos niños indefensos en nuestro entorno. En la mayoría de los casos se trata de parejas que viven én penuria económica y estrechez de alojamiento, demasiado jóvenes o demasiado inexpertos ambos, y que al surgir un problema de paro, de celos, de alcoholismo, de drogadicción, sube la tensión en esa estrechez física y moral. La tensión se evacúa en agresión al más débil, al más indefenso: M a r t a p 0 RTAL M ANTE UN MENDIGO lo cruel que es el hombre cuando indaga en el pasado, el futuro y los bolsillos de sus semejantes. Se ha convertido en ciencia la necesidad y en estadística el hambre, a partir de lo cual hay quien se ha lavado las manos: utilizando el símil de la medicina, diríase que se ha hecho el diagnóstico sin que, después, el cirujano se hiciese cargo de la imprescindible intervención. Rabindranath Tagore (poeta a quien uno lleva, contra viento y marea, en el corazón, y que parece encontrarse muy a gusto, por sorprendente que parezca, al lado de Miguel Hernández y de Pablo Neruda y. de César Vallejo) nos contó la historia del mendigo que daba al poderoso granos de trigo de su alforja y que, ya en su casa y haciendo el recuento de su pequeño e itinerante patrimonio, se encontró con que cada espiga que había entregado, entre la confusión que le producía que la demanda procediese de un acaudalado, se había convertido en un cereal de oro. Salvo algún caso excepcional, lejos está nuestra sociedad de imaginarse que en su actitud ante la mano tendida de los mendigos entre en juego una recompensa en un incomprensible metal precioso y futuro. La sensibilidad de nuestro tiempo discurre por el cauce de la justicia social, o de lo que se interprete que ésta sea én cada circunstancia, y la mano que se tiende desde las aceras, además de pedir ayuda, nos deja leer sus misteriosas líneas: paro, enfermedad, humillación y, como raya dominante sobre la piel, la desesperanza. Encuentro a un mendigo en el camino cotidiano y, al mirarle los ojos, he olvidado todas las teorías sobre la pobreza y la marginación en la sociedad industrial. Apenas he acertado a distinguir, entre sus harapos; una mano vacía. Solamente deseo que ningún encuestador le pregunte cuánto recauda cada día o en qué invierte sus tristes monedas. Faustino F. ALVAREZ UCHAS veces nos hemos preguntado qué hacer ante la mano de un mendigo que pide limosna. Hay diferentes opiniones sobre el comportamiento más correcto en ese caso, desde quienes desoyen la súplica argumentado que, de escucharla, contribuirían a perpetuar el estado de necesidad con su moneda, hasta quienes, dejándose conducir por su tendencia a la compasión, depositan su limosna con la esperanza de resolver aquel caso concreto. Entre estas dos actitudes hay otras muchas, bajo el signo de la selección de las apariencias, y hasta se ha llegado a establecer un código de uso cotidiano: un inválido es más digno de lástima que una persona en buenas condiciones físicas, las necesidades del anciano suelen ser más urgentes que las del joven, la mujer que lleva a un niño entre sus brazos nos conmueve doblemente (aunque alguien sospeche que el pequeño haya sido alquilado como atrezzo etcétera. Tan pobladas están las esquinas de las calles de desvalidos pidiendo limosna que de esta amargura se han realizado importantes estudios sociológicos y asistenciales; en algunos casos, demuestran CA. UIIA DE A R LE LA BAR CÚPULA -RESTAURANTE Finalizadas las vacaciones ABRIMOS HOY DÍA 2 Reserve su mesa al teléfono 254 84 74 75