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LUNES 31- 8- 87- ESPECTACULOS UBC, pág. 61 El corazón del duro Lee Marvin no aguantó el último combate con la vida El aetor que hizo de la violencia un arte, murió en un hospital de Tucson Tucson (Arizona) Afp, Dpa, Efe, Reuter El actor estadounidense Lee Marvin, uno de los más conocidos duros de Hollywood de las tres últimas décadas, falleció el pasado sábado de un ataque al corazón en un hospital de Tucson (Arizona) donde había sido ingresado el pasado día 13 del presente mes por complicaciones surgidas a raíz de un proceso gripal. El actor, nacido en Nueva York el 19 de febrero de 1924, fue operado el pasado mes de diciembre de una afección en el colon. Fuentes hospitalarias indicaron que Pamela Feeley, tercera esposa de Marvin, se encontraba junto al lecho en el momento del fallecimiento. Lee Marvin se especializó en papeles de violento que le llevaron a ser uno de los actores norteamericanos más cotizados en la década de los 60, lo que fue reconocido por la Academia de Holtywood al concederle un Osear en 1966 al mejor actor secundario por su papel de pistolero a sueldo y borracho en Cat Ballou La ingenua explosiva Comenzó su carrera como actor trabajando durante los veranos en representaciones teatrales por todos los Estados Unidos. En 1943, en plena guerra mundial, participó en la campaña del Pacífico como infante de Marina, pero regresó pronto a su país al resultar herido en combate. Durante su convalecencia, que duró trece meses, conoció a un productor de Broadwáy y consiguió debutar como actor profesional en Billy Budd A partir de 1950 se abrió paso en el cine interpretando generalmente papeles de violento, asesino, gángster y pistolero del Oeste, que le dieron a conocer mundialmente por su fisonomía dura y glacial, acentuada por su prematuro pelo blanco. Consiguió trabajar con algunos de los mejores directores de Hollywood de las últimas tres décadas como Henry Hathaway, John Boorman, Robert Aldrich, Stanley Kramer, Fritz Lang, Samuel Fuller, John Ford, Michael Curtiz y John Lang. Intervino también en numerosos telefilmes. Entre su filmografía se encuentran películas como Los sobornados (1953) El motín del Caine (1954) Los comancheros (1961) El hombre que mató a Liberty Valance (1962) La taberna del irlandés (1963) y Código del hampa (1964) A partir de 1965, cuando rodó Cat Ballou y obtuvo al año siguiente el Osear, Marvin hizo quizá sus mejores interpretaciones en la pantalla: El barco de los locos (1965) Los profesionales (1966) Doce del patíbulo y Quemarropa (ambas de 1967) Infierno en el Pacífico (1968) y La leyenda de la ciudad sin nombre (1969) En la década de 1970 interpretó, muchos menos filmes y fue menos requerido por los directores norteamericanos, aunque destacó su labor cinematográfica en Monte Walsh (1970) Los indeseables (1972) El emperador del Norte (1973) terminando prácticamente su carrera en 1980 con Uno rojo, división de choque Lee Marvin no era tan joven, no era tan feo, no era tan malo, nunca sabremos si era tan buen Lee Marvin actor como se dice. Su vida se ajustó exactamente a las condiciones que nuestro mundo, ese barrio al que llamamos occidental, exige a los seres humanos para estar en el centro de atracción. Hijo de un experto en publicidad y de una periodista de modas, Marvin era aficionado a los deportes y a otras cosas y admirador de Humphrey Bogart. Enamoradizo y divorciado recalcitrante como todo el mundo, Lee Marvin daba la imagen de un hombre listo, un poco borracho, defensor de causas perdidas, con cierto misterio tentador de bohemio con moto, algo ecologista y sin duda valiente, aunque irónico. Y esta personalidad se podia traslucir a través de los personajes que interpretó; Un malo inmejorable Desde que, en 1951, cuando contaba veintisiete años, debutara en el cine a las órdenes de Henry Hathaway en la película, inédita entre nosotros, You re in the Navy now Lee Marvin ha sido, mayoritariamente, primero en su condición de segundo de primera y luego de auténtica superstar un villano si se quiere, de lujo Y prácticamente hasta el final de su carrera que se divide por gala en- dos a raíz de obtener, en 1965, el Osear al mejor actor por su trabajo en Cat Ballou lo que, unido a su triunfo en la serie de televisión M Squad le hace dar el salto desde los papeles de composición a los protagónicos, salto, cuando menos, difícil, por no decir que arriesgado. Porque no es fácil que el público admita como primerísima figura a quien está acostumbrado a ver- aunque ignore su nombre- en cometidos secundarios, para mayor abundamiento, antipáticos, por no decir odiosos. Marvin lo logró, aparentemente, sin esfuerzo. Claro es que hasta logró colocar la canción Yo nací bajo una estrella errante que entonaba- o mejor valdría decir susurraba- en La leyenda de la ciudad sin nombre en los primeros puestos del hit parade De la primera etapa de Marvin, posiblemente, si hubiera que destacar un título, éste sería Los sobornados el espléndido melodrama policiaco de Fritz Lang, con Glenn Ford como protagonista, en el que Marvin arrojaba una cafetera llena de hirviente líquido sobre el rostro de la estimulante Gloria Grahame. Aunque antes hubiera llamado la atención como uno de los secuaces de Brando en ¡Salvaje! y, después, lo hiciera como uno de los despiadados oponentes a Spencer Tracy en Conspiración de silencio sin olvidar que, ya en la década de los sesenta- los tres filmes citados pertenecen a la anterior- fue el hombre al que disparaba James Stewart y mataba John Wayne en Él nombre que mató a Liberty Valance del gran John Ford, con el que volvería a trabajar en La taberna del irlandés A partir de Cat Ballou no todo iría, no obstante, sobre ruedas. Porque no resultaba tan fácil encontrar acomodo, a la cabecera de los repartos, para un hombre que había sobrepasado la cuarentena y parecía tener diez años más, de físico marcado, calvicie más que incipiente pese a la abundada del cabello, mirada de acero y rictus amenazador. Pese a todo, el milagro se produjo, y Marvin logró convertirse en el asesino profesional que, precisamente por la meticulosidad con que hace su trabajo se gana las simpatías, ya que no del bueno de la película- e n el supuesto de que lo hubiera en las que protagonizaba- sí del espectador. Son los años de, justamente, Los profesionales Doce del patíbulo y, previamente, Código del hampa la personalísima versión que Don Siegel hace de Los asesinos de Hemingway, donde el actor dibuja los rasgos del que ha de ser su personaje definitivo. Luego vendrá el singular paréntesis de la ya citada La leyenda de la ciudad sin nombre la vuelta a las raíces de la sofisticada A quemarropa y, todo hay que decirlo, algún título en el que abusa del histrioriismo, como Monty Walsh para llegar al límite de sus posibilidades expresivas en este filme maldito que es El gran uno rojo de Sam Fuller, su última verdadera gran interpretación, acaso la mejor de su etapa estelar. Aunque, con todo, y a la hora del balance, uno se quede con el Marvin de la primera etapa, con el que conseguía robar protagonismo a los actores que encabezaban los repartos en que él aparecía en cuarto o sexto lugar, aunque éstos fueran los que en cada momento se hallaran a la cabeza de las listas de popularidad. Con toda seguridad, en un mañana inmediato, por no decir que ya hoy, se le recordará como el malo inmejorable que fue a lo largo de un cuarto de siglo, lo que no deja de ser una extraña manera de triunfar. César SANTOS FONTENLA