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60 A B C LA FIESTA NACIONAL LUNES 31- 8- 87 La faena del centenario Greo que es oportuno que escriba estas líneas cuando se cumplen los cincuenta años de la presentación de Pepe Luis Vázquez en la Maestranza, y lo encuentro lógico porque yo- casi es inútil que lo diga- soy pepeluisista hasta la médula... hasta en mis tarjetas de visita que lo pregonan. Y dándole vueltas a la cabeza para encontrar una faceta del maestro a lo largo de su gloriosa carrera, me viene a la mente la faena que realizó en la Maestranza a un toro de Villamarta, en la feria del centenario, en abril de 1948. En aquel entonces se daban menos espectáculos taurinos, y ese año, con carácter especial se celebraron siete corridas y una novillada. Los carteles lo componían las figuras más señeras de aquella época: Antonio Bienvenida, Luis Miguel y Pepe Dominguín, el Andaluz, el Choni, Parrita... Y como cabeza de cartel de aquel grupo de formidables toreros, con cinco corridas, Pepe Luis Vázquez, el maestro de San Bernardo. Y fue el 25 de abril el último festo en el que actuaron Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida y Luis Miguel Dominguín, cada uno con dos toros de las ganaderías que se habían lidiado en la feria. Pepe Luis no llevaba bien esa feria. Salvo algún destello con el capote, algún muletazo de su clase apenas se había dejado ver en sus cuatro corridas anteriores. Por eso, al abrir marcha en el paseíllo, escucharía un estruendo muy fuerte de pitos. En su primero, que era de don Eduardo Miura, cárdeno y listón, cuya faena inició- cosa muy poco común en é l- con las rodillas en tierra, consiguió, sin lograr un triunfo definitivo, que los pitos se tornaran en palmas esperanzadoras, ante lo que pudiera hacer en el cuarto toro, que era del marqués de Villamarta. Entonces, cuando llegó ese momento, Pepe Luis, de rojo y oro, sin dejar que le tocaran los peones, recibió al animal con el capote, y aquello... ¡Dios mío! Qué fue aquello. Pues aquello fue algo que tengo en mi memoria como uno de los momentos más intensos de mi vida de aficionado a los toros. Fueron una serie de lances, primero de pies juntos y después con el compás abierto, que provocaron alaridos e hicieron algo que no recuerdo en ningún otro torero. Todos los sombreros que llevaban los espectadoes- -entonces era una prenda habitual- fueron a parar al ruedo como homenaje frenético a aquel torero con el capote. Cuando llegó la hora de la suerte de varas, los peones y los monosabios tuvieron que retirarlo del ruedo para que pudieran pasar los caballos. Y luego... luego vino el quite: chicuelinas, verónicas y reboleras en un mismo diapasón, que convirtieron la plaza en un manicomio... ¡Qué bonito es todo esto! ¡Qué bonito es conservar en sublime retroceso evocador todo ese espectáculo! Después de picado y banderilleado el bravo astado, con un silencio de hontanar sin tiempo inició Pepe Luis la faena de muleta. Unos pases de tanteo y ya está la muleta en la izquierda del maestro, maestro de veintiséis años, muleta presentada totalmente plana y cogida por centro del palillo, el estoque en la mano derecha. El toro negro, y de gran tra- En todo lo alto UN RECUERDO A YIYO Llegué a Madrid desde Almería con la ¡dea de hacer el festejo de las Ventas. El viaje a Colmenar Viejo se le paso a mi compañero Luis García, pero mira por dónde la empresa de las Ventas se ha dado prisa, mucha prisa, en suspender la corrida, al parecer por culpa del agua, o sea, que llovió en Madrid y en Colmenar no... Celebro mi reenc u e n t r o con mi mesa de- redacción con un espacio en blanco que me permite recordar a ese Yiyo gran torero que fue José Cubero Yiyo Se cumple el aniversario de su muerte, casi pegado a los cuarenta años de la cornada mortal que sufrió también Manuel Rodríguez Manolete Dos fechas que van casi juntas, con espacio de treinta y ocho años. Manolete estaba consagrado, con la vista puesta en la retirada. Yiyo empezaba una formidable escalada. Se nos malogró cuando ya las empresas empezaban a contar con él, porque el joven diestro, dotado de innatas condiciones para el ejercicio de tan difícil profesión, amenazaba muy seriamente con encaramarse al puesto cimero, porque Yiyo tenía afición, una enorme ilusión que hacía que le viéramos progresar por momentos, dispuesto con sana ambición a mandar en el toreo de su tiempo. La vida sigue. Los relojes marcan las horas implacablemente. Colmenar celebra estos días sus fiestas. Conmueve pensar que este chico se dejó la vida de una manera absurda, sin otra explicación taurina que la del destino, que nos tiene reservadoa a todos nuestro día y nuestra hora. Estremece pensar todo lo que tuvo que pasar para que Yiyo toreara esa tarde en Colmenar. Ni siquiera estaba anunciado. Por si fuera poca desgracia, lo mató un toro al que el diestro madrileño había derrotado previamente, después de haberlo toreado extraordinariamente bien. Y tuvo que entrar el pitón por donde no entra nunca o casi nunca, y alcanzar el corazón, partiéndolo en dos, como si de una cuchilla de afeitar se tratara. Le había llegado su hora, su mala hora, de una forma estúpida, cruel, privándole a la fiesta de un torero que, por derecho propio, ya tenía vitola de figura y ún porvenir que sólo Dios sabe por qué se truncó. Madrid le recuerda con cariño; la afición, con consternación, y su familia, con ese dolor que el tiempo no puede mitigar. Fue un buen hijo y un estupendo torero. Sus hermanos se ajetrean por los ruedos: uno; en la lucha por abrirse camino; otro, de excelente subalterno. A su madre no se le han acabado las lágrimas, ni las preocupaciones. Forma parte de esa hermosa cofradía de eternas dolorosas que son las madres de los toreros, de todos los toreros. Vicente ZABALA pío, sé fue tras aquel trapo rojo y surgieron... Surgieron los naturales más bellos y profundos que pueden concebirse, naturales auténticos; cargando la suerte y abierta la muleta en abanico. Y como remate de esa serie vendría un pase de pecho, tan largo, tan hermoso, tan torero, que el ole tuvo tai duración tan grande como la del pase. Y luego, otra tanda de naturales tan perfectos como los anteriores, y otro pase de pecho qué de verdad yo creí que no se acababa nunca. Aquello no eran ovaciones; eran como si cada uno de los espectadores estuviésemos participando en aquel prodigio con la voz y con el gesto. Puestos de pié, desde el principio, se enmarcaba uno de los cuadros más bellos que he visto. Más tarde vinieron los pases en redondo a pies juntos, como un poema de Manuel Machado, Lorca o Gerardo Diego. Ya como complemento a aquella maravilla, llegan los adornos que producían vibraciones impresionantes: molinetes, kikirikíes, pases de la firma que hacían estremecernos a todos. Y como colofón de todo aquello, una estocada hasta la cruz. Una oreja, dos orejas... y vueltas al ruedo del diamante de San Bernardo, que llevaba solemnemente los trofeos, el capote y la montera en las manos. Han pasado treinta y nueve años, pero en mi mente está aquello tan ardiente y vivificante como si hubiese sido ayer. Deseo terminar con una sola frase una frase que, en realidad, lo contiene todo. ¡Gracias, Pepe Luis! Rafael, RÍOS MOZO Festival de veteranos en Higuera de la Sierra La actuación triunfal de veteranos y consagrados diestros presidió ayer la añorante jornada que se vivió en Higuera de la Sierra con el. VIII festival a beneficio de la cabalgata de los Reyes Magos. Se lidiaron novillos de distintos hierros que fueron donados por los ganaderos. Todos los matadores actuaron desinteresadamente. Miguel Báez Litri padre, con un novillo de Ramón Sánchez, dos orejas y rabo. Diego Puerta, con un novillo de su propiedad, dos orejas y rabo. Curro Romero, con una res de Concha y Sierra, dos orejas y rabo. Paco Camino, con un novillo de Joaquín Barral, vuelta al ruedo. José Luis Parada, con un animal de Javier Molina, dos orejas y rabo. Lucio Sandín, con un novillo de Diego Puerta, dos orejas y rabo. Diego Puerta, hijo, con un novillo de Mano- lo González, vuelta al ruedo.