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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 31 DE AGOSTO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC grafía, pero no a pie juntillas ni sin que dentro nos quede otra. Una de esas cosas es que el Rin infante, entrado en el lago de Constanza por su estrecha parte oriental, sea el mismo que sale, ya talludito, por el otro lado menor occidental para internarse en Alemania, guardando su personalidad acuática dentro del enorme lago cuadrilongo. Este año, sin embargo, hay que rendirse. El Rin parece haber entrado en el lago lleno de arrestos y haberse abierto paso como los israelitas de Moisés, cuando atravesaron milagrosamente el Mar Rojo perseguidos por las tropas del Faraón: las aguas, heridas en su mansedumbre, han tenido que saltar a uno y otro lado de la raja, volcándose en alboroto sobre las riberas, y en especial la más floja, que es la suiza. Claro que la travesía, más lenta que la mosaica, ha durado casi un mes, pese a que el Rin lanzaba mil metros cúbicos por minuto en los saltos del Schaffhausen, que son el pequeño Niágara de Europa. Las aguas, en ese periodo, besaban con más ardor que de costumbre algunos puntos de la orilla. Bajo mi ventana no invadieron la vía férrea, defendida por un ancho seto vegetal, pero sí todo el muelle sin reborde del paseo lacustre, con un simulacro de sonoro oleaje. Era curioso pensar que los espaciados árboles nacían dentro del agua y que en ella estaban plantadas las farolas. Las cintas precautorias, atadas de farola a farola, señalaban el límite mismo del muelle sumergido, pero no lo demás, y en esa zona permitida muchos de los habitantes del pueblo se dedicaron con ahínco, incomprensible, para mí, a practicar el chapoteo Dicen, y será cierto, que es bueno para la salud pasearse por el borde de las playas marinas, en marea baja, recibiendo en las piernas el golpe de las olas murientes, que la espuma disfraza de beso. No sé si aquí funcionaba tal propósito terapéutico; pero lo cierto es que buena parte de los vecinos- -descalzos, y mujeres y hombres con faldamentos y pantalones remangad o s- se dedicaban con patente delicia al deporte del chapoteo. Les faltaban los reteles, y, por supuesto, carecía el agua de cangrejos; pero parecían alocados pescadores que no pescaban nada, como no fuera un reúma, ni lo pretendían. Ya he dicho REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID todos sus aspectos. Ciñéndonos al meteorológico, cada uno tenemos una temperatura ideal; pero, a partir de ella, dos grados de más o de menos suponen incomodidad, o sea que la ventura está en un diminuto sobresalto del mercurio. Otro tanto pasa con la luz y la sombra. Habrá partidarios del sol rabioso o de la lluvia espesa; pero la mayoría prefiere un difícil tencontén: o desea, cuando caen capuchinos de bronce, que entre las cogullas brille a ratos un rayo de gloria, o querría, al volver a casa, viéndose las caras con el sol, que le defendiese de las iracundas quijadas de la canícula alguna de esas blancas nubéculas que en ciertos cuadros del Bellini flotan en un cielo muy azul como taparrabos de unos encarnados angelotes. Respecto al agua y la tierra, si- como parece- -fue la sardina una de las etapas de la evolución del hombre, confieso que reniego de mis orígenes. Cierto es que me gusta el agua y que no hay para mí año feliz si no paso muchos días junto a ella, pero viéndola en grandes masas y cerca, pero un poco en alto. La manía me viene del Nilo y del Bosforo. De la inmersión me curé, con el refrán, apenas rebasada la cuarentena. Este verano, que ha sido el de los absurdos, en el lago de Constanza, a cuya orilla vivo, separado de él por escasos metros, se ha producido un fenómeno que se da, si acaso, un par de veces por siglo, y es que se le hinchen las narices y se salga de madre. La crecida, como conviene en zona de tanto privilegio, ha sido civilizada (pongamos que un par de metros) pero lo bastante para invadir muelles y paseos, filtrarse en sótanos, encharcar trozos de vía férrea, obligar a un ascenso de los embarcaderos, forzar a las gentes a desfilar en fila india por pasarelas y pontones improvisados, y a los Ayuntamientos a amojonar con cintas a franjas blancas y rojas los pasajes que en principio podían representar cierto riesgo. Todo se ha hecho con serenidad y un perceptible regusto de diversión. En el fondo, hasta a los pueblitos les gusta alguna vez jugar a parecerse a Venecia Ocho veces al mes, mientras desayuno, pasa a pocos metros de mi mesa ese retoño postumo del Orient- Express, que- e n su trayecto Londres- Venecia- contornea, sin pararse, en Suiza, el lago de Constanza. Durante algunas semanas he visto en sus ventanillas, muy poco por debajo de mí, a elegantes viajeros sorprendidos por un falso prenuncio veneciano de que los vagones rodaban por el agua; y digo falso porque en Venecia no hay trenes, y la laguna nunca se ha atrevido hasta ahora a asaltar el puente del ferrocarril en el itsmo. Si es verdad que donde se saca y no se mete el fin se le ye, también es cierto la proposición contraria de que ese donde del proverbio se hincha cuando se mete y no se saca lo bastante. En la hipertrofia del lago la culpa ha sido del padre Rin, sobrealimentado de niño por los diluvios torrenciales de los Alpes en un julio contagiado de febrerillo por lo de loco. Hay cosas en que uno cree porque se lo manda la Geo L A felicidad del hombre pende de un hilo en FELICIDAD Y NATURALEZA que las aguas no llegaban al ferrocarril, y en la zona está prohibido el paso de automóviles. Pero todo lo restante, en espectáculo alucinador, chapoteaba: viejos, jóvenes, niños, burgueses, obreros, perros, cochecitos de bebés, bicicletas, entre los árboles y las farolas salidas del agua. Algunos resbalaban en el verdín y el limo depositados por el lago en el territorio usurpado. El descenso lentísimo se marcaba como en una columnilla graduada, según el agua, al paso de los días, bajaba de la rótula a la molla y luego al tobillo. La casa vieja de los baños, con su aire de pagoda, era más palafito, con los pilotis cegados: parecía una muda arca de Noé varada cerca de la costa, con horizontalidad provisoria de su puente levadizo. Las gentes preferían el chapoteo al baño. Los balandros, casi todos de comerciantes o empleados, cabeceaban de sueño en los muelles. Por poca que fuese, parece que la diferencia de nivel ahuyentaba a bañistas poco intrépidos y a balandristas bisónos. Hasta patos y cisnes se resistían a las exhibiciones. Todo se- ha ¡do, sin embargo, normalizando poco a poco. Un día era quitada una pasarela, y al siguiente, otra. Los charcos se han ido evaporando. El muelle se secó, salvo casos espasmódicos de oleaje. Se llevaron las cintas bicolores. Los árboles volvieron a nacer de la tierra y a mostrar de nuevo en sus redondeles las cabelleras de medusa de sus raíces más superficiales. La casa de baños bajó su rampa, dispuesta a recibir clientela remisa. Y lo maravilloso es que todo vuelve a estar incólume, limpio, sólido, intacto. Me pregunto si en otros países, donde muchas de las obras, públicas o privadas, se hacen por el procedimiento del tente mientras cobro los pavimentos y muros habrían resistido este prolongado y movido baño, no salobre, de pies con tan perfecta impasibilidad. Post nubila Phoebus. Ha vuelto una primavera, desorientada por trastrocada, pero deliciosa. A veces surge en el lago un arco iris tan grande y completo como en mi vida he visto otro, al que alguna vez es tangente la larguísima estela del avión de línea a Munich. Si al crepúsculo no hay arco iris, el sol se hunde ensangrentado entre los árboles, y el horizonte se cubre por esa parte de bermellón reluciente, como el lomo de un toro bien lidiado, en el que dos álamos altos son las banderillas. El lago pasa del celadón al plomo. No hay estrellas, pero la verdad es que en este lago nunca las he visto. Más tarde, los globos blaquísimos de las farolas, ya encendidas, cuando todavía se ven sus soportes, parecen rostros de colombinas que espían a los paseantes nocherniegos, muchos vestidos de blanco, como enharinados pierrots, frente a las negras siluetas picudas de la casa de baños apagada. Todavía después, cuando ya no hay nadie y ni siquiera se ven los fustes de las farolas, sus globos se diría que están posados en el lago como unos trasnochadores cisnes incandescentes. Emilio GARCÍA GÓMEZ de la Real Academia Española EDICIÓN INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones