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El circo de la modernidad OS españoles ya podemos olvidarnos de menudencias como la subida imparable de la Bolsa, las defunciones estivales en los aquaparks los tenebrosos móviles que han incitado a varios ciudadanos al crimen de sus vecinos, las operaciones primavera, los complejos problemas del terrorismo, la cosa nuclear, la tensión en el Golfo, el grano de Reagan y todo el puñado de naderías que han trivializado nuestro cálido y largo verano. El fútbol, por fin, ya está aquí. ¿Qué hubiera sido de nosotros si Gil y Gil, el ciclón de verbo cogujonero, no irrumpe en el desolado panorama patrio para explicarnos, desde la A a la Z, cómo han de hacerse las cosas? Porque Gil y Gil, hoy tan zarandeado, merece un respeto. Permítanme, desde aquí, y aún a costa de ganarme las iras de mis colegas, alzar una lanza en su favor. Nunca hasta ahora, en la larga hitoria de nuestro fútbol, un entrenador había sido destituido en vísperas de la temporada. Con la aparición de Gil y Gil ya han caído dos: el del Celta y, hace sólo dos días, el del Sevilla, los dos anglosajones, para más señas. Los presidentes de club no están dispuestos a ser las víctimas propiciatorias de esos entrenadores listillos que creen que han sido contratados para elegir las alineaciones, montar estrategias de juego, dirigir los entranamientos y toda esa serie de cuentos chinos que en la mayoría de los casos pocos resultados han dado. Los entrenadores están para cobrar y obedecer, como todo el mundo. Y si cobran tarde, que es- L peren, también como todo el mundo. Y si se quedan sin delanteros, pues que inventen, que para eso cobran. Pero la auténtica astucia de Gil y Gil, el verdadero aporte revolucionario de su bien engrasado cerebro, ha sido el anuncio de que las entradas para ver a su equipo contra el Real Madrid y el Barcelona costarán diez mil pesetas las más baratas. Ahí es donde ha puesto el dedo en la llaga. Sabedor, como nadie, don Jesús, de que el español es el rey del masoquismo, no ha perdido el tiempo en observar que los restaurantes baratos van, como la clase media, de capa caída, en tanto que los caros llevan marcha ascendente. Y claro, se ha apuntado. Y no me vengan ahora a decir que su juiciosa, aunque de momento breve, gestión no es mejor que la de su colega de enfrente. Las declaracioens del doctor Pirri según las cuales los epilécticos pueden jugar tranquilamente al fútbol, nos incita a pensar que en el partido conatra el Ñapóles, además de puestas cerradas, también puede haber gato encerrado... o furioso. Del tercero en discordia, el enano de las Ramblas, sólo decir que le han concedido la laureada del despropósito. Sea como sea, el espectáculo que algunos auguraban anodino está servido. Sólo falta otra gesta épica, como la tragedia del estadio de Heyseel para darle al público la verdadera dimensión y color de este gran circo de la modernidad. E. BRONCHALO GOITISOLO L OS ingleses, tan educados ellos, siempre se han preocupado de la ocupación, mediante el juego, de sus momentos de ocio. Por eso inventaron el football para mejor sobrellevar las húmedas tardes de sábado en la Inglaterra victoriana. Aquí, en España, país de individualidades, gustó y caló este colectivo deporte, y rápidamente se le denominó entre muecas fútbol o furbol. Su majestad el gol conocer la vida sexual de la madre del arbitro. Dos filas más abajo, o más a la izquierda, suele haber un sujeto que, mientras ve el partido, está conectado hertzianamente con José María García y El hombre del Gol al unísono, por medio de una prótesis transistorizada, y se hace eco de sus comentarios con frases como ha empatado el Murcia en La Condomina o Penalty en el Armajal Es absolutamente seguro que el 99 por 100 de los que las escuchan entienden perfectamente el significado de las mismas, aunque siempre hay alguno que comete el error de llevar a su novia, a su prima o a su cuñada, que no para de quejarse del frío, del asiento o de preguntar quién es el señor de negro. Yo, los domingos por la tarde, en invierno, voy al estadio. Me parece una manera ideal de pasar frío. Me siento en la grada bien abrigado, bufanda, gorra, guantes, y acompañado de individuos anónimos que normalmente no paran de vociferar y darle al chascarrillo. Voy solo. Así no tengo que hablar con nadie. Está el que se sabe todos los motes, el que insulta a todos los antepasados del mister, o el que parece, por sus palabras, También hay mujeres muy en- teradas de todos los pormenores del juego, y que profieren agudísimos gritos cuando el balón pasa rozando el travesano. Suelen ser rubias y de bote. En los toros, que, en teoría, es un espectáculo mucho más fino, elegante e intelectual, si la corrida es mala, siempre queda el recurso de ponerse a mirar por los prismáticos (en el fútbol nadie los lleva) a ver si Julio Iglesias está en la barrera del uno o para averiguar cuántos cohibas se fuma Múgica. En el deporte rey no queda más remedio que aguantar el chaparrón o la goleada a los locales, con el único y minúsculo consuelo de la copacoñá. No hay vuelta de hoja: para pasarlo bien en el estadio, tienen que ganar tus colores y tiene que reinar el gol como monarca absoluto de este juegodeporte- espectáculo- negocio. Edi CLAVO Julio daba el cante bajo los palos SÁBADO 29- 8- 87 A 6 C 85