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SÁBADO 29- 8- 87 ESPECTÁCULOS El halcón Huston, presa de la muerte A B C 63 El demonio americano Huston el grande, el inconmensurable. ¿Cómo yo, producto de una probable decadencia del humanismo europeo, no iba a admirar y a envidiar a John Huston? El bíblico John. Alguien me habló de su zafiedad. Yo envidiaba esa zafiedad. Creo que es la única personalidad del arte- n i siquiera hablemos de cine- a quien he envidiado realmente. Tenía una verdadera obsesión con él. Hace dos noches mirábamos en casa del actor Paco Maestre el vídeo de Moby Dick una de sus películas menos estimadas, Presentía que se iba a morir. Vi el sarcófago que al final de la película sobrenada las aguas con el último superviviente del Pecqod el siniestro paquebote del capitán Achab, como si él, Huston, lo ocupase, y lamentaba que los grandes hombres tuviesen su vida tan tasada como los pequeños. Y eso que Huston ha muerto viejísimo. Pero lúcido y mal hablado, grande y americano, con sus ojillos de demonio y de tigre, invencible. Cada vez que recuerdo ciertos momentos de sus películas siento el pulso de su inspiración irrefrenable: el final de tragedia de El halcón maltes ese ascensor que baja sepultando, como un telón al revés, como una hundida en los infiernos a la protagonista, con una de las más patéticas miradas que ha producido el cine; veo la secuencia de ios cómicos medievales ambulantes llegando a un mar que nunca se ve en Paseo a través del amor y de la muerte me siento conmovido hasta los huesos cuando evoco al predicador, también endemoniado de santidad, en Sangre sabia Huston ha hecho todo, y ha hecho todo lo que ha querido. Tenía esa cosa denodada y triunfante que sólo pueden tener hoy los creadores americanos. Su estética está apoyada y defendida por su biografía. por su carácter y su estilo de vida. Hacía cine como el que respira. Con sus arritmias y hasta sus ligeros paros cardiacos. Ha dominado el cine de su tiempo con la cachaza y la modestia natural del hombre resarcido, del que se ha probado lo que vale en toda su dimensión. ¡Qué forma tan viril la de Huston cuando se mostraba sentimental! Eran los suyos sentimientos de carne, que se sublimaban de carnalidad, que lamentaban la pérdida de la luz humana. Olvidemos ahora a Petrarca, recordemos a John Huston echándole a Ava Gardner, su diosa de carne, el más bonito piropo de un creador cinematográfico a su musa. En esos fotogramas de El juez de la horca cuando Ava- que no ha aparecido en toda la película sino reproducida en un cartel- baja de verdad al final de un destartalado tren del Oeste como una hermosa flor declinante, hermosa y ensimismada como ef otoño, de, los: sentidos, tenemos una nueva forma plástica y dramática, un nuevo estilo de expresión de lo erótico y un instante memorable de la nueva historia del arte. Y la forma. Huston ha dominado la forma, y ninguna forma le ha dominado a él. No era extravagante, no se apoyaba en los alardes ni hacía cine para los cinefilos. Era como un pastor que predica una verdad bruta y preciosa; un clásico, un arcaico fundamental que se servía de la técnica igual que un obrero especialista en catedrales, igual que un tallador de piedras. Tenía un sentido del relato fílmico comparable al de un cuentista medieval, sin arrequives ni complicaciones, pero infinitamente más refinado y más profundo; moderno en el mejor sentido de la palabra. Para ser plenamente moderno hay que ser un resumidor de lo clásico, hay que poner todas las esencias clásicas al servicio de sentimientos recientes, ofreciéndoles ese espejo bruñido por la sabiduría. Huston poseía ese don responsable. -Y el estilo ha florecido en él como una palmera activa, tomándose su tiempo y adoptando toda dase de métodos, banalizándose genialmente. Lo ejercía perdiéndose a sí mismo como los buenos aventureros del espíritu, como un Rimbaud con seguro de permanencia en este mundo. Era un visionario que, a la vez, no podía ser un insensato. Tenía la sensatez de un avispado boyscout Un boy- scout que podía llegar a ser Marcel Proust o John Huston. Proust contó su mundo, contando asimismo con la vieja prosodia francesa, la de más clásica andadura, y, con ella, se montó un laboratorio en el que se produjo un fenómeno de entendimiento con su época, porque la novedad estaba en él, y la técnica en el almacén de los tiempos. Huston ha empleado la prosodia fílmlca con la corrección más exigente, como un gramático del cine que no abandona el efecto de lo ya probado, porque con ello, con ese fondo de expresiones convenidas- no convencionales- va a probar nuevas cosas, a expresar nuevos sentimientos. Por eso se nota en Huston la expresión y no la caligrafía. Un artista de verdad cautiva más que interesa. No se pierde uno en cavilaciones sobre lo que quiere decir y cómo lo quiere decir. Se le asume por respiración, por impregnación directa. La novedad de la forma no se nota, lo que se nota es la novedad de la emoción. Luego- pero mucho más tarde- nos damos cuenta de toda la malicia y el cálculo práctico en la manipulación de los medios expresivos y la soltura y confianza con que se ejercen. Para esto el gran Huston era como un demonio sin conciencia estética selectiva, sino con el recelo y la cautela de un seductor nato. El gran demonio americano. No descanse jamás en paz, siga siendo Huston. Francisco NIEVA Trotamundos de la narración La muerte de John Huston nos despoja de uno de los últimos representantes del clasicismo de Hollywood, de un cine fundamentado en la pasión por narrar, pero que no pertenecía ya a la era de su inocencia. Trotamundos, boxeador, caballista, periodista y borrachín, encarnó a esa estirpe de broncos cronistas de la vida americana, para quienes el relato de las tormentas de la vida no estaba reñido con la transparencia del estilo. No es casual, en este sentido, que desde su comienzo como realizador, Huston se convirtiera en uno de los pilares del cine negro, con filmes tan sólidos como El halcóri maltes Cayo Largo La jungla de asfalto y hasta la parodia de El honor de los Prizzi El sórdido mundo del crimen podía ser visto con la mismoa objetividad con que un entomólogo estudia a sus insectos. Durante muchos años, los estudiosos han visto la obra de Huston a través de la poética del fracaso, que denomina muchos de sus fumes, como El tesoro de Sierra Madre Mouiin Rouge Vidas rebeldes o Fat City Sin duda, al pesimista Huston le fascinaban los personajes perdedores, pero este juicio no agota la lectura de la copiosa filmografía del realizador. Porque Huston era también un gran humorista, capaz de dar la vuelta a todas las convenciones. Pero no siempre fue bien comprendido, porque perteneció a la incómoda generación llamada generación perdida difícil eslabón entre los grandes patriarcas del viejo cine americano y los hijos de la era de la televisión, entre Howard Hawks y Nicholas Ray, entre John Ford y Robert Aidricti. Huston supo moverse entre los bajos fondos urbanos y el mundo exótico y colonial de La Reina de África o El hombre que quiso reinar o atravesar la Edad Media estilizada de Paseo por el amor y la muerte Esta versatilidad ha sido una de las señas de identidad del viejo Hollywood al que Huston perteneció, a pesar de que se nacionalizó irlandés en 1964, y viviese en una casa de Cuernavaca. Huston era un trotamundos como Heminway, que en vez de optar por España como país de elección, eligió el México, en el que rodó El tesoro de Sierra Madre La noche de la iguana y Bajo el volcán Su muerte ha sido también una muerte anunciada, como lo fue la de Hemingway, que por tantas razones le brinda para paralelismos biográficos. Huston vivió en el ojo del tornado de la vida, también como Hemingway, y al final de su vida podía afirmar que él sólo sabía contar historias. Pero además de contar historias, Huston supo retratar mundos trágicos y hacernos comprender mejor al ser humano, con elegante transparencia y sin pedanterías retóricas. Huston no deja escuela, ni deja discípulos; pero deja un hueco en la historia del cine que nadie podrá ya Henar. Román GUBERN