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40 A B C REPORTAJE MIÉRCOLES 26- 8- 87 No pretenden suscitar lástima. Únicamente piden compresión al pueblo vasco, en el que les gustaría integrarse, aún conscientes de los mutuos recelos. Viven en permanente psicosis de miedo y ansiedad, porque cuando nuestros maridos salen de casa no sabemos cómo nos los van a devolver Intentan, en la medida de lo posible, ocultar, la profesión de sus maridos, pero finalmente trasciende entre el vecindario lo inevitable, y más de uno señala con el dedo amenazador: Policía Nacional o Guardia Civil. La sensación de La gente de aquí- comentan al unísono Adela, Dolores. Pilar y Mina, cuatro esposas de policías nacionales- intenta acercarse a nosotras, pero tienen miedo a la represalia general. Y nosotras, al mismo tiempo, sentimos miedo a ser rechazadas si intentamos una aproximación. Así, entre la actitud de unos y otros, se mantiene ese distanciamiento. Mina acude actualmente a unas clases de cocina que se imparten en una sociedad de Trincherpe. Hay una mujer que no hace más que decir que este barrio es muy conflictivo. Y mirándome a mí, porque sabe que soy mujer de policía, advierte que allí no debe de hablarse de política y no desea discriminaciones de ningún tipo. Hay, por el contrario, casos dramáticos que ponen al descubierto actitudes discriminatorias. Durante las pasadas fiestas de Navidad se intentó recabar fondos, destinados a la compra de una cesta para la viuda de un policía muerto en atentado, que no pudo desplazarse a su pueblo por enfermedad. inquietud y el rechazo que encuentran en determinados sectores de la sociedad vasca ha llevado a las familias de los policías y guardias civiles a establecer entre sí un estrecho vínculo de solidaridad, pero al mismo tiempo, esta circunstancia hace que la integración en el entorno sea prácticamente imposible. Alrededor de noventa de estas familias viven actualmente recluidas en sencillos bloques ubicados en el barrio pesquero de Trincherpe, de Pasajes. Muchos son emigrantes, y el contraste es menor. los van a mandar. Lo mismo sin brazos y sin piermas, o en una caja. Yo rezo diariamente para que no maten a. mi marido confiesa Mina. Todas ellas coinden a la hora de asegurar que no existe el llamado síndrome del Norte Si existiera se tendría que aplicar en todo caso a las mujeres. Somos nosotras las que tenemos miedo porque nos jugamos diariamente al marido y a la familia. Cuando salimos las mujeres solas- comenta A d e l a- somos las más felices del mundo. Cuando vamos con nuestos maridos, no baile, policial Yo- d i c e Adela- le pregunté a mi hijo qué es lo lo que había hecho él entonces, a. lo que me respondió: pues qué te crees que voy a hacer, ponerme a bailar como los demás. La mayor discriminación, sin embargo, empiezan a apreciarla cuando ingresan en los Institutos. Muchos padres vascos, sin mala fe, prohiben que sus hijos vayan a pasar la tarde al domicilio de un amigo, si éste es familiar de un policía, por miedo a que en ese momento les pongan una bomba. Ninguno de nuestos hi- Pocas viudas Fuimos a pedir ayuda a establecimientos donde compramos habitualmente, y se portaron fenomenal- recuerda D o l o r e s- Sin embargo, en algunos comercios nos dijeron que éramos todavía pocas viudas, o que teníamos que darnos cuenta de que estábamos aquí para arriesgar la vida de nuestros maridos. Lo han matado, pues muerto está. Lo que hacemos en casos así es no ir a comprar más y boicotear el establecimiento. Muchas veces los hijos intentan integrase en los colegios ocultando para ello la profesión de su padre, e incluso negándola si existe la duda entre los alumnos. Recientemente en un colegio del barrio los niños coreban, como en t a n t a s o t r a s o c a s i o n e s ¡Quien no baile, policía; quien En el colegio gritaban: ¡Quien no baile, policía! Le pregunté a mi hijo qué había hecho, y me contestó: Qué te crees que voy a hacer, ponerme a bailar como los demás El miedo aparece, sobre todo, cuando vamos a coger el coche y no sabes si te han puesto una bomba o te están esperando jos- comenta Dolores- quiere quedarse aquí. Y esto les gusta porque muchos de ellos han nacido aquí. Pero saben que es un lugar de paso, y no están a gusto porque no lo están sus padres. Se vive- enfatiza Adela- en una sensación de miedo. Hay gente que esto lo asimila muy mal, hasta él punto de que si algunas familias no son destinadas a otra región, ella acaba con los nervios destrozados. La presión afecta mucho, y en ocasiones algunas personas han precisado asistencia psiquiátrica. Cada vez que salen nuestros maridos por la puerta, no sabemos si van a volver, o cómo- nos la felicidad se acaba, porque estamos con el alma en vilo. El miedo aparece sobre todo cuando vamos a coger el coche y no sabes si te han puesto una bomba o te están esperando. Yo- a g r e g a P i l a r- alguna vez que he entrado con mi marido en una cafetería he oído el comentario: aquí huele a guardia. Vas mirando con recelo siempre hacia atrás. Parece que somos las guardaespaldas de nuestros maridos. Yo misma marcho siempre detrás de él, mirando a todas partes. Yo me voy de aquí- confiesa Adela- y no hay día que no salga a pasear con mi marido. Aquí, sin embargo, prefiero salir sin él, Noelia, de nueve años de edad, 1986 cuando una bomba estalló nacional Mal A finales del año pasado, un gru- j po de esposas de policías nacionales decidieron crear una asociación como cauce para aunar esfuerzos ante las adversas circunstancias con las que se encuentran mientras permanecen en el País Vasco. Son muchos los años que llevamos aquí- dicen sus promotorasy ya estábamos hartas dé callar. Así que decidimos crear la asociación y reunimos periódicamente Entre sus objetivos prioritarios se han propuesto ayudar a las viudas de los policías y buscar fórmulas de entretenimiento y expansión para sus hijos. Esta asociación cuenta con el apoyo moral de las esposas de guardias civiles, si bien no se encuentran afiliadas ya que podría surgir algún problema debido al carácter militar de la Benemérita. fe