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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 26 DE AGOSTO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA lECUERDO que hace muchos años dos escritores españoles discutían en los periódicos sobre la sonoridad de la mar. ¿Era la mar muda? ¿Era sonora? Uno de ellos, andaluz que, aunque viniendo de Cádiz, quizá pensaba en el vecino y sereno Mediterráneo, decía que la mar era silenciosa; hablaba del silencio imponente, sobrecogedor, de la mar. El otro, gallego, recordaba tal vez su costa atlántica y le respondía que la mar era sonora, estaba llena de voces, hablaba con el rumor bronco de. la ola, el sajido permanente de las mareas, el ulular de los vientos, los cantos de las sirenas y hasta las campanas de las catedrales sumergidas o los gritos de las deidades antiguas o de las almas de los náufragos. ABC desde el Mediterráneo, al que el comandante Cousteau considera biológicamente casi agonizante, hasta la selva amazónica- -la más grande rain- forest del mundo- hoy en peligro por el avance de petroleros madereros o industriales. Sé que esta protesta que me atrevo a adivinar en las voces sutiles de nuestro paisaje es la misma que hace tantísimos años lanzaba Rachel Carson en su famoso libro Silent Spring Primavera Silenciosa Pero cuando uno busca las comparaciones entre lo que sucede con nuestro paisaje y los de otros países europeos, por ejemplo, ¡qué diferencia se ve! Puede haber en todas partes atentados contra la Naturaleza y catástrofes locales ecológicas como las que han ocurrido recientemente en el Rhin- e n la perfecta Basilea, sin ir más lejos- pero en general uno ve el paisaje, es decir la Naturaleza, mucho mejor protegidos más allá de nuestras fronteras continentales. Uno puede ver el aviso de paso de venados a unos cientos de metros de las fábricas alemanas o suizas, o sentir las aguas de un río escandinavo ya filtradas y purificadas al poco de salir de los canales refrigeradores de una fundición, o pescar truchas a poca distancia del carril de un tranvía suburbano, que es como si se pescaran en los altos de Chamartín de la Rosa, en Madrid. Se puede comprobar que hay unas normas legales y unas defensas contra los peligros de la industrialización, contra los excesos de la urbanización que reduce las zonas rurales, los territorios de vocación agrícola, ganadera, forestal o simplemente verde Se puede, en fin, ver cómo conviven a ciudad y el campo de manera tan armoniosa y natural que hay ciudades que no se sabe dónde terminan éstas o dónde empieza el campo. Me vienen a la mente estas simples reflexiones porque escribo cuando millones de españoles andan recorriendo en vacaciones nuestro paisaje. Y éste es un patrimonio territorial común; no es de nadie exclusivamente en particular, sino que en parte es de t o d o s patrimonio n a c i o n a l (Bueno, y ¿por qué no decir que es nuestra patria que es palabra más radical, más de raíz, más lógica si hablamos de patrimonio ¿Tanto miedo le tenemos a llamar a ciertas cosas por su nombre? Y si es un patrimonio nacional debiera haber, si no lo hay- y me excuso por ignorarlo- un código severo de normas para su protección y organización racional, una lista de derechos y deberes sobre su uso y una tipificación de los delitos contra él cometidos. El código o la Ley del Paisaje sería así, en el fondo, el cuerpo legal de defensa del más común de nuestros patrimonios, que es la tierra sobre la cual vivimos y el aire que respiramos. Sería la ley de la ética, del comportamiento individual y colectivo ante esa inmensa, profunda e inmemorial propiedad. Hay un atentado contra el paisaje que REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID R PROTESTA DE AVERIAS DEL PAISAJE Mucho he pensado en este pequeño y lejano debate literario, poético, mirando al paisaje español. ¿Estará mudo o tendrá voz? ¿Hablará? Y, respondiendo con el escritor norteño, que, al fin y al cabo, también vengo de la costa del Norte, creo que el paisaje habla y que nos dice con mil palabras lo que le pasa, desde el gesto casi parlante, patético, de los cerros erosionados por el desmonte y las torrenteras hasta quedar pelados; desde los bosques cortados o calcinados; desde los valles y las vegas maltratados por la industrialización o la urbanización salvajes desde las huertas famosas arrasadas; desde las crestas de los montes cantábricos cubiertas de eucaliptos exóticos y destructores o de pinos extranjeros que pretenden reemplazar a los robles, las hayas y los castaños primigenios, aniquilados; desde las playas inmensas hoy envilecidas por murallones de hormigón armado a catorce pisos por unidad. El paisaje también tiene voz, y sólo hay que saber escucharlo. Si supiéramos, tal vez podríamos oír su protesta por la integridad perdida, por la armonía alterada, por el equilibrio ecológico desbaratado, por el espacio que le era propio y que ha sido asaltado, violado, en una acción humana desconsiderada, inmediatista, codiciosa de ganancias rápidas o, simplemente, torpe para organizar racionalmente, civilizadamente, un desarrollo económico que en sí es bueno o un crecimiento demográfico que es signo de vitalidad, pero que ninguno de los dos tenía por qué arruinar tantos paisajes españoles hoy destruidos. Estas voces del paisaje que uno escucha e intenta oír y entender no suscitan en nosotros imaginaciones esteticistas, nostalgia de rurales edades de oro pasadas, cuentos de niños. Sugieren una necesidad biológica, reclaman el equilibrio natural, proponen la calidad de vida, piden previsión política contra un futuro que puede resultar catastrófico. No es, pues, estética sino ética de la Naturaleza y exigencia de un sentido de la responsabilidad común ante las manifestaciones de esa Naturaleza a través de su parte visible, el paisaje: la faz del país. Sé muy bien que el problema que señalo no es sólo de España sino de todo el mundo en desarrollo ¿desarrollo de qué? pudiera parecer menor y que quizá si lo cito puede hacer pensar al lector que estoy descendiendo de la categoría a la anécdota y trivializando mi discurso pero a mí me parece digno de mencionar, porque en su aparente pequenez cotidiana es todo un símbolo del apoderamiento del paisaje por los que creen que éste es suyo en exclusiva, por los que ignoran que el paisaje es un tejido que hay que tomar en su integridad, con respeto de su entramado y que el derecho al paisaje es un derecho que tenemos todos en relación con ese patrimonio común que no puede ser violado en ninguna de sus parcelas, por pequeña que sea. Ese atentado resulta más visible cuando se han recorrido cientos, miles de kilómetros de territorio europeo sin toparse con él hasta cruzar la frontera española. Son los anuncios. De repente se nos aparecen en lo alto de una loma recostándose contra el cielo, en el fondo de una vega a la entrada de un bosque, en la esquina de una playa queriendo hacerle la competencia al horizonte de la mar, en la línea de los perfiles de una catedral lejana... Por todas partes nos anuncian en cartón piedra bebidas, neumáticos, embutidos, garajes, jamones, gafas o urbanizaciones. Hace más de me dio siglo- ¿serán sesenta años? -que don José Ortega y Gasset se encrespaba ya con ciertos anuncios que ennegrecían las nobles piedras graníticas de las sierras españolas. ¿Qué diría ahora nuestro filósofo andariego? Yo no quiero aquí defender el paisaje como simple escenografía de teatro; no estoy haciendo de paisajista Ojalá este digno y meritorio oficio no fuera necesario porque nadie violara el paisaje o porque todos contribuyéramos a su protección o incluso a su recreación- porque en los paisajes también ha intervenido la mano del hombre, a través de los siglos, benéficamente si lo ha hecho con respeto y sentido profundo de la Naturaleza- Pero me pregunto si es defendible que los hermosos paisajes españoles que todavía quedan pueden transformarse, por la compra de una parcela o por una simple licencia municipal, o de quien sea, en una página de anuncios de un periódico que ninguno hemos comprado ni queremos comprar. Dejo aquí esta pregunta para quien pueda y quiera contestarla con buenos conocimientos sobre los límites del derecho de propiedad, sobre el concepto de paisaje y Naturaleza como patrimonio nacional, sobre la contaminación no sólo química, física, sino también estética, de nuestra tierra y nuestro aire y nuestras aguas, sobre la integridad y naturalidad de un espacio que no es simple telón de fondo, pura decoración, sino manifestación bien visible del estado profundo de nuestra Naturaleza. Y me limito a firmar esta modesta protesta de averías del paisaje español, de las que no son culpables ni el paisaje, ni los muchos que lo aman, ni este humilde notario que levanta acta de la misma después de haber oído voces sutiles que todos pueden oír. Alfonso de la SERNA