Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Viendo visiones Cine ruso I Tema Vi Arrepentimiento ¿Cine soviético o cine ruso? (Nunca el cine soviético fue tan ruso, más universal que internacional. Tema es un filme existencial. Laconismo y nieve y el protagonista, extranjero de sí mismo, de su rol como pieza de lujo en un mecanismo de movilidad perpetua sin avances, tan gratuitas sus secuencias que resultan inertes, como los gestos maniquíes presos tras un escaparate. Norte y nieve y soledad y escepticismo en donde hubo admiración. Y el enterrador que piensa (distinto) y se va. ¿Es esto una coartada liberal del régimen soviético o se trata de algo más profundó y esperanzador? Se oyen comentarios, risitas y cómplices aplausos silentes entre los escasos espectadores: por un par de horas se es ruso, se asume la utopía del disidente, se está a mil años luz á cromo anticomunista troquelado éh el Far West, se intenta mirar de cerca a las fauces del dragón que predijo Franz Kaf Arrepentimiento es un filme místico. Chorreante de religiosidad (sin beatería, a la manera personalista) Con ecos de los regeneracionistas rusos (Feodor y León, y Máximo) Locuaz y barroco, hasta un poquilio histérico en algún momento. Meridional. El más atinado retrato de un dictador visto en mucho tiempo. Con su venenosa campechanía, sus histrionismo estupefaciente, y la sonrisa... Sonrisa obsesiva, escalofriante, como el beso det capo mafioso, a quien, en pocos minutos, será ametrallado o arrojado al mar con pantuflas de cemento. Estos filmes han supuesto un shock agradabe e iluminador. Quiero pensar que esta vez no he visto visiones ni he caído en alguna triquiñuela del hermano mayor. Quiero a p o s t a r por la e s p e r a n z a (como cuando vi La confe- síon de Costa Gavras o seguí el juicio a La banda de los Cuatro o leo declaraciones de Yves Montand en su actual estatus de líder moral) Quiero creer que la izquierda con fondo humano (no sólo rostro) que persiguió sin éxito Orwell hoy se hace patente hasta en el mismo corazón helado de la ortodoxia. Fernando MÁRQUEZ V Por bulerías Los últimos juegos prohibidos T ODOS nos hemos preguntado, ante la contemplación de nuestra imagen reflejada en un espejo, si no seremos acaso nosotros la imagen, si es posible que seamos nosotros los observados, lo que viene a ser un interrogarnos acerca de lo que haya detrás del espejo. Lewis Carroll nos reveló la existencia del fabuloso País de las Maravillas de la mano de la rubia y angelical Alicia, sin que hasta el momento haya podido ser comprobada la veracidad de sus afirmaciones. ¿Y la luna? ¿Qué hay en la cara de la luna que está vedada a nuestros ojos? Yo sé que desde allí nos contempla una diosa de pelo ensortijado, negro como el alabastro, de piel de color del dátil; una diosa que nos habla en los sueños, en los silencios, en los bosques y en los desiertos de noches frías. Lovecraft aventuró que en la otra cara de la luna se halla la morada secreta de todos los gatos del mundo, que, según mi creencia, han sido orlados por Dios con el privilegio de la inmortalidad. Estoy seguro de que el gato que sostiene ahora entre sus brazos cualquier posmoderna, ignorante de que está meciendo a un instrumento de los designios de los dioses, es el mismo que hace milenios era acicalado por las esclavas nubias de Neithoteph. Recuerdo que cuando vi La rosa púrpura de El Cairo mi espíritu se revolvió inquieto, pensando qué sucedería si en ese momento yo pegase un salto sin trampolín hacia la pantalla y me introdujese en la película. Quizá me quedase plano mientras permaneciese entre los actores, pero eso carece de relevancia. Si no lo hice fue únicamente por el asco que me produjo pensar que los espectadores pudiesen tomarme por un personaje de Woody Alien. De hecho, la experiencia de penetrar impunemente en una película la he realizado varias veces, sin merma de mis facultades físicas, con filmes de Cecil B. de Mille, que me han apasionado desde niño. No, no crean ustedes que es una filfa. La próxima vez que vean ustedes El signo de la cruz fíjense detenidamente en la escena de la orgía en el palacio de Popea, cuando Fredric March pretende ganarse los favores de la tímida Elisa Landi (por cierto, fusilada en los últimos días de la segunda guerra mundial por los norteamericanos) pues yo soy el que está tumbado al lado, retozando con una joven bacante. No he tenido ocasión de compartir honores estelares con los protagonistas de otras películas de mi devoción, porque cuando las vi aún no había descubierto mi capacidad para atravesar la pantalla y cambiar de dimensión; pero, en cuanto sean reestrenadas en algún cine, no dudaré ni un momento en lanzarme arrojadamente al interior del templo de Sihva para, aprovechan- do el factor sorpresa, rescatar a la bayadera Sita (Debra Paget) de las garras de mahrajá, o en convertirme en compañero de aventuras de Gunga Din. He tratado, sin embargo, muchas veces, de meterme dentro de un libro, y el resultado ha sido siempre frustrante para mí. Ignoro si mi cartera está demasiado abultada para que se me permita el acceso al Reino de los Cielos. He sido rechazado por Stevenson en la aduana de sus Nuevas mil y una noches Lovecraft me negó repetidamente el visado para acceder a su tierra de Lang. Fanny Hill me sugiere siempre picaramente que vuelva a otra hora, porque el burdel está lleno. Supongo que esto no quiere decir otra cosa que cada uno debe buscar su propio barco pirata, descubrir por sí mismo los secretos de Merlín, explorar sin ayuda las tierras vírgenes, sortear las trampas del templo maldito, conquistar a su Scherezade, y regresar purificado al punto de partida, sin brújula, plano ni manual de instrucciones. A partir de una edad, no se debe leer en otro libro que los murmullos de la selva, los consejos de los ancianos y el cuerpo de las mujeres. Porque, desde que el sol se pone, como en los albores de la Humanidad, comienza el sempiterno juego: o se vive o se muere. Joaquín ALBAICIN A B C 77 SÁBADO 22- 8- 87