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GENTE La seducción de la hija del portero Buenos Aires H ubo por aquí un psicoanalista- c l a r o- con barba rubicunda y barrigón de monje budista que, antes de asumir como secretario de cultura, perpetró un libro nefando titulado La seducción de la hija del portero. Borges lo criticaba cariñosamente siempre que podía. Con la de seducciones que rondan por ahí, incluidas las inauditas, hay que ser muy osado para escribir una obra basada en la de la hija de un portero. Bueno, Borges no decía osado exactamente, pero no viene al caso entrar en detalles. La cuestión es que al pobre funcionario- llamado, increíblemente, Pacho- lo destituyeron, y de su libro nunca más se supo. Osear Wilde, mucho más experto en esta materia, aseguraba que las únicas seducciones a tener realmente en cuenta son las de carácter perverso. Daba sus razones, y luego concluía que, fuera de ellas, no hay más que actos de caridad. El cinematógrafo, sin embargo, nos ha enseñado que el catálogo de la seducción es tan amplio como casi inabarcable. Por ejemplo, está la seducción a la brava, como cuando Mae West le decía a un hombretón: ¿Llevas la llave en el bolsillo, o es que te alegras de verme? O la más sutil, y ya antológica, de Lauren Bacafl de si me necesitas, silba También pulula la versión spaguetti de Sedutta y abandonatta ¿era la Loren o la Lollo? E, incluso, la variante yiddish con salpicones intelectuales de Sueños de un seductor. Y no conviene olvidar la muy racial y apasionada de La vil seducción, donde una Analia Gadé marmórea intentaba llevarse a la era a un- por entonces aún soportable- López Vázquez. El vademécum de posibilidades resultaría tan denso (habría que incluir las limítrofes con el bestialismo, como los casos de Elsa Martinelli en Hatarí, o Charlton Heston en El planeta de los simios) amén de tan indigesto como una película española subvencionada por Leite. Al cabo, la vida no es más que la historia de una maldita seducción como escribió Quiroga antes de asesinar a su esposa, y ya se sabe que, en casa del jabonero, el que menos da un resbalón. Sólo dos excepciones romperían aquí la norma: el inconmovible Michaux Ni dos nalgas ni un gran corazón podrán llenar mi vacío y Steven Spielberg, que, como es medio cuáquero, de esto no entiende un pelo. Nota bene: Esta última frase es imperdonable, pero ya advierte Bioy que Dios nos libre de los homenajes populares y del mal gusto de las frases finales Así sea. José Alejandro VARA Lauren Bacall, la seducción sutil: S ¡me necesitas, silba Mae West, la seducción a la brava. Al cabo, la vida no es más que la h i s t o r i a de una maldita seducción SÁBADO 22- 8- 87 A B C 75