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XII ABC ABC- InfantilEl guirigay nacional 22 agosto- 1987 Iiteratura Infantil (I) Angela C. lonescu, Juan M. San Miguel Universidad Sacional de Educación a Distancia. Madrid, I9 H 6 Entre los cursos que promueve la UNED, uno de los últimos incorporados es la de Literatura Infantil El libro que hoy comentamos sirve de base y guía para las lecciones y los trabajos a desarrollar aunque puede adquirirse sin necesidad de inscribirse en el curso. Los autores del texto- escritora ella y periodista é l- incluyen en este volumen, al que seguirá próximamente otro, una amplia panorámica sobre la evolución que esta rama literaria, considerada hasta hace poco como la pariente pobre pero que en este siglo ha alcanzado su época dorada. Son escasos, sin embargo, los trabajos de investigación desarrollados en nuestro país y son de agradecer cursos como éste de la UNED que permiten desbrozar el camino para ulteriores trabajos. Tras una introducción que nos sitúa en los orígenes del género con obritas creadas por los preceptores de niños privilegiados y siempre con fines didácticos, como el caso de Geoffrey Cbaucer con el Tratado del Astrolabio en la Inglaterra de 1387 o los Proverbios de gloriosa doctrina y provechosa enseñanza del marqués de Santillana, a petición de Juan II para educación y guía de su hijo Enrique en la España de 1437, o se da paso a obras que marcan una evolución, como Piacevole notti de Gianfrancesco Straparola, el primer libro europeo que contenía cuentos de hadas. Aunque hoy día es bastante fácil asentir que la literatura para niños no debe de ser ni moralizante, ni didáctica ni pedagógica, la verdad es que se ha tardado siglos en reconocerse. Los siglos XVII y XVIII que son los que abarca la obra, son una muestra de los avances y retrocesos en este terreno. Con especial interés se destacan no soto los libros que fueron hitos destacados, como el Orbis Pictus de Comenius, el primer libro ilustrado hecho especialmente para niños en 1658, y obras que forman parte ya del patrimonio universal, como Robison Crusoe Las mil y una noches o Gulliver sino también personajes y momentos menos conocidos que dieron un gran impulso a la edición infantil. Tal es el caso de Jhon Newvery, autor y editor inglés que en 1774 abre en Londres la primera librería infantil. El capítulo dedicado a su importante labor demuestra el papel de pioneros que el pueblo inglés ha desarrollado en este campo, y que le haría exclamar al académico francés Paul Hazard en su obra Los libros, los niños y los hombres concedería gustosamente al mediodía todas las superioridades sin discusión, todas menos una en lo que atañe a la literatura infantil, el Norte se lleva la palma Una opinión, por otro lado, que ha sido algunas veces criticada. Afortunadamente, los siglos XIX y XX, objetivo del próximo volumen, darán una visión distinta y más equilibrada de la situación en el resto de los países. María SOLÉ Ajustes finos NTRE otros neologismos en agraz- incipientes frutos lingüísticos de la imaginación popular o de la cursilería de nuestras clases dirigentes- podemos destacar unos cuantos cuyo rasgo común es su incierto porvenir. No es posible aún saber si son caprichos angélicos llamados a granar y durar o caprichos caprinos de corto futuro. Juzguen ustedes. Ajuste fino. Término usado hace poco por el portavoz del Gobierno, don Javier Solana, y a renglón seguido por el ministro de Economía, señor Solchaga, en el sentido de leve corrección o ligero cambio de rumbo de la política gubernamental (véase el Ya del 17- 6- 87) Supongo que es traducción del fine tuning inglés, tan conocido por el letrerito que en las radios lujosas indica cómo centrar la emisora una vez que se ha encontrado su frecuencia aproximada, y empleado también por los economistas refiriéndose al retoque de los objetivos o actuac i o n e s de un agente económico. A mí no me parece tan mal la expresión ajuste fino, pese al pitorreo general que ha acogido al neologismo. Podían los ministros haber recurrido al viejo verbo afinar (un instrumento o un aparato, que es tanto como templarlo) pero para eso tendrían que haber reconocido antes que estaban desafinados o destemplados. Y no podemos pedir ciertas sinceridades a los políticos. Recuerden ustedes la que se armó en el Congreso cuando el señor Peces- Barba advirtió al predecesor del señor Solchaga: No le funciona a usted el aparato, señor Boyer. Si le hubiese dicho proceda usted a un ajuste fino de su micrófono no habría pasado nada. Yavalismo. Significa propensión a la chapuza, a despachar toda obra pronto y mal so pretexto de que ya vale, ya vale. Aprendí esa palabra hace años del Marqués de Benemejís, que a su vez cree recordar habérsela oído a Víctor de la Serna (1896- 1958) Nunca la había yo visto escrita cuando la empleé en estas páginas (ABC, 18- 5- 85) Después se la he leído a Luis Ignacio Parada (ABC, 25- 2- 86) y a Francisco Armentía (ABC, 28- 6- 87) Por si el término cuaja, y a efectos de futuros diccionarios históricos, sería interesante dejar ya precisada la primera documentación impresa. Agradecería, pues, a mis lectores cualquier dato que conozcan sobre este particular. Creo que el vocablo yavalismo merece imponerse: comparte con la envidia el honor de designar uno de los dos grandes vicios nacionales de España. Palacio de Santa Cruz. Otro neologismo, aunque menos útil que el anterior, originado por Víctor de la Serna. Es metonimia usada a menudo por los periodistas como sinónimo de Ministerio de Asuntos Exteriores, pero rara vez por los diplomáticos, quienes no suelen olvidar que el E edificio donde trabajan no fue construido para palacio sino para cárcel (véase Historia y descripción de los Palacios de Santa Cruz y de Viana de José Antonio de Urbina y Alfonso Quereizaeta, 1987, y Pequeña historia de un gran nombre de Diego Plata, pseudónimo de Víctor de la Serna, en el ABC, 22- 2- 58) El apelativo Palacio de Santa Cruz nació en 1939, en el diario Informaciones con el deseo de emular topónimos extranjeros famosos en la política internacional como el Ouai d Orsay o la Wilhelmstrasse. Su inventor era consciente de que el caserón del Ministerio no daba en realidad y por pocos metros a la Plaza de Santa Cruz, pero comprendía que llamarlo Palacio de la Provincia o Palacio del Verdugo- por los nombres de dos vías públicas con las que sí linda- hubiera sido municipal y es- peso o truculento. Cosas de la política. Tortilla española. Siempre creí que la gente decía tortilla de patatas (o de patata) y que el patriótico apodo de tortilla española quedaba para la carta de los restoranes mediopelo. Pero veo un anuncio de la Secretaría General de Turismo (en ABC, 19- 7- 87) con un dibujo donde un señor- especie de caricatura de don Jimmy de Mora- rodeado de una turba patibularia de extranjeros dice por teléfono: ¿María? Oye: he conocido a un grupo de turistas muy simpáticos y les llevo a comer a casa. Prepara setenta tortillas españolas. Debajo va un rótulo que reza España es simpatía. Puede que España sea simpatía y aun generosidad, pero desde luego no es sinónimo de hospitalidad hogareña. El yanqui invita a su rascacielos y el moro a su jaima con más facilidad que el madrileño a su pisito. Y cuando éste por fin franquea a un extraño las puertas de su intimidad no le dice a su mujer que haga una tortilla española, sino una de patatas o, lo más probable, algún plato vistoso con salmonela. Ni siquiera el francés, que además de poco acogedor es tacaño, recibe con tortilla francesa. Primero porque ese manjar se llama en Francia a secas omelette, sin adjetivo nacional, y segundo porque prefiere echar perejil a la tortilla y llamarla entonces omelette aux fines héroes, con finas hierbas. Cuando se trata de aparentar, lo más barato es un ajuste fino. TAMARÓN