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30 ABC ESPAÑA EN VACACIONES SÁBADO 22- 8- 87 Crónicas del verano r Pan y vino andan camino Otra vez las montañas Estábamos en la sierra de Caurel cuando interrumpimos el relato. Intentaba yo explicarles la imponente grandeza de este paisaje que a ratos es ün casi impenetrable bosque de castaños y otras veces la desnudez de unas cumbres inhóspitas, capaces de infundirnos temor. El agua cae de pronto en una rumorosa cascada al borde del camino. Cruza un conejito asustado a refugiarse entre los heléchos. Es el único ser vivo que encontramos desde hace mucho tiempo. Folgoso y Seoane de Caurel son dos pueblos escalonados en la montaña, pintorescos, llenos de carácter. Entre ambos, el puerto de El Buey, que no se distingue del resto del recorrido en curva permanente, en desnivel continuo. Pasado Seoane, el Lor se nos pierde por la derecha, donde debe tener su nacimiento. Este tramo de carretera es relativamente nuevo. En el mapa oficial de 1983 no existe todavía. Y en el del 85, que es el que manejo, aparece ya, pero sin decir sus kilómetros. Calculo que desde Quiroga a Piedrafita del Cebrero- donde desemboca en la general- hay unos sesenta kilómetros de curvas entre sierras. Bajar ahora hasta Villafranca del Bierzo es como un regalo para el conductor. Carretera ancha y lisa, bien peraltada y en continuo descenso. VHtefranca sigue siendo ese lugar acogedor por el que el cronista siente un afecto muy especial. Que se multiplica esta vez por la hospitalidad que recibe. Francisco Pérez Caramés, ganador del último Premio Luca de Tena, nos guía a ese paraje encantador que se llama Las Médulas, donde los romanos extraían oro por singulares procedimientos. Es como una breve cordillera donde la piedra arenisca tiene un deslumbrante color anaranjado. La explotación minera y los derrumbamientos que provocaba le dan a Las Médulas una configuración anárquica de afilados picos, de breves hondonadas que tapizan los castaños en flor, de misteriosas cuevas que perforan la entraña de los montes. Es un pequeño y mágico mundo donde la mezcla del verde y el naranja tiene una belleza indescriptible. Desde el mirador de Orellán, al que se sube por difíciles y empinados senderos, se abarcan los secretos rincones, los diminutos valles, las estrechas gargantas de este lugar encantador. En torno a Las Médulas hay pequeñísimas aldeas con techos de pizarra, casi escondidas entre los viejos y frondosos castaños, borrosos canales del antiguo sistema hidráulico y lagunas donde el agua vertía tras su tarea demoledora. Los romanos perforaban los montes e introducían en los túneles la presión del agua, traída hasta aquí desde los Aquilanos por medio de una complicada red de conductos y estanques. Los estudiosos calculan que extrajeron de Las Médulas algo así como un millón de kilos de oro en doscientos años de continuo esfuerzo. En el llano, la tierra de El Bierzo es esponja en cultivos primorosos, milimétricamente alineados. Viñedo, cereales, frutales y hortalizas convierten el paisaje en un huerto sin fin donde la gama del verde se despliega en cien distintos matices. El cronista se queda siempre con el deseo de instalarse en el parador de Villafranca, sin fechas que le obliguen, para recorrer palmo a palmo esta apasionante comarca: los viejos monasterios, las pequeñas iglesias románicas, los pueblecitos de piedra y pizarra con anchos balcones de madera, los románticos castillos, el legendario Valle del Silencio... Pero hay que arrancarse, sin ganas, de este paraíso. Nos perdemos, sin querer, por senderos de montaña en busca de Puente de Domingo Flórez, ya en tierras de Galicia. Hay una fina niebla matinal y pasamos aldeas casi primitivas, vacas que pacen guardadas por un chiquillo rubio y delicado como un paje, retorcidos senderos sin asfaltar. En Puente de Domingo Flórez- es como si el pueblo fuera de propiedad privada- dejamos el Sil a cambio del Cabrera. Los primeros kilómetros por la vega baja del río son maravillosos. Prados, huertos, apretados y altísimos árboles. Vegas de Yeres y Castroquilame se nos quedan atrás, casi oprimidos por. ese vegetal desbordamiento. En Pombriego comenzamos a subir por los flancos de las montañas, sobre el curso del río. Cuando nos acercamos a él todo el paisaje se convierte en un parque fresco y verde, la senda se empina bravamente en un ascenso casi vertical. El panorama cambia bruscamente y ya sólo nos acompaña la raquítica flora de las alturas. La soledad, la desnudez de las cumbres llega a impresionar. Ahuyentamos de la imaginación las consecuencias de una avería, de. un falso giro de volante en este estrecho camino al borde del despeñadero. Este es el reino de la pizarra, que cubre todas las viviendas de la zona. Pasamos junto a una solitaria industria donde se corta o se pule o se trabaja de algún modo la hermosa y oscura piedra. Y junto a una ermita puesta bajo la amorosa tutela de la Virgen del Valle, una punta de vacas nos obstruye testarudamente el camino. Sólo se apartan ante los furiosos toques de bocina y la inminente proximidad del coche. El mapa no nos dice a qué altura estamos. Tampoco precisa los kilómetros que recorremos. Desde Pombriego viajamos sin ayuda cartográfica. El sendero nada más, pintado de amarillo, junto al hilo azul que simboliza el agua del Cabrera. Odollo, Castrillo, Saceda, Corporales... Se desfleca el torrente sobre el costado de la montaña. Los pueblos son de piedra oscura. Flores violeta a orilla del asfalto. Y un agudo descenso donde hay que retener el coche en segunda velocidad, con ayuda del freno. Brillan los techos de pizarra bajo la luz del sol. En Corporales los han recubierto de paja. Desde Truchas estamos casi en el llano y el Eria ha sustituido al Cabrera. Ya hemos pasado lo difícil. Por campos más amables y caminos más llanos, León se nos acerca como un premio ganado con fatiga. Cayetano LUCA DE TENA Y, ADEMAS, TOCINO DE CIELO Cuando preparo el recorrido de cada verano elijo unos lugares donde descansar y escribir durante un par de días. Y es natural que entre ellos figure la ciudad de León en este viaje. Primero, porque es un fin de etapa lógico al venir de las tierras del Bierzo. Y segundo, porque el Hostal de San Marcos es algo así como un paraíso para cualquier viajero. Yo creo que a todos se nos alegra el corazón si vivimos rodeados de cosas bellas. Y en San Marcos, desde la fachada hasta el pasillo, todo es noble y hermoso y la más ilustre antigüedad se armoniza con las más modernas comodidades. A mí, la verdad, me choca el desaliño de algunos turistas extranjeros en este suntuoso y respetabilísimo marco. Hay mendigos por las calles de Madrid mucho más dignamente ataviados. Pero así son los tiempos y sólo algunos carrozas lamentamos su anárquica permisividad. En fin, vamos a lo nuestro. En el Hostal de San Marcos- que ahora está incluido en la red de Paradores- se come muy bien. Empezando por el principio, el gazpacho es más que discreto y la vichysoisse es buenísima, de gran categoría. En el capítulo de los pescados puedo dar fe de la excelencia de una merluza al ajillo y de un lenguado a la parrilla. Mi acompañante y yo repetimos estos pescados al otro día. El que comió merluza, pidió esta vez lenguado y viceversa. En ambas ocasiones quedamos altamente satisfechos. Esa carne de la pantorrilla de las reses que unos llaman morcillo otros zancarrón y otros jarrete estaba aquí tan tierna, tan melosa y tan finamente preparada, que me convirtió de nuevo en carnívoro entusiasta. A mí no me gusta luchar a diente partido contra una resistente musculatura. Quiero que ésta se rinda sin condiciones a la presión mandibular. Este jarrete, con su salsa rica en cebolla, tenía la consistencia justa para consumirlo con placer y recordarlo con nostalgia. De los postres hay que hablar muy en serio. La tarta San Marcos hace honor al establecimiento. Es la más leve, la más aérea y delicada que yo haya probado nunca. Y el tocino de cielo... Aquí hay ya que tirar cohetes, poner colgaduras y sacar a la calle la banda de música. El tocino de cielo es sensacional, y lo digo yo que he probado muchos y muy buenos, en Levante, en Andalucía y en Cataluña y en el mismo Madrid- donde en Aneguris, de Claudio Coello, lo preparan celestialmente- y que tengo en la familia una mujer que hace de este dulce una auténtica obra de arte. La tarta de moka, los canutillos de crema... Todos los postres eran agradables. ¡Pero ese tocino de cielo! Si León no estuviera tan lejos de mi casa allí estaría yo todos los días disfrutando de su casi líquida dulzura, de su casi divina suavidad. C. L. T.