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EDITADO PRENSA POR ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 22 DE AGOSTO DE 1987 FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA ABC REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID ON las siete, y la mañana, fresca y delicada, me lleva a los rincones del campus universitario que lograron evadir la invasión del cemento. Aquí, cerca del teatro, está el memorial de los poetas. Tres cabezas en bronce de tres hombres que sintieron y amaron a Puerto Rico y que, en el lejano ayer, fueron mis amigos: de izquierda a derecha, las imágenes de Juan Ramón Jiménez, Luis Palés Matos y Pedro Salinas. El puertorriqueño flanqueado por los españoles, y los tres, reunidos en la muerte, sienten en el rostro la brisa isleña, suave como una caricia. Detrás de mí dos muchachas susurran una canción de estas tierras, un bolero que resistió la erosión del tiempo, pues sus notas suenan aquí y no sé dónde, ¿playa del Condado? ¿Luquillo, quizá? en una hora apagada de la memoria. Las chicas no lo saben, pero ahí cerca, y ¡tan lejos! los poetas están oyendo la leve música, ahora diluida en el alboroto de los pájaros nuevos. Si ellas se fueron, los pájaros se quedaron cantando, como uno había dicho. Son y no son los presentidos en el poema; su alegría, que todo lo invade, convoca presencias insólitas. Esbeltas figuras de sombra llegan de mundos lejanos: Francina, Filí Melé, la sencillamente llamada Tú... ¿Invenciones? Por supuesto: invenciones de la realidad perdurable en que el poeta se instala para la eternidad. Una alondra- o su equivalentese ha parado en el borde del banco inmediato; corrotea luego sobre la yerba y vuela y gira, loca, en torno a Juan Ramón, portadora del mensaje que su canto anuncia. Me dejo llevar a la divagancia. Estoy en otro parque, junto a un río caudaloso: sigo el vuelo de Francina que corre desnuda por el jardín en sombra perseguida por el joven que con lilas llenas de agua le golpea las espaldas: risas, caricias. Y vuelve la alondra a mi lado y alza su cabecita, interrogándome, callada un momento antes de volver al poeta. Se fueron las muchachas y el bolero. Estoy solo, rodeado de silencio, y silencioso es el paso con s 1 PÁJAROS DE PUERTO P todos y única para él. Descendió la nube, tan baja que pudiera que se acerca, sin verme, la mujer rozarla si rozarla fuera posible. Dede oro y canela, tan hermosa como finitivamente, velo, gasa, envolvió, él quiso que fuera, la amada inmor- íntima, la cabeza de Salinas, destal, la que desplazó el tun- tun de cansó en ella un instante y empujapasa y grifería para ceder al arque- da por los pájaros se perdió en el tipo. Fili Melé, arquetipo, pero ¿de cielo fundiendo su blancura con lo qué? Sin modelo al que ajustarse, azul. nacida no de las aguas como la Sonó en el palpitar de la mañana antigua, sino de las turbulencias de la discreta llamada del recuerdo: un un corazón apasionado. No, no me abrazo en el aeropuerto y el cheva. En su mundo no existe. Llegó vrolito verde llevándome a Río Piehasta las cabezas que el sol en- dras; una taza de té con el profeciende y miró a los ojos de Palés: sor, quejoso de que a los chicos dijo algo que no pude entender, no les gustara Espronceda; temprapero si oí la vibración de su pala- na noche en el Palace de Santurce bra en el bronce. y el entusiasta abrazo del alquimisMe levanto. No hay nadie, salvo ta del verbo. los pájaros y yo. ¿Dónde cantan Hablaban los árboles y yo no salos pájaros que cantan? Sí, ya lo bía entenderlos; el órfico andaluz sé: cantan aquí y puedo oírles; callaba. Dejé atrás los grandes cantan en aquel recinto paradisiaco castaños de Indias hacia la Residonde las almas sueñan esperando dencia; buscando en laberintos ina quien vendrá, y allí no puedo oír- teriores lo que fuera no encontraba. los. Su canción secreta, como la Un libro para escuchar en sus págidel marinero, es sólo para quien nas las voces que callaban. con ellos va. Un automóvil arrancó cansinaUna nube blanca, tenue, sutiles mente, perezoso, en busca de la velos transparentes, cubre parte del cielo. No se parece a las coti- salida; un hombre joven se aquietó dianas; no ha venido de ninguna en el bordillo de Correos. Desde lo parte. Alboroto de pájaros saludán- alto de su pedestal, don Miguel dola desde su altura, bañándose contemplaba el infinito: busto entreen ella, un momento, para reapare- pechado, cabeza de águila, bronce cer más luminosos y entusiastas. también. Le creí solo y quise acomMultiforme, la nube es ahora vela, pañarle un minuto. Solo no estaba. después onda o pez, figura indeci- Al pie del pedestal, el picaflor le sa que podría serlo todo: música entretenía, yendo y viniendo en- terranal, aunque de tan a l t o- busca de no sé qué, chismorreancanto, colores de juventud bajo la do para desviar la atención de Unamuno de la categoría a la blancura... anécdota. ¿Eran rosas chiquitas las Apenas pude reconocerla, tan ju- que aquél buscaba? Voló el avecivenil, ojos claros, melena adoles- lla sobre la cabeza y de allí en dicente, paso seguro, sonrisa a la rección al Oeste, donde el Caribe que se debía la voz del poeta, ra- se llama Atlántico y se divisa la zón de amor y por eso semejante ruta de las carabelas. Apenas empezaba el largo domingo. Otro automóvil cruzó, y otro después, y otro más tarde. No dejaba de mirar al maestro y cuando él miró imaginé que me reconocía, a su lado, Castellana abajo. Estoy seguro de que sus ojos transmitieEDICIÓN INTERNACIONAL ron un mensaje, pero no supe descifrarlo. Sonó el reloj de la torre: Para hacer llegar sus mensajes dio las ocho, y en seguida el caricomerciales a todo el mundo. llón se lanzó a competir con los pájaros que, ebrios de luz y de sol, llenaban el cielo de Puerto Rico. Ricardo GULLON