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VIERNES 14- 8- 87
El presidente del Consejo General del Poder Judicial, desde su descanse
Hernánd
La principal figura del Poder Judicial español, Antonio Hernández Gil, es un extremeño de setenta y dos años de edad poseído, hermosamente, por un instinto democrático esencial. Un sentido que situaríamos, para entendernos, en el olfato, que es donde los perros de su Después de la tormenta del pasado julio- siempre en las prevacaciones hay una sobrecarga de trabajo comenta- Hernández Gil pasa unos días de descanso en Villaviciosa (Asturias) que es la población natal de su esposa y muy cerca de donde Carlos V desembarcara a su llegada a España para terminar, después, en la soledad amarga y celestial de Yuste. El trayecto vital de Hernández Gil es, al menos en lo geográfico, inverso al del Emperador Carlos. Por lo demás, el rostro del jurista parece un campo en barbecho, su mirada es limpia, y vive rodeado de familiares y de libros. A lo largo de la conversación, al periodista se le fue la imaginación varias veces pensando que hablaba con un diplomático, en el claro sentido que el pueblo da a su vecino cuando lo califica de diplomático, y quizá en esa sensación influyó algo la nobleza de las maderas de la casa en que hablamos y hasta haber descubierto un crucifijo rescatado por el propio Hernández Gil y que preside la sala ya ve usted, para que después me critiquen por haber retirado el crucifijo del Congreso en una época muy concreta... -Podríamos comenzar, señor Hernández Gil, echándole una ojeada a la situación del país, a la actualidad de eso que siempre se llamó el problema de España. -N o soy un optimista temperamental, sino que soy reflexivo, algo cauteloso, dubitativo, como puede ser un intelectual. Sin embargo, compruebo que mis juicios o mis previsiones no suelen ser tan pesimistas como son los de otras personas. Mi modo de pensar en el futuro no envuelve ese ser o no ser que compruebo en algunos contemporáneos. Quizá se deba a que cuido mucho toda especulación sobre el futuro. Estoy acostumbrado al pensamiento científico, que se basa en la experiencia, y que contempla hipótesis, pero no puede hacer previsiones, sobre todo en el campo de las ciencias sociales, que es en el que yo me muevo. En el de las matemáticas o en el de la Naturaleza sí pueden existir previsiones. Acepto todo futuro a que nos conduzca la democracia, y así he pensado siempre. Nada ha evolucionado en este aspecto, y mi pensamiento político esencial ha sido siempre ese. Algo tan elemental como no creerme autor u ordenador de cómo ha de ser el futuro de un pueblo. Debemos hacerlo todo entre todos, sin que exista apropiación alguna. -Hace diez o doce años ¿soñaba con que la actual madurez democrática iba a ser posible? -No. Le puedo decir que cuando vi algo tan espectacular como la revolución de los claveles, en Portugal, no pensé que fuésemos a imitar literalmente a los portugueses y hasta dudé que España fuese capaz de encontrar una fórmula por la que se evitase un trauma social profundo y se produjese un cambio político esencial. Después vi, con muchísima alegría, que lo hicimos mejor que en Portugal. Vi, en las primeras Cortes, desde un puesto de privilegio, que el hecho de que las personas tuviesen biografías antagónicas propiciaba su encuentro. Llegaron como diputados señores que habían utilizado aquel edificio a diario, y había otros que se habían pasado treinta años en el exilio... Y todo aquello sirvió para la aproximación, sin que las contradicciones generasen antagonismos. Los méritos fueron de todos por igual. Y no fue algo meditado ni estratégico, sino una espontaneidad. Al cabo de tan-
terrorismo es
de caza tierra tienen la inteligencia. La cabeza es noble, y quizá tenga algo de romana, como si procediese de una excavación de Mérida. El esqueleto, de buena estatura, mantiene una moderada desproporción con la habitación en que este hombre conserva los recuerdos y los sueños. tos años se había propiciado el reencuentro y había unos intereses comunes que se sobreponían a todo lo demás. Yo presidí una comisión Congreso- Senado que resolvió las discrepancias existentes entre los dos textos de la Constitución que habían sido elaborados, y en los que apunté unos doscientos matices distintos, incluidos aspectos importantes o cuestiones de simple puntuación. ¿Cómo resolver aquellas diferencias? Había varias fórmulas, y una de ellas era muy fácil: recurrir a la votación, y el partido en el Poder, que era la UCD, tenía la mayoría en la Comisión. Pero no se votó ni una sola vez. No fue necesario. Alguna vez, quizá un poco de broma, amenacé con que nos íbamos acercando a la votación. Pero se cumplió el propósito de alcanzar un acuerdo, no porque todos pensasen lo mismo sino porque creíamos que era importante, como fórmula, alcanzar el propio acuerdo. Y sólo hubo una reserva de voto que, al final, y viéndose en solitario, fue retirada. -L a convivencia española ¿puede llegar a un grave deterioro por razones de pobreza, de terrorismo, etcétera? -Si el fondo democrático fuese sometido a prueba, sin duda resistiría. Prefiero que, dentro de la normalidad democrática, tengamos altibajos, curvas, vaivenes, que son accidentes naturales. -Pero no faltan quienes culpan a la democracia de ciertos males. -E l sistema de autogobierno no se puede poner en cuestión, lo cual no quiere decir que no sea susceptible también de críticas. No soy capaz de pensar de otro modo. Por otra parte, creo, que la democracia aporta el hacerlo todo producto de todos, más o menos natural o artificialmente. Recuerdo que, siendo presidente de las Cortes, se me plantearon algunos problemas muy delicados por la singularidad de aquella situación: llegamos a un momento en que nos faltaba hasta saber organizar el acto de inicio de la legislatura, señalar cómo comienza, cuál es la intervención de Su Majestad el Rey, decidir quién ha de hablar, etcétera. El decreto- ley para cubrir aquel vacío había que descartarlo porque exigía la intervención de unas Cortes que no estaban funcionando. Me vi en la necesidad de elaborar unos criterios normativos para aquella circunstancia y, antes de publicarlos, los sometí a la consideración de todos los partidos políticos. Hubo una aceptación de mi propuesta, y no un consenso como algunos dijeron. Al elaborar aquellas normas veía la imposibilidad de concebir un reglamento como producto de una mente individual. Toda norma ha de tener un origen colectivo. No se puede hacer el derecho al dictado de un modo de pensar, o de saber o de creer. Para darme a mí mismo la impresión de que no era el autor de la norma, traté de buscar las grandes directrices de distintas épocas, leyendo hasta el Reglamento de mil ochocientos diez, anterior a la Constitución, y otros muchos textos a partir de principios del siglo XIX. Todo esto se lo digo para subrayar las dificultades que existen cuando no se puede elaborar una ley democráticamente.
En democracia debemos hacerlo todo entre todos, sin que haya apropiación alguna En las primeras Cortes vi que el hecho de que las personas tuviesen biografías antagónicas propiciaba el encuentro El sistema de autogobierno no se puede poner en cuestión, lo cual no quiere decir que no sea susceptible de críticas
La independencia de los jueces
¿Qué le preocupa ahora al presidente del Consejo General del Poder Judicial? -E n el Consejo constituimos un grupo con relaciones muy cordiales, y no hay problemas internos. Uno de los problemas que nos preocupan es que, desde el exterior, no se tiene una visión íntegra de la Justi-