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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 12 DE AGOSTO DE 1987 ABC dardo en la palabra REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA HORREA ardor s o b r e Madrid esta tarde de agosto. El aire pesa inmóvil y suspende el aliento a todo el censo. Sólo unos cuantos automóviles se apresuran por la calle y algunos motociclistas que, de cuando en cuando, pasan a escape libre proclamando estruendosamente lo turbio de su linaje. ¡Qué plenos, qué realizados deben de sentirse sobre el sillín lanzando su estrépito hormonal contra oídos que, esta tarde, hace más delicados la somnolencia! ¡Qué inmenso poder el suyo, exhibiendo magnífica su presencia sobre el asfalto desierto y blando! ¿Podemos calificar su alarde de visceral? Siento duda al leer en el diccionario que viscera es cada uno de los órganos contenidos en las principales cavidades del cuerpo humano o de los animales No parece que aquellos horribles rafagazos de ruido procedan de una cavidad, antes al contrario. Y, sin embargo, deben de ser visceras. Todo apunta- luego lo veremos- a que lo sean, y entonces convendría ensanchar la definición académica. No era viscera un vocablo frecuente en nuestro hablar cotidiano. Preferíamos entraña (s) o el nombre de cada una, estómago, corazón, riñon... sobre todo en los guisos. Impresionaría comerse una viscera, porque parece más de mesa de autopsias que de culinaria. Menos aún se ha usado esa palabra, o el adjetivo derivado visceral, en sentido figurado. Las entrañas y sus cálidas variedades sí, haciéndolas responsables de actitudes y sentimientos íntimos. Carecer de entrañas o de corazón o de estómago es antiguo y acreditado modo de hablar; como lo es el empleo de tal casquería para referirse al valor: tener corazón, hígados o redaños, y, sobre todo, aquello de la presunta cavidad (o sus metáforas, tipo agallas: no hace falta recordarlas) Pero, repito, viscera no había producido sentido figurado alguno, hasta hace pocos años, en que empezó a hablarse de actitudes, odios o comportamientos viscerales, queriendo significar que proceden de un fondo irracional incontenible. Se trata, claro es, de un extranjerismo, un galicismo en este caso, que también el italiano ha recibido. Pero mientras, en esas lenguas, tal adjetivo parece libre de connotaciones referentes a ninguna viscera concreta, me parece percibir en los usos españoles una insidiosa referencia a las que estimulan los ruidos del motociclista. Maravillosamente puedo confirmarlo con una sentencia judicial de hace seis años, que acaba de llegar a mis manos, sin que el tiempo le haya mermado autoridad. Es tan explícita y bien fundada, tanto he gozado con ella, que, acogiéndome a C VISCERAL la sentencia escolástica, según la cual el bien es difusivo, no he resistido el deseo de compartirla con mis lectores. Fue ocasión del litigio una asamblea en determinada empresa: en ella, un empleado aludió al jefe de personal ausente, llamándolo el socialista de Caparros y añadiendo que si tenía c... acudiera allí a explicar su comportamiento. El señor magistrado de Trabajo, estimando que sólo un ánimo de injuria podía dictar tales palabras, condenó al malhablado a quince días de suspensión de empleo y sueldo. Pero había que justificar el fallo de modo persuasivo, entrando en los recovecos de la psicología y de la sociología hispanas, y estos fueron los considerandos: En un país tan primario y visceral como es el nuestro, en que todos los atributos relativos a la virilidad gozan de una primacía popular sobre los relativos al intelecto, el poner en entredicho el valor de un hombre, con alusión expresa a aquellas glándulas, consideradas secularmente como acervo mágico de las actitudes gallardas, revela una paladina intención de descalificarle socialmente en la parcela de su identidad de mayor resonancia para su reputación personal No cabe duda, pues, de que el magistrado consagra esa relación unívoca entre lo visceral y las glándulas del sur varonil. Y de que, al poner en entredicho el ofensor que el señor Caparros las poseyera, estaba ridiculizándolo ante un país tan visceral, tan glandular como el nuestro. Tiene razón el togado al calificarlo así, y aprovecha bien la reducción semántica que está recibiendo el vocablo, claramente machista; tal reducción sugiere que las mujeres carecen de impulsos viscerales. Lo cual es falso de remate. De ahí que los idiomas francés e italiano, mucho más equilibrados en el tratamien- EDICION INTERNACIONAL Un medio publicitario único para transmisión de mensajes comerciales a ciento sesenta naciones to de los sexos, carezcan de t a n inexacta y parcial limitación. Si vuelve el lector los ojos a l t e x t o transcrito, podrá admirar la. acertada queja por el hecho de que nuestro pueblo otorgue primacía a las visceras por antonomasia sobre el intelecto; de lo que se sigue, justamente, nuestro endémico atraso científico- técnico. Y se asombrará también de la briosa audacia del estilo, capaz de esa metáfora egregia que convierte aquellas glándulas en acervo mágico de las actitudes y reacciones gallardas ¿Un Góngora, un Paravicino? Simplemente, un inspirado licenciado en Derecho. Pero su sentencia no acaba ahí, sino que le añade algo de suma enjundia moral; alude, en efecto, a la desgraciada propensión de algunos de nuestros ciudadanos de entender la democracia- y el régimen de libertades que ella comportacomo una patente de impunidad para injuriar y escarnecer a sus contrarios En estos tiempos, tan dados a desprestigiar la justicia y a los jueces, estas palabras refulgen con brillo especial, por su cordura y civilidad. Me gustaría, no obstante, que esa censura incluyese también a los miserables que, esta tarde abrumadora de verano, y, lo que es peor, todas las noches, circulan atronando adrede con sus motos la ciudad. Visceral y su abstracto visceralidad: no son malas adquisiciones para nuestra lengua, siempre que no destierren- l o que ya está ocurriendo- otros modos de decir lo mismo. Un odio, por ejemplo, puede ser irracional, profundo, incontenible, incontrolable, sarraceno y mil cosas así; no necesaria y aburridamente visceral. Lo poco usado de viscera confiere, además, a aquellos vocablos un halo de pedantería, que jamás han rehuido los franceses. Los cuales, en el restaurante, piden la addition (sí, también la compte) mientras nosotros nos conformamos sólo con la cuenta semianalfabeta. Con todo, hemos de estar alerta contra la tendencia, judicialmente demostrada, a la localización monográfica de lo visceral: acabaría haciendo inútil la importación, pues habrían de rehusarla todas las personas comedidas y de palabra culta. Conviene, por ello, que, al utilizar el galicismo, pensemos en cuánto albergan pecho y panza, es decir, en las entrañas propiamente dichas- l a s del diccionario- de donde proceden los sentimientos irrefrenables. Sería fatal para el porvenir del vocablo que se llegara a hacer las cosas por visceras Fernando LÁZARO CARRETER de la Real Academia Española