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36 A B C VEINTICINCO AÑOS DE RAMÓN PÉREZ DE AYALA MIÉRCOLES 5- 8- 87 FECTIVAMENTE, en un agosto augusto y cálido- caluroso al ciento por cient o- murió Ramón Pérez de Ayala en Madrid, un día del que no tendríamos el recuerdo de no ser por este ABC que lo mantuvo en vilo- y en la postrer gloria de sus artículos- y por ese joven y ya consagrado investigador de Andrés Amorós que ha ido resucitándolo en cada una de las novelas anotadas críticamente. Hoy se le puede considerar como uno de los grandes novelistas españoles del siglo XX. Y aún no faltará quien lo eche a competir por un primer puesto. Dejémoslo estar. Pero puede decirse que Pérez de Ayala, con tres libros de poemas- o versos como en 1904 se llamaban- siete grandes novelas, Troteras y danzaderas, A. M. D. G, y Tigre Juan entre ellas; tres breves pero maravillosas novelas poemáticas, incluida esa obra maestra que es La caída de los limones, más varios tomos de relatos, crónicas y artículos, etcétera, defiende una inalterable posición de novelista universal, por su madura concepción intelectual y su vigoroso estilo irónico. Alguien podrá juzgar desmedida la comparación con los Hesse, o los Mann, si no tiene en cuenta determinadas circunstacias. No es fácil conquistar unanimidades desde la actividad política y menos de una actitud- resoluto el ademán y el gesto petulantecomprometida con la inteligencia. Pérez de Ayala se adelantó a lo que llamaríamos un escritor engagé, un escritor consciente. Bienes y éxitos le vinieron de tos puntos de su pluma, pero otros imponderables explican sus males y los fracasos. Le fue negado el capítulo de famas y honores, con empecinamiento y mala suerte, el premio Nobel cuando todo hacía presagiar la benevolencia de la Academia sueca. Es un suceso que merece la pena contarlo, pues confirma, una vez más, que España es diferente y que los demonios familiares aparecen cíclicamente, obsesivamente, cuando se trata de apoyar a un compatriota. Pérez de Ayala mereció y perdió el premio Nobel en tres ocasiones por la actitud irresoluta de las propias instituciones españolas. Un puñado de cartas- sobre todo, su correspondencia con Miguel Rodríguez Acostaprueban, explícitamente, esas ocasiones perdidas: 1929, 1930 y 1949. En. esas cartas cuenta las tribulaciones de quien ve pasar rozando un galardón de tal calibre y, por fas o por nefas, se aleja de sus posibilidades. Ramón Pérez de Ayala fue víctima del desgarramiento cainita de la vida española, en general, y de la vida académica y literaria en particular. El caso no es nuevo y se repitió, con alevosía a lo largo del siglo XX, con figuras que hoy parecen ciertamente desvaídas- Ángel Guirnerá y Salvador Rueda- pero con posibilidades tan ciertas que llegaron a estar incluso votados. La insolidaridad y la falta de sentido práctico- siempre con la disculpa de que otros eran mejores- -los dejó compuestos, tanto al autor canario de dramas regionalistas como al simple coplero malagueño. Cansinos Assens narra en toda su verdad la enemiga de aquellos académicos que escribieron al embajador Julio Vattmijana, oponiéndose al triunfo de Salvador Rueda. Hay un caso sangrante, el de Pérez Gal- 1 dós, que prefigura sin duda- por sus especiales implicaciones político- religiosas- el affaire en que se vería más tarde envuelto Pérez de Ayala. Cuando la Academia sueca ya tiene en la recámara su cañón literario, al autor de los Episodios Nacionales algunas ligas católicas y determinados órganos de Prensa- cuya cita hoy nos ruborizaría- hicieron una buena disposición para el reconocimiento mundial del gran filósofo. Pérez de Ayala tenía, por su parte, los enemigos dentro de casa y, tanto su candidatura como la de Ortega, habían de encontrar fuertes resistencias, por su ideologismo, por sus actitudes claramente morales. Es necesario tener en cuenta que el autor de Tigre Juan pertenecía a la generación del 14, tanto o más significativa desde muchos puntos de vista que la del 88 (Ortega, Marañón, D Ors precisamente) y desde luego mucho más incómoda. Y no olvidar que sólo en 1983 pudo contarse con la reedición de A. M. D. G. después de cincuenta años de reserva. Pérez de Ayala establece, en su correspondencia, sus posibilidades al Nobel, aunque se le escapa- o no aborda- la inextricable trama más profunda de una sociedad aletargada e inmoviiista. Las cartas a su íntimo amigo Rodríguez Acosta dejan constancia de su respeto intelectual, de su discreción y cortesía, que no le permitían adivinar las resistencias del diamante hispano. Las aguas de la discordia bajaban por otros puentes. Sabemos que el nombramiento de Perico Conde- como Ayala lo llama- ministro de España en Estocolmo, con el que le unía una amistad de toda la vida y con excelentes relaciones sociales, propiciaba sin duda su candidatura al galardón sueco. El académico Casares, sin embargo, trabajó por encauzar el nombre de Menéndez Pidal, obligando al escrupuloso novelista turiano a renunciar, sin ventaja para nadie. Menéndez Pidal, que le había apadrinado, fue el propuesto, sin conseguir el premio. Corrían los años 1929 al 1930. Hubo un nuevo intento para Ramón Pérez de Ayala, al ser presentado por el duque de Alba como presidente de la Academia de la Historia, y por el propio Menéndez Pidal. El nuevo ministro en Estocolmo, López Olivan, le confirmó al interesado que ya estaba decidido el darle el premio e, incluso, en una recepción en Londres, el príncipe heredero de Suecia le presentó como el Nobel de 1934. En Madrid, la reacción no se hizo esperar y los patriotas muñidores literarios lo contrapesaron con Unamuno, Ortega, Azorín y Baroja, etcétera, en un dudoso juicio salomónico. El Nobel viajó a Italia en busca de Luigi Pirandello. Y, por último, en 1949- según las cartas citadas- todavía Ayala albergaba una cierta ilusión de recibir el premio. El duque de Alba seguía en la brecha y Menéndez Pidal estaba dispuesto a corroborar la iniciativa... Claramente el tiempo había pasado para sus aspiraciones, con independencia de que la obra de Ramón Pérez de Ayala disfrutase de una valoración máxima en ciertas Universidades americanas y europeas. La Academia sueca, en un guiño espectacular y quién sabe si con ánimo de pacto, derivó las expectativas españolas, años más tarde, a Juan Ramón Jiménez- implecable Nobel, justo Nobel salvo para determinados miembros de la generación del 27, por ejemplo- que, krausista y gineriano, también no presentaba el saldo polémico del autor de A M. D. G. Ni, por supuesto, su lucha abierta por el regeneracionismo institucionista y su deshaucio de una cierta hiperreligiosidad abusiva... Florencio MARTÍNEZ RUIZ campaña en contra, con envío de telegramas (en francés y toda la pesca, a tanto la línea) con tasa de treinta y seis céntimos por palabra, con esta expeditiva leyenda: Galdós no es un digno premio; sí, en cambio, lo es Menéndez Pelayo, representante de España Ya se sabe que el Nobel, por tratarse de una suculenta rebatiña- s u baremo crematístico sobrepasa los veinticinco millones de pesetas- suscita ambiciones y celtipias sin cuento. España añade siempre algunas de sus endemias tradicionales- e l recelo del triunfo ajeno aún más que la envidia- y así arruina los pronósticos más favorables. Desde Ortega y Gasset hasta Salvador Espríu, raro ha sido el escritor español que no haya alimentado ilusiones. Nombres como Ana María Matute, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Antonio Buero Vaüejo, Gonzalo Torrente Ballester pueden ser la sorpresa. Pero también un nuevo fracaso. Y todo porque las Academias españolas, las Universidades y los propios escritores jamás se pusieron de acuerdo. En el caso de Ortega y Gasset, nunca las negociaciones pudieron llegar a buen puerto. La época de la posguerra española no contemplaba todavía compases liberales y la cultura nacional huía de determinadas identificaciones. El embajador Alfaro ha contado alguna de las gestiones que cayeron en saco roto, en 1954, cuando los profesores de la Universidad de Estocolmo- que no Lunkvist o Gyllentsteinm, simplemente- estaban en