Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
MIÉRCOLES 5- 8- 87 VEINTICINCO AÑOS DE RAMÓN PÉREZ DE AYALA Las cartas boca arriba A B C 33 Afilada lengua Biarritz, 15 junio 39. Querido Sebas: ahora, hacia el Ángelus vespertino, se me ocurre que cuando hoy a prima mañana te escribí estaba pensando más bien en el artículo que tenía que escribir que no en lo que a ti te escribía. Lo digo porque creo recordar que te dije algo de las cosas grandes, con motivo de las fotografías de tus esculturas. Las fotografías, no las esculturas. La obra de arte no es cosa de tamaño, sino de calidad. La calidad de tus obras es única. Las he vuelto a examinar con lupa. Son preciosas. No sé cuál me place mayormente. Descubrimiento sorprendente... En la estatuilla de Peque me parecía que quizá la dimensión de la cabeza estaba rebajada, con relación al canon del cuerpo. En la fotografía me hace el efecto de que la cabeza es un tantico grande por demás. Acaso es un espejismo. También aludí en mi epístola al abominable (X. X. Circunciso vergonzante y apóstata, se dispara, por fingimiento y para despistar, en retóricos improperios y lugares comunes contra el judaismo, pero al propio tiempo exalta y lisonjea servilmente todo aquello y aquellos en donde adivina un reflejo o presunción disimulados del modo de ser judaico, en lo que la imperecedera alma de Judá tiene de más hipócrita y rastrera, y por correspondencia de más insolente e imperativa cuando por ventura, o desventura, ella manda. Se le obliga a ponerse en cuatro patas y lamerle a uno las botas; encima, da las gracias. Pero, como la insensible y elástica pelota, cuanta más fuerza pones en lanzarla a tierra, a tanta mayor altura rebota. Hombre inmundo y letrinal. Hace tiempo escribió un libro que era la objetivación de su subconsciente. Para él un hombre no es sino sus defecaciones y orinas. Se refocila en las heces. Tiene temperamento y perfil de rata de cloaca, ese roedor de ferocidad más carnicera que el tigre, aunque de miserables facultades. No concibo cómo nadie puede vivir en su vecindad ni proximidad (jamás crucé con él la palabra y apenas si le conozco de vista) pues su aliento debe de ser de asafétida y provocar náuseas. Ha nacido para lombriz intestinal. Y si logra asomarse al lóbrego y angosto círculo de ese orificio, sin duda se figura hallarse en el centro de infinitos horizontes. Todo esto lo digo sin animosidad, como lo pudiera escribir Teofastro. No sé que se haya metido conmigo. Una vez que, hace años, sintió una tímida veleidad a ese respecto le salió la burra mal capada. Y vamos con Ortega. Es adorable. Dices que su cabeza es de guitarrista o torero viejos. Es de gitano. Ortega es apellido gitano. Su padre era un gitano clavado. Como sus congéneres, vivió en la edad del oro, dichosa edad y tiempos aquellos en que no había noción de lo tuyo y lo mío; edenismo económico que se viene transmitiendo hasta los nietos, los cuales, por otra parte, no han heredado ningún hechizo de gitanería. El estilo literario de los dos Ortega, padre e hijo (en el hijo, infinitamente más refinado) es el del cante jondo. Sus metáforas son de copla flamenca, casi palpables y visibles: Sub specie theatri como en un tablado. En los dos, un temperamento y naturaleza histriónicos: no estudiados ni conscientes, sino espontáneos. Ne- cesitan de público y éxito inmediato, audible. Sin desdeñar el triunfo resonante sobre la multitud, prefieren el público reducido y elegido de colmado (o cenáculo) como el cantaor de la juerga. Sólo un acompañante, el guitarrista, que acomoda las falsetas y el ritmo a la voz, modos, circunstancias y arbitrio del cantaor. Un grupo de jaleadores, propensos al éxtasis; mujeres sentimentales (o señoras intelectuales) y señoritos calaveras (o pedantuelos, a quienes se les ha subido a la cabeza las primeras libaciones de la cultura, no siempre auténtica) No necesita más el cantaor para sentirse endiosado. Y no digamos si algún extranjero ocioso llega a interesarse en este curioso fenómeno. Esta es la enorme personalidad de Ortega. Tan enorme que temo que es invencible, aun para él mismo. Dentro reside una inteligencia extraordinaria. Siempre he cavilado si su personalidad no ahogará en parte a su inteligencia. Los efectos de la personalidad inmediata pasan con la propia personalidad mortal. Los cantaores de antaño ¿qué se hicieron? ¿Quién conoce su nombre? y, si lo conoce, ¿de qué sirve? ¿Comprendes lo que quiero decir? RAMÓN Catón español Biarritz, 9 febrero 1939. Mi querido Sebas: No sé cómo me las arreglo, pero no hallo hueco ni coyuntura por donde dar salida a las efusiones epistolares hacia las personas más queridas, entre escribir, para lectores innominados, incógnitos y quizá indiferentes, leer, cavilar y estudiar. Sí, estudiar también, aunque no en la medida de mi apetencia. Desearía rehacer mi instrucción primaria, que, entre españoles, es tan deficiente, y de aquí la maravillosa suficiencia con que solemos producirnos los españoles. Catón, el antiguo, comenzó, a formar su cultura a los sesenta años de su edad. Nunca es tarde si la cultura es buena. Siempre ha habido en mí- s e me figura- ciertos gérmenes larvados, pero vehementes, de catonismo. Temo que esa tendencia no se consolide, o, cuando menos, que se atenúe y acaso se estrague a causa de mi veneración a Baco destilado, mi adhesión al tabaco sustantífico y mi flaqueza por la buena cocina, junto con otras caprichosidades suntuarias o fútiles. Ello es que durante el plazo, ya nada corto, de nuestra vida, la estructura del mundo, que imaginábamos ajustada de una manera relativamente estable, ha caído en ruina total por dos veces, y hubimos, o habernos, de elevar un edificio inédito sobre escombros. Estas empresas de la arquitectura de la conciencia (sobre el cimiento de una conciencia desolada) son bastante más difíciles y dolorosas que las reconstrucciones de albañilería en la arquitectura urbana. Sobre el terreno primitivo de nuestra alma, tal como se hallaba ya establecido y cultivado, con esperanzas de rendimiento fecundo, en nuestra juventud, se han derramado y adensado dos nuevos terrenos advenedizos: uno de aluvión- l a guerra europea y la posguerra- y otro la lava volcánica- nuestra revolución y guerra civil- Para reconocernos, tales cual fuimos no hace mucho, es menester llevar a cabo excavaciones psíquicas casi arqueológicas. Destino semejante al de nuestra generación no creo que se haya dado jamás en el mundo. Te hablo en alegoría, porque es la forma más sintética y sugestiva. Para organizar, dentro de la propia conciencia intelectual, y solevar en sus hombros la pesadumbre de este nuevo mundo, todavía incierto e informe, se necesita la concentración y las fuerzas espirituales de un Atlante, cuyas sólidas piernas, en que apoyarse, no pueden ser sino la Soledad y el Tiempo. No te extrañe, pues, mi retiro ni mi silencio. Antes bien, todo me va siendo extraño, si no es mi deseo de conciencia clara. RAMÓN