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GENTE Nuestros fluidos corporales Gagarin, el duende del castillo ODOS los pueblos miran a las estrellas; los europeos son los únicos que van allí a ver qué hay. La frase es de un pintor, no recuerdo su nombre. ¿Que hay americanos? Claro. Pero, sin necesidad de citar a Von Braun, me acuerdo de lo que dicen que le dijo Johnson a Kennedy cuando éste se enteró de que los rusos se les habían adelantado: ¿Por qué han llegado ellos primero? preguntó Kennedy; y su vicepresidente le contestó: Porque sus alemanes son mejores que los nuestros. De modo que somos los únicos que vamos a ver qué hay allí. En su etnocentrista simpleza, esta frase da cuenta de todo un hecho de civilización: los europeos estamos, por metabolismo espiritual, condenados a jugarnos la vida- y jugar con la de los demás- para descubrir qué hay más allá de lo que nuestros sentidos nos impiden ver. La antropología de un Arnold Gehlen da cuenta de esta pulsión fáustica: el hombre tiende por naturaleza a enfrentarse al medio creando un aparato material (la civilización, producto de la cultura) que le permite dominar su entorno; los etólogos de la escuela de Konrad Lorenz añadirán que, si el hombre tiene esa necesidad, es porque se trata de un animal cuyos instintos carecen de programación, es decir, porque es un animal biológicamente más débil, que necesita útiles para sobrevivir y los incorpora a su patrimonio adaptativo. En ese dominio de los útiles, en esa creación de la técnica, los europeos han (hemos) sido los más avanzados. También los más suicidas. El mayor ejemplo: Yuri Gagarin, el pionero del espacio. Ese cosmonauta soviético que el 12 de abril Yuri Gagarin encarna en sí todo el impulso de 1961 dio la vuelta a la Tierra en la cápsula fáustico de una cultura vieja de milenios, que es la nuestra T Vostok encarna en sí todo el impulso fáustico de una cultura vieja de milenios, que es la nuestra. Por eso es mi héroe preferido. Impulso vital desquiciado, loco, dispuesto a afrontar cualquier riesgo con tal de llegar a un objetivo superior, con tal de vencer a la Naturaleza. Cuando Gagarin trazó la primera órbita sobre la Tierra, cuando fue el primer hombre que pudo t ver la redondez de nuestro planeta, todos pensamos en Icaro, en Prometeo cuando ascendió para robar el fuego a los dioses. La energía nuclear, la destrucción del medio ambiente, la contaminación descontrolada... son otras tantas huellas de ese impulso fáustico que nos obsesiona a lo largo de nuestra Historia. A Prometeo lo condenaron a sufrir eternamente sobre una roca. Gagarin se estrelló, un día de marzo de 1968, tras siete años de gloria, cuando pilotaba un avión de pruebas a una velocidad y presión que ningún cuerpo humano podía soportar. También en eso Yuri Gagarin encarna a une civilización que avanza hacia su autoexterminación. También por eso es mi héroe preferido. Sabemos que la técnica nos amenaza; sin embargo, la técnica nos fascina. ¿Contradic ción? Sin duda. Nuestra cultura siempre las ha agotado hasta su sin sentido. Goethe hace decir a su Fausto que, por muy sensatos que seamos, siempre habrá duendes en el castillo ¿Estamos condenados a soportar nuestros duendes? Heidegger ha aportado una solución al problema de la técnica que, sin duda, en otra ocasión podré comentar. Mientras tanto, pensemos en el verso de Hólderlin: Allá donde está el extremo peligro, allá también nace lo que nos podrá salvar. José Javier ESPARZA El nido del cuco La fecha de la locura (III) L desaparecer el riesgo y la apertura (a aventura) y la magia del medievo, perdidos entre el humo de los siglos el terror y los éxtasis del cristianismo primitivo, o la acracia salvaje de Thomas Munztter y de los milenaristas, sólo nos queda la revolución para recuperar, entre otras cosas, la salud mental. Y queda claro que su receta no son las ideas fijas- i. e. diagnósticos- de la psiquiatría, y que no aludo en lo absoluto a la curación ortopédica, a la cordura o a la cuerda, sino definitivamente a lo que Nietzsche llamara la Salud Fundamental. El apocalipsis es una revolución de nuevo tipo. Y al decir esto no incido en paradoja alguna: también el joven Marx creía en la revolución subjetiva, y el Marx de El capital en la inexorabilidad del destino. Y si en Alemania Hitler triunfó, no fue sólo por un problema de crisis económica, sino sobre todo- y ya sé que al decir esto contradigo al Wilhem Reich de La psicología de masas del fascismo por utilizar toda la magia de la música y los desfiles para derrotar al invencible Karl Liebk Lo que a escala etnopsiquiátrica significó henct. Así, contra lo que Reich fácilmente sula victoria de Hitler es que la fantasía puede más que la razón, sobre todo en pusiera, la cruz gamada no es un símbolo de una época en la que el saber nos es la cópula, sino- l o sé cierto, y no por iluminaexterior, en la que la palabra y los libros ción alguna- un antiguo símbolo germánico se derraman en el suelo como lágrimas del sol. Lo que a escala etnopsiquiátrica signiolvidadas o perdidas ficó la victoria de Hitler es que la fantasía pue- A de más que la razón, sobre todo en una época en la que el saber nos es exterior, en la que la palabra y los libros se derraman en el suelo como lágrimas olvidadas o perdidas. Si la revolución obrera utilizara la fantasía, no sólo cambiaría el mundo, sino que cambiaría la vida. Y he aquí el proletariado, el más verdadero, el esquizofrénico, que, como bien dice Gilíes Deleuze en su Antiedipo es el límite del capitalismo, su proletario y su ángel exterminador. Así, si de esta manera, si el adviento al poder de la burguesía equivale a la oscuridad más completa, el adviento de Max Stirner y de su Yo absoluto inaugura, o anuncia, lo mismo que el peor de los manifiestos comunistas, la venida de la esquizofrenia o de la luz. Cuando humo es lo que queda de cualquier ética o de cualquier nobleza, del pozo sale Ababdon, el ángel del abismo, la cabeza contra el muro- La tete contre le murs titulo de aquella película de Goerges Franju que hablara de la antipsiquiatría antes de la palabra, avant la letre del pozo sale Ajollyon, del pozo del asilo psiquiátrico, en donde, en el encuentro llamado transferencial, en el llamado diálogo entre psiquiatra y enfermo, cada conciencia busca la muerte de la otra como bien dijera Hegel. Leopoldo María PANERO A B C 85 SÁBADO 1- 8- 87