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GENTE UISO que su sombra blanca quedara reflejada sobre la arena del desierto, pero al final Lawrence de Arabia murió al poco de un accidente, cuando rodaba sobre el asfalto, en su motocicleta. He aquí la doble virtualidad que nos permite apreciar, en el héj- oe elegido, las dos caras del nomadismo, expresión ésta tan defini, ia de la posmodernidad. Vivir r siendo un nómada heroico, con la espada del beduino, o morir como un nómada de la urbe, llevado de la máquina, es la ambivalencia de la vida de T. E. Lawrence. Ambivalencia que para algunos se ha identificado con ambigüedad, pero que para mí no tiene sino el significado de un debate, el mismo que, en otro nivel de ¡deas colindantes, se puede percibir entre la literatura de fantasía heroica (Tolkien, Lnde, etcétera) tan en alza, y el mundo del mercantilismo posindusjrial dominante. Quien ha pretendido hacer histor de Lawrence ha fracasado, porque él, aunque ha vivido entre nosotros en el siglo XX, es un héroe paradigmático, resumen de arquetipos. Su misma obra principal: Los siete pilares de la sabiduría, es un verdadero misterio, que ha conocido cuatro redacciones diferentes, hasta quedar definitiva. Inten temos, pues, entender a T. E. Lawrence en sus a p r e c i a c i o n e s simbólicas. El ha encarnado un mito. Lawrence, el nómada Q Pocos saben todavía que nuestra época ha resucitado el Paleolítico, frente al sedentarismo agrario o al enraizamiento de la tierra, propios del modo de vida neolítico. Pues bien, si el Neolítico es ante todo campesino, trabajador y religioso, el Paleolítico es desinstalado y mágico, que en su versión tradicional se expresa en el aventurero y el guerrero, en la comunidad tribal y en el mito, mientras que en su manifestación no- tradicional se perfila en el industrioso y móvil comerciante, en la aldea global de la sociedad informatizada, en la ociosidad desmitificada por la ciencia y la tecnología (nueva magia) La lucha entre ambas matizaciones del Paleolítico fue la que tuvo lugar en la vida de Lawrence. No le bastó aproximarse al estudio de las viejas piedras de civilizaciones antiguas, ni estudiar historia medieval con admiración hacia sus héroes (Saladino, Ricardo Corazón de León, etcétera) ni frecuentar las tertulias de Lionel Curtis, donde Lawrence aprendió a profundizar en la concepción de un imperio ideal; no, quiso, además, ser un Caballero según el viejo orden de los hidalgos europeos y por eso tomó para sí la causa de los árabes, sin que con ello pretendiera traicionar a su patria de origen. La leyenda comenzóa conocerlo como el campeador de los árabes, para quienes este nuevo Cid también tenía poderes sobrenaturales... Sin embargo, los nuevos tiempos le traerían el sello de la contrariedad. Así, quien fuera nombrado Príncipe de la Meca, siendo un guerrero, terminó su vida siendo un soldado: cambio cualitativo que para Lawrence indicaba la esencia del fracaso. Derrotado internamente... ingresé en la aviación para servir a la mecánica, no como dirigente, sino como rueda de la máquina. La máquina es la clave del misterio Isidro Juan PALACIOS Por bulerías Jerónimo, el rayo que no cesa OMO el relámpago, que rasga estremecedoramente el vientre de la tormenta, y súbito se escapa, dejando sólo el estertor del trueno como recuerdo de su amenaza. Como un canto gregoriano en el que, durante un instante dramático unas débiles gargantas sostienen el peso del tiempo detenido, encerrado entre las caderas de la cúpula. Como una cuchilla que (sin piedad, pero provocando un dolor ritual, relajante y estático) corta en dos la oscuridad del que cierra los ojos mientras le escucha tocar, es la música que arranca Jerónimo a la guitarra. Guitarra que es, en sus manos, seis visceras de toro lamentándose de su destino fatal. Toca por fandangos, por soleares, por iegrías, por seguidillas, borda el rasgueo telúrico de la bulería... El flamenco no tiene secretos para él, los maestros enmudecen de asombro ante la evidencia de su genialidad, asimila el jazz y la música clásica con una precocidad que no puede menos que impresionar. Su padre, el gran guitarrista Felipe Maya, fue su primer maestro, y ahora ya deja que sean las estrellas las que hablen al oído de este niño que ha actuado, en medio de la expectación que sólo rodea a las grandes figuras, en la Cumbre Flamenca de Madrid (la primera vez, con siete años) en los más prestigiosos festivales, y cuya fotografía, C de tamaño natural, preside la entrada a uno de los mejores teatros de Francia. Cuando este niño de nueve años, de risa clara que se torna sobre el escenario en amargo gesto de lamento como el del anciano que hu- lencio de veneración cuando entra por una puerta y pierde su mirada en cualquier punto del espacio, y se embebe en la contemplación de un misterio visible sólo para él... Cuando este niño, que detiene el tiempo y sacraliza el espacio con la entrada de una bulería... Cuando este niño, que, por ser gitano, tiene estampa de príncipe legendario y de heredero de un reino (que acaso no sea de este mundo) Cuando este niño ejecuta el último acorde y, tras escuchar- como sorprendido- -las clamorosas ovaciones del público, con su guitarra en la mano, desciende del escenario con ese andar pausado y cadencioso, hay que seguirle con la mirada. Y es que el milagro no ha terminado: porque cuando Jerónimo (a quien Dios concedió, al nacer, la virtud de curar las almas y exorcizar a la muerte con sus manos de artista) se va, deja en el corazón del que lo ha escuchado un sabor amargo, una conciencia de la propia pequenez que se manifiesta en una sensación de soledad del alma, que sólo tiene curación volviéndole a escuchar. Jerónimo: digno del pincel de Dalí. biese sufrido toda suerte de penalidades... Carne de mitología. Un rayo cristalino y turbuCuando este niño, cuyos ojos son un negro lento al mismo tiempo que, como sentenciaría abismo sin fondo contra cuyas paredes rebota Miguel Hernández, ni cesa, ni se agota el eco de las voces milenarias de la raza... Joaquín ALBAICIN Cuando este niño, que impone respeto y un siSÁBADO 1- 8- 87 84 A B C