Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
XII ABC ABC Hiera fío La última palabra 1 agosto- 1987 amor a su coetáneos, nunca había sido amado. Es más, resignado al cabo de los años a carecer de pareja congruente, acomodándose por entero a la personalidad que de él se esperaba, habría juzgado indecente que alguien le amase. Con la consabida perspicacia proletaria, aguardaron los diablos rojos a que la agonía evidenciase la sequedad del alma de Procusto. La tuvieron por suya, pues suya podía ser aquel alma desierta, que alentaba en un cuerpo que de cualquiera había sido y que nunca, hasta sus momentos finales. tuvo la prudencia de procurarse un lecho a su medida. ¿No pertenecía por derecho al Rebelde un espíritu que a sí mismo se negaba soberbiamente? Nada arreglaba que los custodios del bien me preguntasen cómo arrebatar el alma de Procusto a los propagadores del mal, porque todos, obnubilados por la porfía, no se percataban dé que Procusto se entregaba a unos y a otros alternativamente con igual complacencia, con idéntica sinceridad, paciente como un cordero, como una puta sumisa. Mientras tanto, perdidos los nervios, las huestes y las hordas, tirando cada una de Procusto para su lado, estaban a punto de descuarticarlo, pobre hombre, sin atender al inescrutable designio del cáncer y el reúma. Permití una pasajera mejoría del agonizante, antes de que la turba de encontrados sicarios lo convirtiese en un mártir, destino inaceptable para un hombre tan de su época. De inmediato, a velocidad satánica, el emisario del Procusto vino a sondear hasta dónde estaba Yo dispuesto a ceder. Propuse una curación milagrosa que aplazase la muerte de Procusto durante cincuenta años; al término de ese suspiro del tiempo, ya se vería hacia qué facción conducía a Procusto la libertad que a todo ser humano he concedido. Esperaba Yo que el Maligno argüiría la falta material de tiempo para trasladar a Procusto sin la ayuda de una bruja voladora a una de esas cuevas de apariciones, con la que mi bondad infinita ha enriquecido de milagros al Sur en detrimento de! impío Norte. Pero la sagacidad de ese rojo miserable argumentó que en cincuenta años Procusto dejaría de ser un hombre de su época, conviertiéndose, en contra de lo firmado por mí, en un viejo asustado. A cambio proponía la puerca mente del Enemigo que, desvelando Yo al equipo investigador de una Universidad rusa el secreto de la curación del cáncer y de la artrosis reumática, se levantase sano y salvo Procusto de su lecho. Y después ya se vería... Medité la contrapropuesta, como Yo sólo sé meditar cuando me pongo a ello. Ese viejo activista, que no en balde aprendió aquí el oficio hasta su caída a las tiniblas inferiores, conoce mi resistencia a aliviar los males de los humanos. Demasiado he consentido ya en ese terreno de la farmacopea y demasiado tía crecido la confianza en sí mismas de esas criaturas, que cada siglo olvidan más que la vida les ha sido dada para padecer y que, si se les permite prolongarla un poco, es únicamente con la intención de aumentar el tiempo de sus padecimientos. En cuanto Yo me descuidase y fomentase las pequeñas comodidades que su corto ingenio les ha proporcionado, acabarían por pedir, no la luna, que ya la tienen, sino la inmortalidad, como aquel reclacitrante Matusalén o, sin retroceder a tiempos de mayor esplendor para esta Corte, como este Procusto, hijo de su época y renuente, en su maleabilidad, a cambiar su lecho por una fosa. Dije, por tanto, que nada de rusos. (Epitafio: Aquí yace Procusto, quien, en la blanda tierra del gredal que se lo tragó, espera confortablemente la tierra prometida que, entre unos y otros, le prometieron. Oh, paseante, envidia su Destino y huye de su ejemplo. J. G. H.