Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 22 DE JULIO DE 1987 ABC Historia de un soneto (III) en el tono. La justeza o propiedad del tono es muy difícil de conseguir. Por pudor, no me gusta ponerme patético, pero el asunto que tratamos es cosa de llorar. Estoy hablando de uno de tantos abandonos de la vida española, de una de tantas dejaciones de responsabilidad que nos han hecho lo que somos. Estoy hablando de una llaga y la siento en la boca. La siento y no la digo. No quiero compartirla, por temor a empequeñecerla. Quiero que duela, y que me duela. Ahora empecemos el comentario de los tercetos: Entré en mi casa, vi que, amancillada de anciana habitación era despojos; mi báculo más corvo y menos fuerte. La sintaxis de estos versos es arbitraria y siempre queda en ellos un cabo por atar. Por esa falta de sintaxis, no pueden puntuarse, y cualquier puntuación que les demos es imprecisa y desacertada. En la tradicional, con punto y coma tras el segundo verso, queda el tercero montado al aire. Mi báculo más corvo y menos fuerte, no tiene suelo en qué apoyarse. No lo puede tener: no es más que un cabo suelto. Desde mi punto de vista personal, y no pretendo convencer a nadie, la mejor puntuación es suprimirla por completo tras la coma de la primera oración. Quedaría de este modo: Entré en mi casa, vi que amancillada de anciana habitación era despojos mi báculo más corvo y menos fuerte. Así debió pensarlos, y escribirlos, el poeta que corrigió estos versos, pero esto es lo de menos. Carece de importancia: bastaría con cambiar la puntuación, pero con ello no cambiaríamos nada esencial y el terceto seguiría siendo infortunado, y anclando a tropezones. Tiene dos infelicidades muy notorias. La primera, el adjetivo amancillada. ¿Cómo es posible que un escritor tan inteligente y tan preciso como Quevedo, haya podido escribir que el tiempo mancha? La acción del tiempo es destruir, desmoronar, desgastar, pero no amancillar. La casa del poeta, en su retorno a ella, bien pudo estar en ruinas, pero no amancillada. Esto no tiene vuelta de hoja, y ahora vayamos a la segunda infelicidad: la referente al báculo. Piensen si Quevedo ha podido pasar por alto la diferencia entre lo curvo y lo encorvado. Lo curvo es propio de su naturaleza, o de la hechura del bastón; lo encorvado procede del tiempo y del peso del cuerpo. No es igual una cosa que otra. Lo que el poeta quiso decir con este verso: Mi báculo más corvo y menos fuerte es que su báculo menos fuerte, estaba ya encorvado, pequeñito e inútil por el peso del cuerpo, y, además, por e paso del tiempo. Quiso decirlo, pero no lo dijo, que es lo que suele pasarles a los poetas que se contentan con escribir a salga lo que salga. No es preciso insistir: el terceto es garrafal, y está escrito al primer envite. Sólo pudo escribirlo un poeta inexperto y mediocre. El terceto final es acertado. Ajusta y cierra bien. Es de mano maestra. Y ahora doblemos la hoja. La versión que hemos comentado es la de don José González de Salas, el primer editor de Quevedo, que ha seguido editándose, impertérritamente, hasta nuestros días. Por propia confesión es REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA i ERO esto son zarandajas para lo que nos espera. Escuchemos el segundo cuarteto donde el poema se pierde en un callejón sin salida: P EL PECADO MORTAL DE ÜN POETA CHIRLE Salime al campo, vi que el sol bebía los arroyos del hielo desatados, y del monte quejosos los ganados que con sombras hurtó su luz al día. No quisiéramos adelantar nuestra opinión pues no queremos influir en los lectores, pero a pesar de los pesares, las primeras palabras que vamos a escribir se nos imponen. Son duras, terminantes y apasionadas. ¿Cómo es posible que se haya escrito este dislate? Tal vez no lo entendimos bien, por consiguiente, atendamos a la lectura. Los dos primeros versos Salime al campo, vi que el sol bebía los arroyos del hielo desatados sitúan la acción, inequívocamente, en el estiaje, esto es, en el arranque del verano. Y lo que dice el cuarteto, inexplicablemente, es que el ganado está quejoso de que en las horas del calor haya un monte que le dé sombra. Esos ganados, que tantas veces hemos visto en el comienzo del verano, apiñarse junto a un bardal pequeño, de mayor a menor, para que los pequeños se protejan del sol con los mayores, ahora resulta que están quejosos, ¡quién lo diría! de que un monte les dé la sombra que precisan cuando el calor es tal que seca el agua de los ríos. ¿Cabe mayor contrasentido? Y además, y por si fuera poco esta necedad, ¿qué relación puede tener la supuesta quejumbre del ganado con los temas centrales del soneto: la decadencia de la patria, y la presencia inevitable de la muerte que se revela en cuanto nos rodea? Ese monte que da sombra al ganado, nada tiene que ver ni con la decadencia, ni con la muerte, más bien nos habla de las delicias del verano. No salimos de nuestro asombro. Como suele decirse al encontrarse con algo inusitado: vivir, para ver, nosotros sólo podemos decir ahora: vivir, para leer. ¡Qué difícil es expresarse con claridad! ¡Qué difícil es escribir! De repente me ha asaltado un temor: creo que os estoy equivocando, por lo cual, debo decir, inequívocamente y a manera de confesión, que al escribirlo et pensamiento se precisa, pero también se maniata. Se hace más rígido y, desde luego, más discontinuo. Para acertar en lo que estamos escribiendo en cada instante, acotamos el pensamiento, pero al hacerlo, le quitamos su carácter manantío de indecisión improvisada y de fluidez. Pues bien, haciendo el comentario de este soneto, y llevado de la mano de sus errores, creo que he perdido el tono justo. Tendrán que perdonarme. Como en el tono expresamos lo anímico, con el cambio de tono pudiera parecer que he cambiado de alma o de carácter, y esto es inadmisible. Cuanto he dicho hasta ahora es doloroso y grave, y en realidad lo he escrito de una manera frivola, para alegraros o divertiros, como quien pone banderillas a un toro que merece castigo. La exactitud no descansa únicamente en las palabras, también está bien sabido, aunque no suele tenerse en cuenta, que González de Salas modificó y continuó, por cuenta propia, los poemas de Quevedo y en su edición de Las tres últimas musas castellanas lo certifica don Pedro Aldrete, sobrino de Quevedo. Acerca de la importancia de estas correciones se ha discutido mucho, y aún no se ha dicho todo. Lo único indiscutible es que González de Salas alteró en su edición los poemas de Quevedo. Además de los testimonios anteriores, confesionales e irrefutables, cuanto hemos dicho lo confirma. De manera inequívoca, la versión conocida de este soneto: Miré los muros de la patria mía, es un pecado mortal que ha cometido un poeta chirle: Don José González de Salas. Lean, ahora, la versión escrita por Quevedo, y recogida por nosotros en manuscritos desde hace muchos años. Atendamos a ella: Miré los muros de la patria mía si un tiempo fuertes, ya desmoronados, de larga edad y vejez cansados por obediencia al tiempo y muerte fría. Salime al campo, vi que el sol bebía los arroyos del hielo desatados, y del monte quejosos los ganados porque en su sombra dio licencia al día. Entré en mi casa, vi como cansada entregaba a la muerte sus despojos, hallé mi espada de la misma suerte, vide mi ropa de servir gastada, y no hallé cosa en que poner los ojos que no me diese nuevas de la muerte. El soneto es el mismo y no es el mismo. Todo ha cambiado en él menos el tema que, sigue manteniéndose, a trancas y barrancas, en la versión de González de Salas. Ya no chirrían nuestros oídos. Una mano piadosa ha suprimido sus dislates y sus friuras como el sudor se embebe en el pañuelo. He aquí la mano de un maestro. He aquí la mano de un gran poeta que escribe humildemente lo que sabe, sin levantar la voz, sirviendo al tema y nada más. La dicción es sencilla, temblada. No tiene engolamientos, ni bajíos. Desde el arranque hasta el fin, el soneto mantiene el mismo ritmo, el mismo paso de andadura. Un ritmo lento, uniforme, estrangulado, que a medida que avanza se extenúa. Sus palabras están desalentadas. Sólo se relacionan para debilitarse mutuamente. Sólo se juntan para morir. Son palabras diarias, que conservan, como pueden, el desánimo original y el vacío que las hizo nacer. No se distancian nunca. No pueden distanciarse. Si lo hicieran, se desvanecerían. Son palabras itinerantes, consecutivas y, al mismo tiempo, pasmadas de dolor. Se aprietan y, se buscan, se van haciendo un nudo que, al llegar al final del soneto, nos ahoga. Lo que sentimos es algo más que una emoción. No soportamos su claridad, no soportamos su desánimo. Caminan y caminan contrayéndose, y al final, vemos su palidez, como a veces los rasgos, se borran en el rostro. Cuando acabamos su lectura, sólo queda en nosotros su tensión de ceniza, su labio de silencio y su estertor. Luis ROSALES de la Real Academia Española