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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 21 DE JULIO DE 1987 ABC mos y allí le conocí a usted y a Ramón Martínez- López. Sin transición pregunta: ¿Qué ha sido de Ramón Martínez- López? ¿Sigue tan galleguista como entonces? No estoy seguro le digo, pero sí sé que es miembro de la Academia gallega. Ahora él, Sabía mucho; era un gran filólogo y le gustaba hablar de palabras, como a mí. Nos la pasábamos hablando de etimologías, ¿no? Claro, hombre le contesto, hasta en la ensalada etimologizaban ustedes ¿Y de Insfran? Murió le digo (Insfran era un paraguayo, profesor de Historia que compartió con Borges una oficina de Batts Hall, en la Universidad dé Texas) ¿Y cómo se llamaba? Pablo le digo. No me responde, no; no recuerdo bien pero Pablo no era Como una iluminación me viene otro nombre: Max le digo; se llamaba Max Y Borges, Ah, eso sí, Max (Lo cierto es que se llamaba Pablo Max Insfran) Tenía dice Borges, la obsesión de regresar a Paraguay, pero allí nadie le conocía ni él conocía ya a nadie. ¿Y cómo se llamaba su mujer? Ni lo recuerdo, ni creo haberlo sabido nunca. Era continúa, una mujer alemana, grande y fuerte; una valkiria. Valkiria en alemán quiere decir la que recoge a los muertos Le digo que no es escribir sobre etimologías lo que le ha hecho famoso, como tampoco hizo famoso a Unamuno, tan aficionado a buscar el sentido de las palabras en su origen. Sí, escribo, y escribo para entretener. A veces me preguntan los periodistas o los críticos qué significa tal o cual cosa en los cuentos; si este acontecimiento o este personaje son simbólicos y qué es lo que en definitiva he querido decir. Pues lo que digo, ¿no? Sí apruebo, pero tenga usted en cuenta que los críticos y los profesores nos ganamos la vida explicando textos que a lo mejor no necesitan explicación Los míos creo que no. Y con que distraigan me basta. De todos modos, no se moleste demasiado por la crítica, que está muy enferma, si no moribunda, de arrogancia y de pedagogía. Se distrae un momento con el bastón y vuelve a señalar su ligereza y lo cómodo que le resulta, agradable de manejar. ¿Chino legítimo? le pregunto. Bueno. Dieciocho dólares en Nueva York. No recuerdo bien cómo ha empezado a hablar de su sirvienta, una india guaraní que aprendió el español en la escuela, pero que sigue apegada a su habla primera. Esta muchacha ofrece la particularidad de que no sabe cambiar de lengua. Es muy curioso comprobar que cuando estamos hablando en español no puede encontrar palabras guaraníes, ni intercalarlas en la frase española. Es como si cada una de REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA L jueves 15 de abril de 1982, a media tarde, acudí al Center for Continuing Education de la Universidad de Chicago para saludar y conversar un rato con Jorge Luis Borges, a quien hacía tres años que no veía. La conversación iba a ser íntima y a versar sobre temas personales, o, mejor dicho, cuestiones privadas. Un amigo argentino me había llamado por teléfono a larga distancia para pedirme que transmitiera al gran escritor un importante recado de su parte. Salió Borges de su habitación acompañado por María Kodama y nada más saludarme aludió a una persona y a un lugar que parecen estar siempre presentes en su memoria: a su madre y a Texas. Cuánto me acuerdo de Austin empezó, ¡Qué tiempos! Era el otoño del sesenta y uno y yo tenía también sesenta y un años, como el siglo. Ahora tengo ochenta y dos y pronto voy a cumplir ochenta y tres. Volvió a insistir: Qué hermosa era Texas y qué bien lo pasamos entonces. Madre murió hace seis años, cuando tenía noventa y nueve, y el mismo espíritu de siempre. Se ha cogido a mi brazo derecho con su mano izquierda y va apoyándose en un ligero bastón negro que lleva en la mano derecha. Este bastón me gusta me dijo, lo he comprado en Nueva York, en el barrio chino. No pesa nada, véalo Lo sopeso y compruebo que tiene razón. Vuelve a lo de antes: ¡Qué gusto verle! ¡Aquellos tiempos de Austin! Me impresionan su cordialidad, que es la de siempre, y sobre todo ese sentimiento de nostalgia por un momento de su vida que, evidentemente, ha sido para él algo así como el punto de partida para nuevos modos de vivir. Me dice que vienen ahora de Nueva York y que la ciudad le gusta mucho. No sé por qué dicen que no es una ciudad americana, a mí me parece la representación viva de lo que América es. Nos sentamos en un diván del vestíbulo y trato de comunicarle el recado que tengo para él. Pero, inopinadamente e indiscretamente, una profesora de edad indefinida y de sonrisa muy profesional se sienta al otro lado de Borges. Es evidente que no puedo decirle nada que ella no oiga. Y las cosas no se detienen ahí. Una estudiante se sienta en la butaca, a mi lado, y dos minutos más tarde son quizá veinte las personas que nos rodean. Al final de la conversación no eran menos de cuarenta las que nos escuchaban. Le dejo hablar de lo que le interesa, puesto que nada reservado puedo decirle ahora. Recibí una invitación para ir a Texas en el año 1961 y dudábamos si aceptar o no cuando el azar me empujó a tomar una decisión favorable. Madre y yo fuimos a ver la película El Álamo y quedé tan impresionado que al final le dije a madre: Madre, nos vamos a Texas Y fui- E CON BORGES, EN CHICAGO las lenguas estuviera cerrada en un compartimento de su cerebro. La pregunto en español: ¿Cómo se dice luna en guaraní? Y me contesta: Luna Esta mujer me ha dicho que es incapaz de soñar, que no ha soñado nunca. Pero yo creo que lo que le ocurre es que no recuerda lo soñado. Los sueños se olvidan muy deprisa, a veces muy en seguida de despertar. Pero soñar, todos soñamos, porque el inconsciente no descansa. Más sobre la sirvienta guaraní: Su español es muy limitado y su visión de las cosas muy reducida. Su mundo es casi nada: su aldea, su familia... Le cuento la historia de la viejuca de Nájera que, cuando en 1934 recorríamos España a pie Maravall, Manolo Gil y yo, al preguntarle cómo se llamaba el río que atraviesa el pueblo contestó: El río Y como insistiéramos en la pregunta, se enfadó mucho y se alejó repitiendo sin cesar: El río, el rio... En cuanto me descuido o se descuida chorrean palabras y etimologías: Kaiser viene de César y lo mismo Zar. En la pronunciación española suena más claro que en la inglesa. Dice algo del Rhin, que pierdo porque me distrae una estudiante conocida que me está diciendo algo en voz baja. Cuando vuelvo a Borges, la primera palabra que oigo es guarangos. Así llaman a los homosexuales en Buenos Aires. Le recuerdo que sobre esto mantuvo larga conversación con Ramón MartínezLópez en el Faculty Club de la Universidad de Texas y cómo, para aclarar alguna duda le había preguntado a su madre cómo llamaban a los homosexuales en su ciudad. Y la respuesta de Leonor: Amanerados, Georgie, amanerados. Las opiniones de los filólogos valen menos que los modos de hablar de la gente le digo. Sí contesta, pero el modo de hablar de mi sirvienta guaraní es aprendido en la escuela y no habiéndolo desde niña. Otra vez alguien me distrae. Borges pasa a la poesía: Unos versos de Lope. suenan como los haiku y empieza recitándolos: Que de noche lo mataron al caballero... ¿Cómo sigue? La gala de Medina, la flor de Olmedo. ¿Cómo sigue? vuelve a decir. Sombras le avisaron que no saliese La gente de Medina y de Olmedo probablemente no diría lo mataron sino le mataron pues- m e parece- -son tierras teístas. Curioso que recuerde usted a Lope; no diría que es un poeta de su predilección: anti- semita, antinegro, anti- portugués... Cito: Está la noche más negra que un portugués embozado. Este verso le gustaba mucho a don Antonio Machado que después de todo era medio portugués. Ricardo G U L L 0 N