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EDITADO POR PRENSA ESPAÑOLA SOCIEDAD ANÓNIMA 15 DE JULIO DE 1987 ABC ta sobre el mundo y considera absurdo el racionalismo del siglo anterior representado por Descartes. Para esta doctrina, la experiencia es la única fuente del conocimiento y, en consecuencia, el denominado método científico es la sola vía de acceso a la comprensión del mundo. Está fuera de toda duda que la amplia aceptación del positivismo supuso un impulso extraordinario de las ciencias físicas, poco dados, o poco necesitados, los físicos a mirar hacia los filósofos para justificar los objetivos de su investigación y sus procedimientos experimentales. No tuvimos, ciertamente, hombres eminentes que participaran en la revolución de las ciencias, de la Tierray de la Naturaleza La historia, sin embargo, es rica en situaciones en las que poetas, narradores o dramaturgos no sólo han armonizado las emociones y sentimientos de sus personajes con el estado de ánimo- sombrío, risueño o triste- de la propia naturaleza, sino que han vinculado su imaginación creadora a las hipótesis científicas al uso. Sin el rigor de la ciencia, lógicamente; con algo de intuición, puede que fuera; bajo la idea agustiniana de considerar el estudio de la naturaleza como principio y camino del conocimiento de Dios; con gran fantasía, narra Calderón, en El mágico prodigioso una aparición de esta manera: Cuerpo de su fantasía el hombre debió de ser, que su gran melancolía le supo formar y hacer de los átomos del día. Los campos del saber se van ensanchando; a la Enciclopedia- mediado el siglo XVIII- no se le ocurre sino encuadrar el conjunto de las ciencias bajo una sistematización alfabética; muchos intentos- Bacon, Campanella, Vico, Leibrsiz, pe ejemplo- -pusieroo- sy- empeRG- er +l a síntesis universal de las ciencias. Es posible que, desde Aristóteles, no haya existido, hasta Kant, otro intento de ordenar la organización general del hombre, la estructura de las ciencias, sus objetivos éticos y los límites del conocimiento humano. Diferenció también Kant entre las ciencias racionales y las empíricas, pero sin que pasara por su imaginación la posibilidad de un conflicto entre la metafísica y el estudio experimental de la naturaleza. Al gran siglo cientificista siguió la primera mitad del XIX del idealismo filosófico; resultaba indispensable para la comprensión del hombre desentrañar la naturaleza de algunos fundamentos cognitivos universales que trascienden la experiencia. Y la ciencia, desde entonces, ha ido tomando positivismo o idealismo para olvidarlos o modificarlos, según sus conveniencias. Mientras tanto, los cuerpos en movimiento son ya, también, los electrones alrededor de un núcleo. Los átomos matemáticos de los PRINCIPIA ven cuantificada la energía emitida según la teoría de Bohr, y con Bohr, Sommeríeld, Heisenberg, Schrodinger, Dirac y De Broglie se sobrepasa la primera mitad de nuestro siglo y se llega a nuestros días. Con ellos, los átomos y sus energías se conocen mucho mejor que las grandes moléculas involucradas en los procesos fundamentales de la vida y en sus alteraciones. Hace medio siglo, todo el mundo comprendía las repercusiones de la era atómica, pero pocos adivinaban la trascendencia de la edad molecular que se avecinaba. Ocurrió, pues, que bajo la influencia de este ambiente, por el calibre intelectual alcanzado, por el impulso de las propias estructuras de la ciencia y de los mismos científicos, la Biología Molecular REDACCIÓN ADMINISTRACIÓN TALLERES- SERRANO, 61 28006- MADRID ha seguido los pasos de la Física Nuclear y ambas constituyen los pilares sobre los que se fundamentan hoy las grandes adquisiciones del conocimiento y, a la vez, las grandes disyuntivas de la humanidad ante el progreso y la destrucción; ambas marchan en la actualidad codo a codo en busca, como siempre, de una concepción más precisa del universo y del propio hombre. Son, destacados, sí, pero simples ejemplos significativos de que no es un accidente el lugar central que ocupa hoy la epistemología en la moderna filosofía, sino el corolario natural de esa concepción del hombre y de su relación con el ambiente. Si a ello unimos que la investigación ha elevado la ciencia a supremo valor productivo- y a Bacon creyó que el valor de la ciencia podía medirse por su utilidad productiva- y que su repercusión económica y social constituye un soporte del Estado, a nadie puede extrañar la posición excepcional de la autonomía de la ciencia en el conjunto de la cultura universal. Asf resulta una sociología de la ciencia, de cuyos frutos hay que destacar que la ciencia es una actividad del espíritu y contribuye al desarrollo del espíritu humano, aunque el que la ejercite no lo haga con esta finalidad consciente. Podré ver mucho mejor el jardín si puedo llegar a la cima de aquella colina, y aquí hay una vereda que lleva derecho hacia ella se dijo Alicia en El jardín de las flores vivientes Bordeando, como Alicia, los recodos abruptos de la vereda, los físicos y los biólogos de nuestro tiempo- Bohr, Heisenberg, Monod, Prigogine, etcétera- intentan llegar a la cima de la sabiduría, a la de la explicación de la realidad existente y a la consideración de la técnica como un medio para que la naturaleza mantenga o restituya su perfección. A la filosofía de la naturaleza del hombre de ciencia contemporáneo- hay- qtíe añadirfeidea- humetniatado la for- -mación científica en sí misma; no sólo porque los resultados experimentales trascienden los conceptos del universo y del hombre, sino porque la propia actividad científica exige actitudes de corte humanístico, relativas a la filología, la historia, la psicología, la economía e, incluso, la política. Si el auge moderno de la ciencia comporta, pues, el de las humanidades, no deben éstas gozarse en su lamento amarradas a un aislamiento academicista sin relieve ni prestancia, ni retroceder como aherrojadas por los privilegios o los mitos de la tecnología. Las humanidades han de salir al encuentre? social de la averiguación erudita, la crítica histórica, el descubrimiento cultural, la utilidad o el deleite. Ambas, ciencia y humanidades, deben interpenetrarse y enriquecerse en su contacto sin la aversión, arma de ignorantes. ¡El mundo natural es todo de una pieza! Y cuando ni la ciencia ni las humanidades logren la interpretación unitaria del cerebro humano, ¡para eso está la música! La Complutense quiso ser más Universidad mostrando que la verdadera música del universo es la que auna la unidad y la diversidad. Por ello, el recuerdo del artista, Andrés Segoyia, fue el testigo elocuente de cómo la ciencia- sir John Kendrew- contempla, con sus datos desnudos y sus hechos incontrovertibles, sin ambigüedad y sin duda, el comportamiento y hasta la imaginación del hombre- Miguel Delibes- con sus ficciones y leyendas inverificables. ¡Todo de una pieza! el mismo cerebro, la misma tierra, el mismo hombre. Ángel MARTIN- MUNICIO de la Real Academia- Española FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA O hay mejor azar que el que se mide, ni mayor casualidad que la pretendida. Así fue la ocasión que llevó recientemente al claustro doctoral complutense, por la vía del honor y la fama, a un humanista, un científico y un artista, por utilizar la simpleza clasificatoria al uso. Motivo éste oportuno, en cualquier caso, para volver sobre el inagotable asunto de las ciencias y las humanidades, que puede extrapolarse hoy hasta la relación entre el espíritu y el cerebro o, si queremos, la coincidencia entre el mundo científico de las cosas materiales y el de los fenómenos mentales, más o menos conscientes. Antes de la fundación complutense, Carlomagno trasladó el estudio griego de Alejandría a París; César lo había hecho antes a Roma, y yaihan dos. milenios desdeque la historia de la ciencia se idetificaba con los planteamientos cosmológicos y el hombre se incluía a sí mismo y a su conocimiento como parte del mundo. El orden mismo del cosmos fue el motivo que llevó a Aristóteles a clasificar las ciencias y, a la vez, a elaborar la síntesis de las ciencias naturales y las del espíritu. Lo que no quita para que el filósofo advirtiera que la falta de experiencia disminuye la posibilidad de hacer más comprensivos los hechos admitidos. El embrión universitario medieval que el concepto de studium genérale supuso, se desarrolló bajo la idea de la posición excepcional y céntrica del hombre en el universo y en el seno de una ciencia entreverada de filosofía y religión. Con la transición a la modernidad, el método escolástico pasa a ser predominantemente método filológico- -se estudia filología matemática, filología médica, etcétera- y en seguida método matemático. El comienzo de la Edad Moderna va a tener como una de sus principales características la adscripción de la realidad al mundo de las matemáticas, identificada con el dominio de los cuerpos materiales moviéndose en el espacio y en el tiempo. La Universidad Complutense, genotípicamente cisneriana, tardó siglos en acomodarse o, quizá, incluso, en ciarse cuenta de la transición metodológica que en el resto de Europa estaba teniendo lugar. Aspecto éste de interés en toda interpretación de nuestra posición científica y cultural de entonces y de ahora. Ya Kepler, iniciado el siglo XVII, había elaborado su nueva concepción del universo a partir de los conocimientos de la antigüedad y estaba convencido de la existencia de gran número de armonías matemáticas en el mundo, capaces de confirmar y ampliar la verdad del sistema copernicano. El mundo real era tenido ya como un mundo de caracteres cuantitativos; donde quiera que hubiese cualidades, existirían igualmente cantidades. Ideales que, al menos, llegaban al espíritu de nuestros clásicos y, por aquella época, Calderón, en La estatua de Prometeo aseguraba: N CIENCIA Y HUMANIDADES Pues, moralmente se viera, que quien da luz a las gentes, es quien da a las gentes ciencia. Engarzando con el siglo XVIII, Newton, el primer gran positivista, a través de la íntima unión de los métodos matemáticos y los experimentales, conjugó la exactitud con la referencia empírica. El mundo de la materia fue para él un mundo poseedor de características matemáticas. El positivismo rechaza cualquier idea inna-