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LUNES 13- 7- 87 ESPECTÁCULOS ABC 79 su hija, Ana Diosdado, y un largo etcétera. Como persona, Amelia de la Torre era muy querida por toda la profesión. Ella se consideraba egoísta, orgullosa, pero a la vez sincera. Tengo una virtud que podrían ser dos: soy agradecida hasta extremos que no se puede usted imaginar, y no soy, en absoluto, rencorosa. Cuando me hacen algo, se me olvida al momento. Amelia de la Torre era una mujer de teatro y así lo reconocía ella misma. Prefiero el escenario porque trabajo delante del público; es más difícil pero a mí me gusta. En cambio, en el cine o en la televisión puedo ver lo que he hecho y no me gusta. Ahora, la escena española estará de luto. Una gran persona y una gran actriz nos ha dicho adiós. Adiós a Amelia de la Torre, adiós a una gran actriz Falleció ayer, de forma inesperada, en una clínica madrileña Madrid. Carlos Galindo En la mañana de ayer falleció en una clínica madrileña la actriz Amelia de la Torre, víctima de un derrame cerebral que se presentó inesperadamente. La actriz será enterrada hoy, lunes, en el panteón familiar de Pozuelo de Alarcón, donde descansan los restos de su esposo, el que fuera también primer actor de la escena española Enrique Oiosdado. La actriz, que debutó en el teatro en 1934, fue testigo del teatro español del último medio siglo. Actriz dramática, con visos de cómica, Amelia de la Torre había demostrado su carisma de actriz de carácter en numerosas obras teatrales, tanto de autores españoles como de adaptaciones de autores extranjeros, además de haber intervenido en numerosas películas y en obras para la televisión, bien en solitario o en compañía de su esposo, él también recordado Enrique Diosdado. Amelia, madre de la actriz y autora Ana Diosdkdo, comenzó su andar por los escenarios pn el año 1934, precisamente en un papel de la obra de Federico García Lorca Bodas de; sangre que luego presentó en Barcelona con la compañía de Margarita Xirgu, en la que figuraba como galán Enrique Diosdado. Fue con esta compañía con la que se embarcaría en Santander a principios de 1936 para realizar una gira por Argentina de sólo seis frieses, que luego se convertir en cerca de quince años. Allí se casó con Enrique Diosdado y allí nacieron sus hijos, hasta su regreso a España en 1950. Empecé a trabajar en el teatro María Guerrero al regresar de Buenos Aires- comentaba recientemente la actirz en una entrevist a- Enrique era el primer actor y Elvira Noriega la primera actriz. Yo iba en segundo lugar. De aquellos años fueron La heredera Cocktail party de Elltot; Cuarto de estar de Graham Green; Un día de abril y lo primero de todo, el Don Juan -con coreografía de Dalí, donde hacía el papel de Lucía y mi marido el Don Juan. Nunca llegué a la Inés. Junto a su marido, Amelia de la Torre inauguró el teatro- club Recoletos a finales de los cincuenta, con El príncipe durmiente y con Mari Carrillo como primera actriz, haciendo ella el segundo personaje femenino, y por el que consiguió el Premio Nacional de Interpretación, pero su gran momento llegó con La loca de Chaillot de Giradoux, por el que le dieron nuevamente el Premio Nacional de Interpretación, el Larra y la Medalla de Oro de Vaüadolid, así como el premio de Interpretación del VI Ciclo de Teatro Latino de Barcelona, por el que se la recordaría muchos años, antes de que llegara el estreno de Los verdes campos del Edén de Antonio Gala. Luego vinieron cuatro obras escritas para el matrimonio por Víctor Ftuiz Iriarte. Una de ellas, La muchacha del sombrerito rosa le valió a Amelia el premio María Rolland. También la recordada actriz fue la primera en representar, por primera vez en- España, una obra de Bertolt Brecht. Fue con Madre coraje De ella, Amelia de la Torre comentaba hace dos años: Pasado el tiempo, pienso cómo tendría fuerzas para aquello. Supongo que si me la volvieran a ofrecer, todavía tendría fuerzas. Pero es que era una obra tremenda, de esfuerzo, de arrastrar la carreta constamente. Bellísima obra. Dentro de mis protagonistas preferidas está Madre coraje ¡Cómo no! Le siguieron muchas obras: La casa de los siete balcones de Alejandro Casona; El okapy escrita especialmente por INGENIOSA, SENTIMENTAL YUN POCO SNOB DAMA DEL TEATRO Cuando murió- dentro de dos años hará dos siglos- el gran actor inglés Garrik, Sheridan, también gran dramaturgo inglés, dijo en su monodia mortuoria que el recuerdo de un actor no es perpetuado más que por una débil tradición. Esta noche en que la débil, la incierta tradición empieza a tejer su finísimo velo de niebla sobre el recuerdo de Amelia de la Torre, protesto. No es así. No puede ser así. La gran actriz perdurará en todas las generaciones que la vimos, que la aplaudimos, que llegamos a amarla. Y las generaciones venideras, gracias a la técnica, era tan injustamente vituperada, conocerán y llegarán a amar como nosotros a ésta arrogante, ingeniosa, sentimental y un poco snob dama del teatro que incomprensiblemente se niega a salir al proscenio para recibir, como tantas noches triunfales, nuestros aplausos. Había vuelto a España allá por el comienzo de los cincuenta a traemos, sin que ni ella mismo lo pensara, el eslabón de una larga, áurea cadena de arte que a! lá en América mantenía con mano firme una gran figura femenina del teatro español: Margarita Xirgu. Enrique Diosdado, actor ejemplar, hombre de una pieza, tapaba involuntariamente, un poco a contra gusto, a Amelia, hasta que aquella noche lejana, en el Recoletos- ¿con una comedia de Rattingan? La memoria parece siempre amordazada por el dolor- descubrió y nos reveló, como una iluminación, su esbelta, su alta silueta de gran actriz. Toda la impertinencia y toda la ternura del mundo brotaban de aquel personaje. Y desde entonces, decenios y decenios de natural maestría moldearon con firmeza la escultura de Amelia, actriz personalísima, voluble, sagaz, sugeridora, emocionante, ya fuera bajo el ropaje épico de la Madre coraje de Bertolt Brecht, ya sonriendo desde las almas femeninas, llenas de sutileza, de mujeres de Víctor Ruiz Iriarte como aquellas de La señorita del sombrerito rosa y Primavera en la plaza de París en las que se dictaba al pueblo español el primer mensaje de conciliación y conviven- cia, superador de los exilios y de los resentimientos. Todavía recordamos- luego la tradición no es tan débil- a Enrique Diosdado diciendo su último papel en el escenario, casi como Moliere siglos antes, negándose a morir antes de que cayera el telón. Su mujer, esta Amelia de silencioso mutis en el decorado gélido de una sala de cuidados intensivos, ha preferido aprovechar un entreacto. Venía de recorrer todos los teatros de España con el último de sus éxitos, un precioso tipo de característica en Las amargas lágrimas de Petra von Kamp de Fassbinder. La actriz marchaba con paso grácil, con dignidad admirable, por esa rampa de mínimo perfil, en que el escenario descienden mínimos grados con la edad y el arte se depura en definitivas maestrías. La estrella de los grandes papeles sonreía segura de sí misma al componer duetos ilustres, como aquel con Aurora Redondo en La muchacha sin retorno de Moneada, que enterneció a millares de espectadores; en tipos de alta escuela como la dama de My fair Lady en mujeres de entraña y sangre como La Malquerida Más de cuarenta años de grandeza la contemplan. Las baterías entornan sus pestañas de luz para llorarla. Las palabras de duelo se retiran inanes, avergonzadas, de los puntos de la pluma. El critico le debe muchas de sus horas mejores. El escritor sus ilusiones más injustificadas. Cuando el agua curva un bastón- dijo un sabio- mi razón, se endereza. En las tersas aguas de ese manantial de dulzura, de mordacidad, de sacrificio, de emoción que fueron el arte dramático de Amelia de la Torre, la razón se niega a aceptar la ilusión de que todo sigue, de que la recta, al curvarse, escapa a su destino. Por eso lo único razonable esta tarde es protestar enérgicamente. Es decir, Amelia de la Torre no ha abandonado para siempre los escenarios de sus triunfos. Sigue, seguirá, haciendo dura, permanente tradición y enseñanzaLorenzo LÓPEZ SANCHO