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MIÉRCOLES 8- 7- 87- TRIBUNA ABIERTA -ABC, póg. 59 miento de otra Romania en América? Mas ser español no se agota en esta del AGUA primera expresión cimera. La vida del hombre, las formas que la expresan son abiertas, inconclusas, piden una continuación creadora. Marías nos describe esa continuidad en los nombres de Jovellanos, Moratín, Valera, el siglo XX. peldaños de una ascensión de la cultura española después de su brutal descenso a la muerte de Calderón y Murillo. a fines del siglo XVII. Todavía no se ve con claridad ei entramado de causas que provocaron tal colapso. Se ha detectado, ciertamente, un pequeño movimiento preilustrado ya por esas fechas, pero el hundimiento- es inequívoco, y algunas de ias causas, sin duda, habrá que buscarlas en los cambios de trayectoria que experimenta la cultura europea en las últimas décadas del reinado de Luis XIV (1690- 1715) Necesitamos una historia precisa é imparcial de Europa desde la perspectiva española. Sólo así quedarán esclarecidos todos los planos y recovecos de la nuestra. Lo que no ofrece problema es el itinerario ascendente de nuestra literatura y de nuestro arte desde los ilustrados, a pesar del trauma y la perturbación que causaron la guerra de ia Independencia y el reinado de Femando Vil. De ios ilustrados a los románticos, pasando por Valera, los krausistas, los grandes novelistas de la segunda mitad del XIX a la generación del 98, España vive- no siempre con clara conciencia- una prodigiosa recuperación innovadora de su cultura. Y desde los últimos años del pasado siglo, bajo el impulso de un vendaval lírico de cuatro generaciones- d e Unamuno, los Machado, Juan Ramón, los del 27, Rosales- la cultura española va a organizarse en torno a la filosofía, se entiende de una filosofía nueva, descubierta por Ortega, y continuada en varias direcciones. Zubiri y el propio Julián Marías son los nombres más eminentes de ese fecundo pensamiento filosófico. La guerra civil, la discordia española, de cuyas raíces Marías nos ofrece en ¿Cómo pudo ocurrir? un hondo análisis, quebró y deshizo la trabada organización universitaria en que trabajaban muchos intelectuales. Pero después de la guerra, y a pesar de la dictadura y del pensamiento oficial que se dispensaba en la Universidad, que quedó rota, los escritores españoles, en España y fuera de ella, han seguido produciendo, a veces, sus mejores obras. Las perturbaciones más graves han venido quizá de fuera, ya que han tenido las mismas consecuencias en los países en que no había una dictadura política; las más importantes provienen de los cambios que se producen en Occidente después de la II Guerra Mundial, sobre todo, de la convulsiva ola de arcaísmo que a partir de los años 1955- 60 va a sumergir la vida cultural de Europa y América. Desde hace algún tiempo existe allí una reacción contra ella, se intenta una vuelta a los principios innovadores de este siglo y, sin duda, ésta es la tarea que habrá que realizar en los próximos años, si queremos que las naciones europeas y Europa no se diluyan en una masa rígida y sin aliento, sin otro horizonte que el de una inexorable decadencia; si queremos seguir siendo españoles, corno decía Cervantes en La gran Sultana mientras vivamos y aún después de ser muertos ochenta siglos H A reunido Julián Marías una serie de escritos suyos de épocas diversas, referentes a España y su realidad histórica, muchos de difícil acceso por estar agotados los libros en que aparecieron. Ser español (Editorial Planeta, 1987) lleva, al comienzo y al final, dos ensayos nuevos que crean la perspectiva y dan unidad al libro, cuyo subtítulo, bien significativo, es Ideas y creencias en el mundo hispánico Trata, pues, de esa original forma de vida que es ser español, a través, sobre todo, de ciertos autores, contemporáneos y de otros siglos, en que se ha ido expresando. -Este libro viene, por tanto, a completar y esclarecer algunos aspectos de la realidad española que sólo estaban apuntados o indicados en España inteligible. Necesitamos claridad sobre nosotros mismos, sobre nuestro pasado, ya que es éste el alveolo en que nos movemos, somos y podemos continuar siendo. El pasado es el nivel histórico que constituye la humanidad y la instalación de cada cual como tal hombre. Esto quiere decir que el que no posee su pasado tiene una humanidad deficiente y una instalación falsa, que lleva al individuo y a los pueblos a situaciones de anormalidad biográfica e histórica, a enajenar su libertad primero, y a los segundos en caso de continuar, a desaparecer después. Se trata de conservar y añadir, de continuidad creadora, porque es el modo de ser sí mismo con más plenitud, esto es, de ser cada vez más libre. Por eso, el más exigente imperativo de verdad y autenticidad debe presidir la actividad cultural del país- y en primer lugar el funcionamiento de la educación nacional- ya que el esclarecimiento o patentización y la propagación de sus posibilidades históricas es determinante para la prosecución del proyecto colectivo que la constituye, y de los proyectos personales de cada uno de los individuos que pertenecen a él. La falta de responsabilidad, la incompetencia y la manipulación constante del sistema de ideas y creencias de que está hecha la forma de vida de una sociedad es, por tanto, un despojo intolerable, un gravísimo ultraje a los derechos del hombre, ya que, si el primero de ellos es que le dejen a uno vivir- llegar a la vida y continuar en ella- el segundo es que le dejen ser sí mismo, alguien personal, heredero de una cultura e instalado en el nivel histórico que corresponde a su tiempo, no que se intente convertirlo en una marioneta manipulable a voluntad. Por otro lado, recuerda Marías, es preciso tener en cuenta que ser español no es ni se puede serlo aisladamente, sino que representa una de las modalidades en que se conjuga la cultura europea. Europa nos aparece realizada en una pluralidad de naciones, sin las cuales no es nada, y ellas, a su vez, están hechas de Europa, que constituye su verdadera sustancia Europa es, pues, el subsuelo de las raíces comunes y el ámbito de la convivencia y de ía ejemplaridad emuladora. Ahora bien, no hay convivencia ni posibilidad de emulación sin conocimiento del otro, y si España tiene en este punto sobrados motivos de insatisfación de las demás naciones europeas, debería ella también hacer un serio exsimen de conciencia. CJreo que va siendo hora de que los espa- SER ESPAÑOL Por Juan ñoles adoptemos una actitud diferente respecto de nosotros mismos y de lo exterior. El conocimiento de lo extranjero nos llevará a preocuparnos menos de lo que somos o dejamos de ser y, en cambio, a presentar con el mayor esmero, inteligencia y precisión esa posibilidad humana que llamamos ser español Esta es la única actitud fecunda para todos. Pero es claro que no se es español por naturaleza sino con esfuerzo, lucidez, saber, imaginación creadora. El descontento sobre la propia identidad nacional debe dejar de ser entre nosotros una pose, o una coartada para no apoyar el hombro. El descontento, en efecto, sólo es fecundo cuando lo es uno mismo. Dicho con otras palabras, tenemos que amar y apreciar lo nuestro, colaborar en su mejora, distinguir lo esencial de lo baladí y, a la vez, tenemos que aprender a enriquecernos con los valores y virtudes extranjeros. Sólo así, a su vez, los demás podrán enriquecerse con los nuestros. Pero la condición primaria de esto es que poseamos nuestro pasado, sepamos qué es ser español. Pues bien, en algunos momentos de nuestra historia este ser español lo ha sido con plenitud, y una de sus cimas ha sido Cervantes. Marías nos da en este libro suyo un maravilloso ensayo sobre el egregio clásico, que es para mi gusto uno de los más bellos que ha escrito. ¿Quién es Cervantes? se pregunta. Y poco a poco, con sigular maestría narrativa, nos va revelando al personaje. Un hombre casi siempre con muy pocos recursos y cargado de infortunios, pero ilusionado, lleno de fruición por la realidad, con una imaginación precisa, apasionado de libertad y de belleza, que sabe que es él quien con su hacer va a forjarse su ventura, sobre todo la que nunca acaba en el cielo; valiente- e n la batalla y en la no menos feroz lucha diaria- con un valor a prueba de fracasos en quien los males, la miseria, la envidia, la injusticia, la soledad, la desgracia irremediable, en efecto, parecen no hacer mella; un hombre que sabe que lo único que importa es amar, desvelar la belleza que esconde cada cosa, que la vida es el amor y los versos junto al agua que corre Y que poseedor de esa esencial sabiduría, porque sus ojos melancólicos han mirado, con ardor silencioso, más allá de todo lo que se puede ver puede exclamar con sosiego y. gravedad: Yo sé quién soy y despedirse de esta vida con generosidad, gracia, donaire, deseando a su prójimo verle presto contento en la otra vida, regocijados todos en Dios. Y ello sin esfuerzo aparente, con una sencillez extrema, iluminado por la serenidad y la convicción irrenunciable. Este señorío sobre sí, esta luz derramada sobre las cosas, que se expresa también en los cuadros de Velázquez o Zurbarán, en los versos de Garcilaso y San Juan de la Cruz, en algunos dramas de Lope y Calderón, en el símbolo del incansable cabalgar bajo un sol eterno de Don Quijote y Sancho, ¿no representa una de las cimas de la cultura occidental? La imagen del hombre que se desprende de todos ellos, ¿no es la mejor definición de lo que es ser español ¿Y podemos olvidar la significación del alumbra-